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sábado, 20 de febrero de 2016

La única voz en la caída. Héctor Malavé Mata

DE HECTOR MALAVE MATA  (A Igor Delgado Senior)

Cuando se deja una hoja en el aguatiempo, al rato el tejido desaparece y las fibras se mecen lentamente como en el
movimiento del sueño.

William Faulkner
El sonido y la furia


No fue entonces el temblor del vértigo. Tampoco la carrera del viento con sus silbidos largos. Ni siquiera los soplos del temporal sobre el secano. Fue la voz musitada todo el tiempo en el encierro. O el secreto rumor de la caída. O aquello que Luz Rigores apenas pudo recordar cuando quiso volver la mirada hacia las cosas no muertas toda-vía. Como en la distancia de los sueños truncos. Cada vez que tuvo que rastrear en el letargo para acercarse a lo que ya quedaba demasiado lejos. Dormida como estuvo casi siempre. O despierta mientras quiso llorar con las palabras por pensar que jamás tuvo culpa y sin embargo recibió el castigo. Así vivió los días de la espera. Con los ojos cansados de tanto mirar malos recuerdos y de mucho columbrar en el sueño lo que no fue vida sino agonía interminable.
Todo comenzó aquella tarde cuando Luz Rigores divisó a Balbirio Ruano espe-rándola al final de un surco. Eso fue por los primeros días de la siembra. La brisa baja-ba indócil hasta las sementeras, cuando una bruma clara, cayendo desde la cumbre del lomerío, se abría con el corte de la ventolera. La mujer sonreía, y viéndola sonreír Bal-birio la tomó entre sus brazos para luego tenderla en la hojarasca tibia. Ella susurró con querencia unas palabras. Tras cada palabra sintió el golpe de la sangre contra el pe-cho. En seguida le aumentaron los latidos por dentro. Y aquel roce compartido del co-mienzo se fue tornando suave vaivén entre la carne virgen. Una última palabra de Luz Rigores. Con la boca encendida, con los ojos brillantes, como cuando el éxtasis co-mienza a encumbrar la embriaguez de los sentidos. Entornó luego los párpados, apretó los labios y sintió un estremecimiento en las entrañas. Amoroso fue entonces el rumor del viento de Rustanza.
Después fueron las náuseas, los delirios, la reciente esperanza pugnando contra el miedo. Apenas entre niebla la imagen de las cosas, borrosas sus propias pesadillas, turbia la figura del padre. Siguieron las molestias intermitentes de los síntomas. Iban y venían los sudores, los mareos, las palpitaciones, los dolores punzantes dentro de ella misma. Comprendió que una presencia inquieta le nacía entre su carne. Entonces más se aferró a la vida por saber que en su vientre crecía la raíz de otra vida. Y buscó a Balbirio. Sólo para decirle que llevaba su simiente en las entrañas. En eso anduvo has-ta sentir el cuerpo sobre la tierra como en el lomo de un animal cansío. Pero Balbirio no apareció más por aquellos lugares.
Así fue como el cuerpo de Luz Rigores se fue volviendo pleno. Se ablandaron sus muslos, se le juntaron pliegues ocres en la redondez de las caderas, le crecieron los pechos en el regazo donde el amor se espesa. Algo como zumo tibio le recorría las venas. El latir de la sangre fue templándole las manos, regándole una poca calentura en las turgencias. Y siguieron los días. Todos grises como nubarrones. Ella misma con otra vida encajada en su cuerpo. Vagó por los alrededores, oteó las nubes cargadas como vientres, lanzó cascajos en el agua del abrevadero. Hasta que por andar a solas con sus pensamientos se quedó sin fuerzas y el desmayo la tumbó sobre un montón de abrojos.
Así pudo haber sido. Como para que su padre, el mismo Rusco Rigores de tan-tos entreveros, al encontrarla en aquel trance, la reprendiera y luego la lanzara sobre la tierra removida. Es casi seguro que así hubiera ocurrido. Varias fueron las preguntas del padre. De la hija la única respuesta. De pronto la cara del hombre se plegó de mue-cas como las que preceden al desbordamiento de la ira. Ella lo vio sacudirse como animal bridado. Al punto fueron los golpes de zurriago, duros golpes detrás de los insul-tos, tan fuertes como azotazos de patrón malentraña. Y enseguida fue el grito abriendo brecha entre calcanapires y carrizos, hasta al cabo perderse en el vacío del aturdimien-to.
Lo que sucedió después fue todo aquello metido en la penumbra del cuarto. To-do lo que Luz estuvo imaginando desde que el padre la arrojó entre las cuatro paredes y cerró bruscamente la puerta dejando el eco de sus reniegos allá dentro. Cerrada co-mo quedó la puerta para la resignación y entreabierta para las maldiciones, con apenas un resquicio por donde escapaban los rebotes del llanto, o acaso los ruegos de la mujer en su emparedamiento. Penosas como fueron sus noches de tanto sentir los zarpazos en su sueño, de tanto ver en su sueño los ojos de Rusco Rigores, sesgados en bisojera torva, como atisbando con encono la traza de Balbirio Ruano.
Al comienzo fueron martillazos sobre la madera, palabras que clavaban la furia de Rusco en el travesaño de la puerta. Al mismo tiempo fueron el chirrido de los goz-nes y el ruido de la tranca. También el aire enrarecido, el olor a cuarto abandonado, el suelo frío. Las cosas necesarias para el castigo de tapiar en vida a la hija que el padre mal mentara. Después siguieron la voz de Rusco como zumbos de moscardones, las pisadas crujientes de sus botas, el asedio sin tregua. Y el miedo de la mujer encadena-do a los pasos golpeantes. Todo lo que fue posible para el ahogo silencioso y lento. Mudo el sofoco de cada día, de cada noche, por haber sido su vida cada vez menos vida o cada vez más muerte. O vida con algo menos tras cada instante de sus días, porque entre aquellos martillazos y las injurias que al padre se le alborotaban en la bo-ca, siempre estuvo el recuerdo rondando su tormento.
Entonces comenzó el hundimiento, el marasmo sin fondo. Pero Luz no renunció a su existencia mientras tuvo que velar su caída. Ni se atascó la soberbia de su padre porque él mismo se mantuvo a cuestas de su fiera índole, como animal cerril que gruñe en la borrasca. Y fue por voluntad del padre que sobrevino su derrumbe. Acaso ruina o despojo de mujer que fue toda trepidación bajo el deseo de un hombre que jamás co-noció su desgracia. Aquel Balbirio que anduvo sin viaje de regreso cuando el amor se deshizo en caminos, en lejanas andanzas sin retorno. O tal vez senderos por donde Luz nunca pudo encontrarlo porque entonces se le llenaba de barañas el sueño. Y la imagen de Balbirio se le apareció en sus extravíos cuando tuvo que recoger el dolor en su memoria. Y viéndolo a medialuz no pudo oír sus palabras ausentes. Y mientras ella lo veía, él contemplaba lo que podía ser el señuelo de su propio remordimiento,
En eso estuvo ella, a solas con sus palabras húmedas, hasta que los ojos de Balbirio se fueron convirtiendo en dos brasas redondas cada vez más distantes, nada más porque en la oscuridad siempre asomaba Rusco, el padre en constante acoso, sus pupilas en sesgo, sus rezongos sin sonido como los que se escuchan en los sueños sordos. La mujer quiso seguir los rastros de Balbirio para mostrarle el fruto de lo que fue su entrega. Pero la noche oscureció su rumbo. Y no era bueno el trayecto para la busca cuando tuvo que vivir entre sueños.
También la esperanza de Luz se fue acabando de tanto apretujarse entre sus pensamientos. Fue más pesada la carga de los días, más doloroso el escozor de la condena, como para que la pena se le hiciera una zozobra lenta y la vida se le desbara-tara en gajos de muerte cenceña. Fue ese el deseo del padre cuando le dio el castigo, queriendo así borrarle, como decía, todo vestigio de impureza. Pero si ella tuvo que afrontar la condena fue porque no quiso despertar alguna vez con el vagido de una vida rota. Y luchó por dar vida a otra vida. En ofrenda por dentro y en carencia por fuera. Hundida una criatura en su vientre y ella aterida en su sombra. Y su sombra fue aquella soledosa pena que le había dado el padre porque su preñez le causaba una afrenta. O el agravio que el padre no soportaba y todo el tiempo devolvía en escarnecimiento, pa-ra grima de su propia herencia o para humillación de la sangre que manaba en la con-duerma y salpicaba la indignación sin freno.
Y siguió en la caída a sabiendas que su tránsito se iba haciendo de greda resba-losa, o de tierra desmoronada bajo los aguaceros, o de lama arrastrada por aguas en creciente. Sin saber si aquello era la correntía de la vida misma o el rumor tapiado entre sus sueños, como aquél en que el padre, estrujándole el vientre, le gritaba que no tenía vientre sino una bolsa inflada de impureza, amarrada hacia abajo con hebras de co-yunda para que las culpas la pudrieran por dentro. Y le dijo que por eso no tendría hijo sino cría como los quirquinchos. Ella le respondía, desde el costado menos incierto del ensueño, que su vientre era el lugar donde anidaba el aura de una vida nueva. Y miró el rostro de Rusco convertido en máscara bermeja, con los ojos brotados como granos de fuego. El arrebato del padre estremeció la semilla sembrada en el claustro materno. Al momento la mujer sintió el golpe de zurriago contra el pecho para que allí se le junta-ra el resquemor con el abatimiento. Pero Rusco Rigores era hombre de sobrevientos, y por colérico despertaba lanzando pestes y maldiciones, con juramentos que plagaban los arrabales del infierno.
Mientras fue necesario la mujer siguió en medio de una marea oculta, o de un abismo sin fondo, o de un laberinto sin salida, porque fue terca la voluntad de no abrirle la puerta a la aflicción que le había dejado el desconsuelo. Muchas veces palpó su pre-ñez. Sintió cada vez más lleno el vientre, más hinchada la carne, más blanda la juntura de los muslos, el escalofrío plenando de temblores su desnudez más íntima. Y fueron sucesivos los días de sofoco, las noches en vigilia. Hasta que sintió las puntadas que vinieron de adentro. En ella misma como ramalazos. Comprendió que era aquella una señal recibida en justo momento, en anuncio de un ser que apremiaba la luz y buscaba la salida con natural impulso. El vástago pronto se desprendió de lo que lo sostuvo. La-cerante fue el pasaje del descenso. Un dolor agudo, más punzante que las desgarradu-ras de toda su existencia. Y en la turbación se movió el pequeño ser en sus entrañas.
Así comenzó el recorrido. Bajó entre las aguas que le dieron calor desde que fuera embrión apenas. Sin detenerse siguió por brecha libre, andó el cauce abierto en el desgarro de la carne. La mujer soportó el movimiento del fruto desprendido. Desde la matriz hasta el plexo que desemboca en la vertiente montesina del pubis. Las lágrimas le mojaron los ojos cuando no pudo mirar la humedad derramada, ni aquello que brotó como de nuez partida y rasgó su cuerpo como si en el carril que va del vientre al mundo se hubieran amontonado puntas de guijarros. Y la criatura surgió invicta en el trajín del alumbramiento.
No supo Luz cuando se abrió la puerta. Pudo haber oído en el umbral del desva-necimiento unas botas crujientes en el cuarto. O haber creído que eran trancos que recorrían las veredas ya estrechas de su sueño. Pasos con prisa, como soñados en un tiempo breve. O tras los gritos haber pensado que Rusco se llevaba a escondidas el llanto del recién nacido. Pero fue al despertar cuando vio la puerta trancada como siempre. Ella acostada en la estera sobre el suelo. Consigo solamente el olor a sangre derramada, la flojedad de brazos y rodillas, las manos con color de almagre. Pudo haber oído algo parecido al lloriqueo de un niño desnudo a la intemperie, amamantado con leche de la luna que jugaba en la parvulez de sus pestañas.
Al principio los gritos fueron cortantes como filos de esparto. Después se hicieron blandos y distantes a lo largo de una pendiente sin rellano. Y fue continuo el despeño porque Luz no encontró razón en detenerlo. Y por no contenerlo los sollozos del hijo se fueron prolongando, se tornaron lloros cada vez más lejanos hasta perderse en los ris-cos de los agostaderos. Pudo haber sucedido que el hijo se extraviara entre los cresto-nes de Rustanza, arrastrado quizás por el orgullo de quien vio en él la marca viva de la deshonra, y no encontrara lugar para el regreso porque alguien le cerró el camino, y se quedara con los ojos mirando el vuelo de los gavilanes bajo las crines plomizas de las nubes. O no haber regresado por haberse dormido, con los ojos abiertos para siempre dormidos, entre los retamales que crecen en lo más hondo de los desgalgaderos de Rustanza. Es de creer que así hubiera ocurrido. Pero Luz jamás lo supo porque no tuvo vista con que mirar otras sombras fuera de su cautiverio.
Desde entonces se hizo calma pesarosa lo que fue ansiedad de su espera. Su-cedieron las noches a los días en la bruma de su encrucijada. Entre días y noches se le alojó el desvelo o lo que fue inquietud metida en sus malos sueños. Y se detuvo dema-siado en desandar el trecho cuando un tiempo sin tropel ni prisa resbalaba también en su caída. Angosto y prolongado aquel derrumbamiento sin rastros ni sonidos, como anudado a la larga agonía desde que se fueron apagando las voces, los golpes de zu-rriago, el retumbo distante de los gritos. Y desfalleció después del alumbramiento para que la desgracia empotrara la agonía en su cuerpo consumido. Y la vida se le quedó sin nada, flotando en el vacío, sin voluntad con que arrancar las espinas clavadas para siempre en su vida. Marchita como quedó su vida por haberse engarzado la desdicha en los escombros que le dejó el castigo.
Aquello no fue bastante todavía. La fiebre le creció con tiritera a veces enervan-te, a veces apacible. Y lloró entonces como para que las lágrimas le enjuagaran la do-lencia, o tal vez el suplicio, o algo parecido al estrago que le causaba aquella pesa-dumbre. Y en cada noche el recuerdo la sorprendía mal dormida en el sueño por causa del trastorno que le daba la fiebre cuando en su cuerpo se amontonaban espasmos y dolores. Eso le bastaba para oír las palabras que ella imaginaba sin siquiera decirlas, o sin saber que las decía cuando le hablaba a Filpa Rigores, su madre difunta, con voces insonoras, como encerradas en la bóveda del pensamiento.
Dime, maita Filpa, ¿por qué no has venido a verme entre estas paredes que lo que hacen es darme sofocones? ¿Es que todo lo que ha de darse en estas tierras es para secarle las lágrimas al prójimo? ¿No puedes pedirle un poco de piedad a mi padre demontre, ni puedes aplacar su enojo y hacer que se sosiegue? ¿Por qué tanta fiereza contra mi desamparo? Eso tienes que decirle tan pronto como puedas ¿O es que acaso no traigo cuentas en tu mundo ni tengo para ti ninguna valedura?... Te pido que me oi-gas para que no digas que te molesto y canso cuando lo que quiero es recordarte las cosas que no quiero que olvides... Sólo espero que te repongas y levantes tu cuerpo del fondo de esa tierra dura. Te hablo para que dejes un poco ese descanso que nunca se te acaba. Ven cuanto antes sin esas demoranzas tuyas, para que veas a tu marido apestoso de rabia cuando me maldice y ni siquiera esconde lo que tu sabes que tiene de mal hombre. O para que me veas con ganas de salir de este secuestro y acostar mi cuerpo a la vera del tuyo. Allá donde la brisa ventea sobre el monte y le lleva silbos de duendes al silencio... No me preguntes lo que he vivido en este tiempo. Sabes que no es bueno contar lo que el recuerdo trae con quebrantos, si por lo mismo entiendes esta sofocación, este ardor en mis ojos apagados y secos, un poco más nublados que tus ojos dormidos. Todo el tiempo sintiendo la medrana metida en mis espantos porque mi padre siempre se baja del camastro armando broncas y bullangas, con rezongos que asustan a las propias ánimas del purgatorio, gritando que por mi culpa nunca ha levan-tado la cara sin sentirla sucia de vergüenza. Toda la vergüenza que se achica en la bo-ca de mi padre cuando se le atascan las insolencias en la lengua. Y bota por la boca el alboroto de su pendencia cuando grita que me ha dado el castigo para que me sirva de escarmiento. Búscalo y dile que ya es hora de que deje sus reyertas. Por lo que más quieras. En nombre del amor que no has podido darme por causa de tu ausencia.
Los días le apagaron el fogaje en el cuerpo, le abatieron los párpados, le bebie-ron el llanto. Tan sequizo su llanto como el que baja por las mejillas de los moribundos. Mustios quedaron sus ojos por tantas visiones en sus sueños magantos. Grande como fue su abismo, estrecha como fue su esperanza, en aquel tiempo tardo que nunca con-cluía, anclado en el légamo de lo que se había ido. Como los años de aquellos lugares terregosos que se llenaban de celajes cuando se alargaba el resol en la cuaresma. Allá donde el verano atrochaba con bulla de ventarrones. Más lejos de los derrumbaderos de Campeare, algo más allá de las cumbreras de Jaulagua, camino de Catuaro hacia Campoma, más cerca de Cundeamor que de Clamores, entre aquellos farallones col-mados de soflama, más cerca todavía del paraje donde la madre, en ruego a todos los santos y poderes, se persignaba con el aura del viento, rezaba sus oraciones sin pala-bras y elevaba sus preces insonoras hacia los cielos de Rustanza.
Luz oía el vuelo de la brisa en corriente quejumbrosa. Consigo sólo quedaba el murmu-rio de su voz cansina. Enronquecida como se había quedado a fuerza de clamar sus delirios. Era la voz acompañada por el resuello que languidecía. Sentía entonces que se le terminaban las palabras de tanto conversar con ella misma.
Maita Filpa, ven a buscarme. Asómate siquiera a la pesadilla de quien va dejan-do de ser la hija de un mal padre. Por lo que más quieras. Ven a sacarme de este cuar-to que por hondo parece socavón traído de los desgalgaderos de Rustanza. Eso no más te pido porque sé que es muy poco lo que puedes darme. No te asustes con los arrebujos del viento. A mi me gustan porque espantan los retumbos de mi padre. Aquí te espero para oír lo que debes decirme si alcanzas a decirme cómo poner mi tristeza cerca de la tuya. Si es que logras hallarme en la oscurana. Si es que puedes seguir el trote cansoso de las recuas. No olvides apartar las ortigas del camino. Pero pídele a Dios, o al santo aquel que guardabas en tu santuario de breñas, que empareje tus pa-sos con mis ganas. Y acuérdate que el camino es disparejo, así como yo he sido de suerte y desventura... Si vieras estos moscos grises rodeándome la cara. Si pudieras espantarlos para que veas estos nublos que empiezan a meterse en mis ojos. Parecen nubes que poco a poco se oscurecen. Y se hacen tan oscuras que pintan en tu cara unos lunares tristes... ¿Sabes, Filpa?, creo que estoy llorando, o más bien remedando tus lloros, porque ahora descubro esta manera mía de sollozar llevando tus palabras en mi llanto, y todavía me acuerdo que palabrando tú misma te secabas las lágrimas cuando no conseguías imploración que cruzarle a las canseras que te daba mi padre Rusco en sus arranques bruscos. Pero mi llanto es ahora calmo, con reposo. De otro modo no oyera esos sollozos tuyos...Vamos, comienza a rezar que ya es tiempo de de-cir oraciones como antes lo hacías. Empieza por la que habla de nuestro perdón a nuestros deudores. ¿Todavía te acuerdas de la oración aquella de la Alta Corona, o la de la Pureza de la Niebla, o la del Tránsito Eterno, o la del Rosario de los Afligidos? Cualquiera es buena para mi consuelo, si es que puedes consolarme ahora. O de aquella de la Santa Vestidura que bien sirve para que los ojos de mi padre no te vean, para que sus manos no te toquen, para que sus pies no te alcancen. O de esa que co-mienza y acaba ensartando rezos tristes que tú llamabas del Buen Morir o del Ultimo Ruego. Es la que más me gusta por su letanía de quejas y dolores. Por favor, dímela, que es buena para mis menesteres. Me figuro que los ruegos de los sueños alguna vez llegan al cielo... Estas cuatro paredes que me asfixian cuando más quiero oír tu voz colgada del silencio. Ya es hora de que vengas. Te pido que te apures porque ya es tiempo de terminar mi conversa en este último sueño... Ahora y en la hora...
Afuera el viento soplaba sobre los retamales. Luz Rigores se quedó al fin callada, in-móvil como estuvo, sin fuerzas con que decir una última palabra en la caída, oyendo resonar la plegaria distante de la madre. Sangre que se consume, aliento que se extin-gue, palabra que se acaba (...Ruega, Señor, por ella...). Un nudo de repente le apretó la garganta. Sintió algo como coágulo salobre debajo de la lengua. Una vez más trató de oír lo que hablaba la madre, sabiendo que Filpa conocía todos los atajos por donde trajinaba la muerte con sus malos remiendos. Bien como sabía Filpa lo que era perder el rumbo cuando no había otro rumbo por donde andar con un costal de abrojos. Y le habló a Luz con palabras hechas para la paz de la agonía. Tres veces beso la tierra con humilde devoción (...Ruega, Señor, por ella...). Le habló también con piedad y pro-videncia. Para que tu alma no se pierda ni muera sin confesión (...Ruega, Señor, por ella...). Pero Luz sólo oyó ecos de lejanía metidos en su sueño. Consumado su sueño en el eclipse de su cuerpo vencido.
La mujer sintió la mano de la madre que le palpaba el vientre. Y los dedos que resbalaban por sus ojos dormidos. Tanto tiempo con los ojos dormidos que había olvi-dado las estrellas del cielo. Quiso seguir entonces los pasos de la madre, aferrarse a sus rastros, rondar con ella los campos de Rustanza, detenerse con ella en la sombra terminal de aquella travesía. Y corrió en su busca cuando tuvo que abrir los ojos en la noche desierta. Pero siguió dormida. Y sintió que su sueño se le volvía cenizas, o polvo de túmulo deshecho, o niebla esparcida por cortejo del viento. De nuevo quiso empren-der la marcha. Pero por última vez la venció el sueño. Y no volvió a despertar porque soñó el recuerdo de una hebra de luz que alumbró sus dos pupilas muertas.

Héctor Malavé Mata
Doctor en Economía por la Universidad Central de Venezuela (1968). Profesor Titular de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales(1971) Y Profesor Honorario de esta misma Universidad (1987). Individuo de Número Fundador de la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Director de la Revista Nueva Economía. Profesor invitado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad de Buenos Aires (UBA). La Universidad Central de Venezuela, en la conmemoración de su aniversario 270, le otorgó la Orden José María Vargas (1991). Entre otros libros suyos deben mencionarse Dialéctica de la inflación; Formación histórica del antidesarrollo de Venezuela; Los extravíos del poder; Las contingencias del bolívar; La trama estéril del petróleo.
( ADEMÁS EN SU JUVENTUD MALAVÉ MATA CREO QUE FUE DOS VECES GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE CUENTOS )
CUENTOS DONADOS PARA SU PUBLICACION A VENEZUELA LIBRE
.(

sábado, 16 de junio de 2012

Prólogo a Ensayos Literarios y Traducciones

Por Victoria de Stefano

En el tomo I de los Obras selectas de Teódulo López Melendéz, poeta, novelista, ensayista, traductor, diplomático con cargos en Portugal, Italia y Argentina, analista político, editor, se hallan agrupados sus ensayos literarios y traducciones de poesía, ensayos en los que se destacan claramente sus dos irrebatibles y no ocultadas pasiones literarias. La literatura y poesía italiana, D’Annunzio, Moravia, Calvino, Montale, Ungaretti, Quasimodo  (Jardines en el mundo, Academia Nacional de la historia, 1986) y la portuguesa. Dentro de las letras lusitanas, la figura emblemática del gran poeta del siglo XX Fernando Pessoa aflora como un yo es otro en relación con el autor: algo así como un caso de introyección y prospección de sí mismo, imbricándose, a través de una indagación muy personal, en los intereses y preferencias que son comunes a ambos: la poesía y la política, a través de sus polémicos escritos políticos, utópicos, místico-nacionalistas, saudosistas, regeneracionistas, redactados, corregidos, revisados y con frecuencia dejados de lado para ser retomados más tarde por Pessoa al calor del amor a la grandeza de la patria, de cuya evolución y despertar desesperaba, y de la lengua portuguesa,  a la que por lo demás siempre consideró como su única patria.
  
En los ensayos sobre los escritores italianos de la posguerra, la llamada generación del 40, López Meléndez se concentrará en estudiar  la génesis y trayectoria del realismo de Moravia, signado por la influencia del marxismo, en su vertiente historicista de diagnosis de la sociedad, y el psicoanálisis, en su vertiente existencial, como instrumentos de exploración crítica, y del neorrealismo de Calvino, con sus tintes de humor paródico, derivando cada vez más hacia una narrativa imaginativa y experimental. Por otra parte, intenta poner de resalte el proceso por el cual estos autores, deslastrándose de la pesada carga de la tradición literaria de las décadas oscuras, provincianas, éticamente pasivas, genuflexas del fascismo, se vincularon estética, estílisticamente y políticamente a las convulsiones y precariedades de los años sucesivos al conflicto bélico.  El autor señala el papel que desempeñaron las tendencias épocales, marxismo y psicoanálisis, recogidas en la concepción sartreana de la literatura comprometida, en el pensamiento político y cultural de Moravia y Calvino, tanto como en el de Carlo  Levi, Pratolini, Pavese, Fenoglio y Cassola,  todos cercanos a ese hito que fue la revista “Il Politecnico”, fundada por Vittorini, en el medio cultural italiano desde el fin de la guerra y hasta más allá de su defunción en el año 47. "Il Politecnico", como bien dice López Meléndez, “excede los límites de una revista literaria, pues le interesa toda la conflictividad social de aquellos años. Allí aparece la denuncia de como la cultura anterior no ha sabido hacerse sociedad y proteger al hombre del sufrimiento”.  
  
Pero la gran pieza de este primer tomo de las obras de López Meléndez es, por su nivel de experticia, el extenso y acucioso ensayo Pessoa, la respuesta de la palabra (Academia Nacional de la Historia, 1992). Piénsese que los manuscritos de Pessoa empiezan no solo a salir del  inagotable baúl y a ser publicados, sino a ser leído y conocidos en nuestra lengua, solo a partir de mediados de los ochenta. Que muchos de sus lectores aun en la actualidad, y tal vez más en la actualidad que antes, solo lo conocen como el poeta de la heteronimia, obviando, desconociendo su enigmático, redentorista, ingenioso, contradictorio, incluso pueril, pero aun así ríquísimo, embebido de sueños ensayismo político, por las relaciones que,en muchos de sus escritos, fragmentarios e inacabados, establece entre las formas políticas y el impulso cultural y, más que cultural, espiritual, y en los que también intervienen y adoptan posiciones sus heterónimos. Así López Meléndez afirma que el Pessoa “productor de estéticas”, el Pessoa poeta, no puede ser comprendido a cabalidad sin esos ensayos, los que estudia, documenta, argumenta con rigor y a fondo.            
  
El tercer aparte del primer tomo de sus Obras selectas (http://es.scribd.com/doc/96451938 ) reune escritos variados, en este sentido es más miscelánico: escritos a modo de bitacora viajera. Va de Magritte, a Bioy Casares, de Shakespeare a dos veces más Pessoa, el Pessoa solitario y el Pessoa en inglés, de Miguel de Montaigneal al japonés Hikikomori, Pitol, a Luciano Pavarotti y a su siempre bien recordado Salvador Garmendia: el hombre de la herida urbana.
  
Por último, tenemos, como cierre, sus traducciones de poesía. Los italianos del novecento: Ungaretti, Montale, Quasimodo y los Poemas sobre servilletas (Poemas inéditos) de Fernando Pessoa. Los italianos y el portugués refrendando sus dos grandes pasiones literarias.

Caracas, junio de 2012


miércoles, 22 de abril de 2009

La Mantuana

Novela venezolana de Soledad Morillo

Tiempos de angustias. Aires de cambios. Lágrimas de libertad. Una mujer, una mantuana de Caracas, se torna en espía.
"La Mantuana" no es una novela épica. Es sí una novela de aventuras. Tiene como escenario la Hispanoamérica que buscaba desesperadamente su liberación de la Corona Española. Y sus protagonistas son gente de carne y hueso, con dolores y sufrimientos, con pasiones y bajezas. Si la narrativa conduce a que el lector sienta que la vida de esas gentes y las andanzas de la mantuana Carlota son antecedentes de quienes hoy somos, la autora, Soledad Morillo Belloso, se dará por bien servida.

Carlota, la muchacha mantuana de la novela , es una rebelde con piel de seda, alma de algodón de azúcar y temple de acero. Irreverente pero no irrelevante. Indomable e imposible de ignorar. A Carlota hay que comprenderla, sin caer en el patético expediente pacato de rechazar sus liviandades.

Carlota sólo quiere ser vista como una mujer que eligió ser quien fue en una época cuando la Magdalena no estaba para tafetanes. Nuestro camino a la libertad estuvo signado por la perplejidad, el miedo, el error, el abatimiento, la humillación, la ambición, la traición, la ignominia. Y también por el arrojo, el coraje, la dignidad, el sacrificio y el más inmenso dolor. Nuestra libertad fue escrita con tinta de obituarios. De la guerra salimos libres pero con el alma llena de llagas y con la necesidad de poner orden en las nuevas repúblicas mientras nos lamíamos las heridas, secábamos nuestros llantos y enterrábamos a nuestros muertos. Somos repúblicas porque otros mucho antes que nosotros no se rindieron, porque esos otros se negaron a ver su presente como un triste destino sin remedio.

El destino mezcla los naipes. Pero somos sólo nosotros quienes jugamos. Eso pretende enseñarnos.
La Mantuana
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martes, 27 de mayo de 2008

Cuenta cuentos

Fernando Sánchez Arias //
Recuperen las historias cargadas de valores, de lucha y creatividad sostenida
Pocas frases pueden trasladar a quien las enuncia o escucha a destinos imaginarios tan variados e irreales como: "Érase una vez... ".
De inmediato nos descubrimos en algún fantástico paraje desbordado de imágenes únicas en colorido, paisajes soñados, poblados mágicos y seres extraordinarios, a quienes creemos conocer muy bien.
Y es que galopamos junto a ellos, les acompañamos en su recorrido; fuimos a llevar frutos a la abuela con la Caperucita, acompañamos a "los tres cochinitos" en su peregrinar en la búsqueda del hogar definitivo, y lloramos junto a aquellos siete especiales enanos la partida de Blanca Nieves.
Hoy, tales historias siguen formando parte de nuestro imaginario, de lo que somos, y de lo que creemos, porque algún talentoso "cuentacuentos", o alguno de los participantes de nuestro proceso educativo de los primeros años, estimuló nuestros sentidos con la narración de alguna de estas historias.
Esencial, es el manejar la entonación y los timbres de la voz en función de los personajes del cuento y de la carga emocional de los diálogos, descripciones y narraciones en general.
Sin embargo, tal como lo asegura el uruguayo de nacimiento y venezolano naturalizado, Armando Quintero Laplume, quien es profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), y director fundador de varias organizaciones dedicadas al "arte de contar cuentos": "no hay sistemas, no hay métodos, no hay recetas para alcanzar la maestría en narración oral, sólo hay historias de narradores orales y narraciones ejemplares de los narradores en acción. Sólo vivencias y cuentos compartidos".
Siendo así, la invitación es básica: recupera aquellas historias cargadas de valores, historias de lucha y creatividad sostenida, y conviértelos en una atractiva herramienta para vivir, y hacer vivir a los más pequeños, experiencias únicas, por lo fantasioso de su contenido, y por la oportunidad que constituyen para encender el poder creador de sus mentes.
fsanchezarias@gmail.com

jueves, 22 de mayo de 2008

Piedra lunar


De :Holanda Castro


Al leer que la risa deseada era besada por tan gran amante, éste, que de mí nunca ha de apartarse,la boca me besó, todo él temblando.
Dante: Infierno, Canto V, 133-136
A veces, por pudor, no decimos lo que creemos, porque lo que creemos es tan inverosímil que raya en la locura o en la duda hacia nosotros mismos. Por eso Paula no dijo que la asaltaba una certeza de lo indecible.
No sabía cómo decirlo, no sabía si debía creerlo. ¿Cómo invocar la vida eterna o la muerte sin fin? ¿Cómo pensar que a ella, en su estupidez infinita, los ángeles del adulterio la habían rozado?Un día Francesco se decidió a pedirle matrimonio a Paula, y así hacerse acreedor de un certificado que garantizase, de alguna manera, por fugaz que fuese, su posesión.
Aunque ya hacía tiempo podía decirse que vivían juntos, lo cual era realmente difícil de lograr, dadas sus vidas agitadas y proyectos obsesivos, él debía asegurarse, por algún miedo desconocido, que la chica permanecería con él.
Regularmente debían viajar para visitar a sus respectivos clientes, por lo que pronto los viajes en tren Turín-Vicenza/Vicenza-Turín fueron cosa de todos los viernes, o de los martes de clases matutinas en la Universidad para Paula, o de los jueves de reuniones con los clientes de Francesco... Así se habían conocido y así continuaron su noviazgo (durante una cena coincidieron acompañando cada uno a sus representados, y cada quien retornó admirado por el otro a las ciudades en las que residían, ella en Turín, él en Vicenza).
Pronto se encontraron rentando una planta de una casa en Venecia; entonces, los trenes hacían la escala nocturna de los jueves en Vicenza y seguían hacia la serenísima. Entonces, Paula cocinaba bacalao y lo celebraba junto a los viejitos sordos y ciegos dueños de la casa; entonces Francesco bajaba las breves escaleras e iba a comprar tremessinos cerca de Malcanton... eso sí, subía rápido para continuar haciendo el amor.
Ahora Paula tenía una sortijita en el dedo y se preparaba para la ceremonia familiar de anunciar el compromiso y la fecha ante la familia del novio. Puesto que era un paso tan difícil para la psique de la muchacha, el psicólogo aficionado que era Fran decidió acelerar con sus amigos abogados todos los trámites y casarse tan pronto pasase el carnaval, sin darle a la novia tiempo para arrepentirse ni darse cuenta siquiera de su cambio de estado.Así, en un fugaz compromiso de un mes, Francesco y Paula lo compartieron todo, y el mundo estaba completo para ellos. El mundo era sólo de ellos dos, mientras sentían que el diluvio del carnaval y la boda se había llevado a todo ciudadano alrededor. Se autoproclamaron los últimos enamorados, y en la certeza de que amar era difícil, consideraron su compromiso temerario.Ese carnaval llegaron a su cuartito veneciano con las maletas llenas de sueños burgueses. Y con la chequera dispuesta, la tarjeta escandalosa, se fueron a recorrer las tiendas de disfraces (cansados de tanto sexo, sin haber comido y sin dormir casi) para celebrar juntos su despedida de solteros: recordemos que ellos eran los últimos solteros que quedaban sobre la tierra.
***No había manera de comprobarle a los demás que Paula y Francesco eran los últimos solteros que quedaban sobre la tierra; poco a poco, calle a calle, ellos mismos fueron olvidando que eran los amantes definitivos y los únicos seres vivos que había dejado el diluvio. No importaba ya este privilegio cuando se veían perdidos en la maraña de gente, innombrados, mixtificados, ignorados: la despersonalización era lo mejor que podían proveerse antes de casarse, ¡vaya descubrimiento en pleno carnaval! El vino actuaba silencioso, tejía con parsimonia los hechos que se abalanzarían después.
Con cautela, sabio, se hizo amo de las fantasías humanas que pretendían haber tomado una decisión vital y aspiraban lucir los mejores trajes de la noche veneciana del último día de carnaval.Son hermosos vuestros trajes, admiró una alta dama narizgona de traje tornasolado.
A su lado asentía un hombre alto y elegante, vestido de blanco, que llevaba una máscara de gato siamés, más extraña de lo habitual y que hacía lucir sus ojos como dos adularias envejecidas. Paula creyó reconocer las piedras de luna de esos ojos, pero no le dio mayor importancia.Enseguida las dos parejas se unieron. Ya no eran uno, ni dos, eran cuatro y, si seguían tomando, se convertirían trescientos seis mil, como siempre pasaba en carnaval. De hecho, ya eran uno con todos los que bailaban y gritaban en el campo: codazos, empujones, pisotones, los roces de las manos, de los labios desconocidos, hacían crecer una especie de bola de fuego dentro de las calaveras de los novios, ahogados por el vino y la lluvia de Venecia; ya no recordaban qué era lo que habían traído en las maletas, ni lo que rezaban sus documentos de identidad.
Por su parte, la pareja de desconocidos cada vez más parecía fundirse con los fantasmas arquitectónicos y con las ratas que por momentos hacían gritar de asco a Paula. Los dos gigantes bailaban, vomitaban de cuando en cuando, para cruzar las esquinas en busca de un sobrecogedor sottoportego donde encender un joint.El trance en las calles duró horas, horas de cuerpos ocupando el mismo espacio en contra de todas las leyes de la física e incluso penales. Cuántos homicidios de identidades vieron a través de los cristales del vino y el hachís, gracias al comercio sin igual propiciado por las tiendas de fantasías y máscaras.
Danzando, brincando, hecha puro huesos sin peso, ni diferencias, la locura se fue esparciendo y la ecuación volvió a llegar a lo irreductible: los ojos color aguamiel de Fran, la nariz de la desconocida, una escarchita en el pecho de Paula y la caída leve de la voz del otro hombre junto a su risa, cuando ésta ya había sustraído toda energía de su cuerpo y sólo quedaba el eco de un jadeo.
En la estrecha y casi desierta calle dei Fabbri concertaron la trampa sagrada. Paula se le echó encima a Francesco y lo besó un rato, empujándolo con sus caderas contra la pared junto al puente. Durante un rato, los desconocidos asistieron a este ceremonial silencioso, en el que estaba puesto algo más que todo el amor del mundo.
Luego, en cuestión de segundos, la mujer tomó suavemente a Paula por la cintura y se la llevó como una vieja amiga por las calles del antiguo verdugo. Cuando ellas desaparecieron, Francesco y el hombre se miraron a los ojos, y continuaron el beso.Francesco descendió a las verdades del sortilegio. Se dejó llevar y amar por el gigante como si se tratase del último hecho en su vida. Sentía su cuerpo en los brazos de otro como el bote que zarpaba y mecía toda la ciudad frente a sus ojos, ascendiendo hacia la luna y bajando hacia el esperma como en un rito de iniciación.
Quizás minutos, quizás horas más tarde, los dos hombres entraron a un almacén fantasmal, el mismo donde Paula y Francesco habían comprado sus trajes durante el día. Encontraron a Paula sobre sus ropas, desparramada en el mostrador de madera, con el pelo suelto, las piernas separadas y los ojos vidriosos, reflejando a la luna.
Francesco, con el traje y el rostro descompuestos, cayó demudado en un sillón frente a las mujeres, vencido por la hierba, el sexo y el alcohol, y las observó hacer el amor un rato, mientras el desconocido se drogaba de nuevo.
Más tarde, Francesco podía recuperarse de las impresiones y la agitación de las horas pasadas, sus ojos veían con mayor claridad. La gigante sólo conservaba su falda, sin temor del frío, y se acercaba de nuevo a la chica sin antifaz. Pasó un rato recorriéndola y rozándola con la lengua y los labios, mientras su novio se levantaba para acercársele, para penetrarla. Como un dios narcotizado, el otro hombre los besaba recurrentemente a todos.***De nuevo, todo pareció volver a la normalidad.
Los desconocidos se apartaron de los enamorados infinitos y éstos se acomodaron en las posiciones habituales que tomaban al hacer el amor; los gigantes les observaban ritualmente, desde un sofá, asistiendo a una ceremonia que ellos aparentemente no podían ejecutar. Pero sorpresivamente Paula y Francesco no fueron más ellos.
El vértigo de sus éxtasis no eran el que acostumbraban sentir cuando hacían el amor. Flotaron encima del mostrador que les servía de lecho, vieron luces anaranjadas, sus cuerpos se fusionaron de manera sobrenatural y la hermosura de su abrazo nunca más pudo ser imitada.Sentían que sus cuerpos no les pertenecían, danzaban en el vacío, olvidando toda la escenografía alrededor, de tan ligeros, sus cuerpos no podían concebirse, su fusión era otra. No, no eran Paula y Francesco algo no estaba bien, se encontraban poseídos por algunas fuerzas desconocidas que les llevaban al éxtasis total, al conocimiento inconcebible de la caricia perfecta que hiciera gozar al otro.
Los movimientos precisos, las palabras correctas, las sonrisas amadas hacían temblar al contacto de los labios, el extravío de sí mismos hacía temer a la muerte... Y este temor no parecía justificado de no ser por estar poseídos por amantes que luego de entregarse así hubiesen tenido que sufrir el eterno fuego del infierno: Perded toda esperanza, quien entra aquí jamás volverá a sentir un orgasmo...Luego de pasada la embriaguez del encuentro, los novios se despertaron sobre la mesa, completamente solos y turbados. Sus miembros respondían con dificultad y se sentían incapaces de mantenerse en pie por el mareo, que, no obstante la intoxicación, no era el usual producto de una resaca.
Paula creyó recordar haber soñado con caer del mesón sobre el que yacía con Fran y despeñarse dentro de un volcán en erupción del cual escapaban los gritos de infernales condenados. Aún sentía el vértigo y horror de la caída, pero ya el sol entraba por una ventana, y debían correr para evitar que los dueños les encontrasen invadiendo su propiedad.
***Los viejitos venecianos sonreían enigmáticamente cuando los jóvenes volvían al apartamento después de la sonada fiesta de carnaval. Francesco no podía dejar de pensar en sus caseros desayunando, le parecieron un par de barones de porte muy donairoso, que no podían ocultar una casta acostumbrada a las guerras y a las citas con élites secretas.La vieja se acomodaba en la silla y tomaba la mano de su viejo, con apariencia espectral. En ambos resplandecían piedras de luna como ojos, y la adularescencia de los ancianos le recordaban el halo misterioso de su cópula con Paula esa madrugada. Fue la última vez que los vieron. Al día siguiente la casa estaba abandonada, fantasmal, sin muebles ni personas, solo Paula y Francesco en una habitación aislada con sus maletas y una vetusta versión barata y amarillenta del Novellino tirada en la alfombra del balcón. Se abría en un pasaje de la historia de Ginebra y Lancelot, que a Paula y Francesco les pareció cursi y demodé, tan aburridos se encontraban los últimos enamorados de las fábulas de amor cortés.Los padres del recién casado miraban la linda llegada de los invitados en góndola y felicitaban a la pareja por su exquisita elección. Frente a la mesa de fiambres, Paula y Francesco se abrazaban, sintiéndose aun como marionetas de cierto destino díscolo y perverso, pero sin reprocharlo, sin resistirse; se sentían casi igual que en la mañana de ayer. Ya sospechaban, después de todo, que el amor que existía entre ellos era vano y superfluo, apenas un reflejo de lo que el amor es en realidad.

sábado, 17 de mayo de 2008

Andar en bicicleta


Iliana Gómez Berbesi
De veras es odioso cargar tacones y verse forzada a andar por calles rotas. Eso de que en cada poste le salgan a una cantidad de bolsa amarillas, hediondas a basura. Un nuevo invento de la civilización para enseñarnos a ser ordenados y "limpitos". Nunca he visto tantas bolsas plásticas como en estos días. Las bolsas caminan, se abomban, crecen, están aquí, están allí, como Dios en todas partes. ¿Tendrá Dios algo que ver con la basura? Sí, por imponentes. Porque no te las puedes quitar de encima. Porque son una verdadera amenaza pública. En estos días, se han puesto de moda en los periódicos, gracias a la crónica policial y a los conjuntos residenciales, donde envuelven a las víctimas en bolsas de basura. Hay que tener mucho cuidado con ellas, nunca se sabe cuando puede asaltarnos una.
Pues quería estirar los huesos. A ver si de paso rebajo un poco; deja la flojera. Levántate temprano a recibir los rayos del sol. ¿Qué haces ahí metida? Muévete. Sí, me moví y aquí me tienes. Encogida entre un hueco kilométrico y una endiosada bolsa de polietileno. Pensando cómo debo hacer, si llamar primero a los bomberos, porque presiento que adentro descansa la bomba, o si mejor buscar a los fotógrafos, o formar cualquier escándalo. De lo contrario, no me quedará otra sino encaramarme en la dichosa mole y pasar decorosamente, con cara de Woody Allen, hacia el lado más afortunado de la vía. Si es posible. No me extrañaría que inmediatamente después me saliera al paso una bolsa más.
Así que dudé un breve instante y casi me disponía a recordar una oración. Se me ocurre buscar uha moneda en el bolsillo. Déjame ver si me da suerte. Mejor miro para el cielo. La luz se ha escondido. Me pesa la angustia de esa nube. Huele a tierra. Está lloviendo. Si tuviera un paraguas. Si estuviera mamá. Si pudiera regresar. Andar en bicicleta."
Se vio reflejada en el vidrio de la infancia. Por la esquina circulaba una bicicleta que venía con un niño.
"Mira que raro. Tengo tiempo que no veo bicicletas pr esta zona. ¿Será que quiere decir algo? No me parece. Está bien un Toyota, una ranchera, una gandola. Pero bicicletas. Eso está como el carrito de los helados. Si se acabaron las campanitas, también las bicicletas. Pero déjate de visiones. La bicicleta se acabó. Se acabó la televisión de tarde, la obligación de "haz la tarea primero", la merienda con diablitos.
Sí, mi querida la verdad es otra. Tiene mucho que ver con los techos de zinc, los cuartos alquilados, las colas, la mujer que tiene miedo de los ascensores, el mal estado de los autobuses, la comida de media hora al mediodía, la falta de agua durante quince días, durante un mes, durante mucho tiempo. O los microbios, la leche contaminada, el tener que morir callados, porque al fin y al cabo, "es mejor la democracia", porque no estamos presos ni nos morimos de hambre. Pero las cosas están así. A nadie le duele lo de uno. Como decía el perro de mi casa, "a ninguno le duele mi dedo, nadie quiere saber lo que yo siento".
La calle se disfrazó de rojo, no por causa del sol. La nube se mantuvo estática. En cambio abajo, el lila de sus recuerdos, de su infancia y sus bicicletas, se transformó en una masa vivamente desintegrada. Ella no alcanzó a presentir. Apenas oyó el grito del caucho contra el niño y lloró, como el día que su hermano espachurró una paloma.

Ida Gramko, Premio Nacioinal de Literatura,1977

El día 13/10/07, Joaquin Ramon escribió:
Amigos

Hace muchos años cuando yo me preciaba de saber Literatura española e Inglesa del bachillerato...discutia un dia con Alvaro Martinez Arcaya en el Gran Cafe al respecto que me acusaba de ser un lector asiduo de Selecciones del Reader Digest...lo cual no era del todo incierto
En la mesa estaba sentada una señora gorda blanca de boca carnosa y edad muy madura, era Ida Gramko
Se habia levantado hace poco de una silla de ruedas en la que habia estado sentada 2 años y habia cambiado su peinado de trenzas por uno moderno algo abombado de peluqueria.
Felizmente casada con un gallego sexagenario escribia en su casa todas las noches desde las 11 pm a las 6 de la mañana
Años despues sus libros infantiles los inclui en la lista de libros basicos obligatorios de las Bibliotecas Municipales para jovenes que me toco elaborar
Muchos años departi con ella hasta muy altas horas en el cafe los Viernes ,Me trataba como un niñote simpatico y comentaba de cualquier tema.Siempre sonriente y presta a un halago que pusiera el tono de amigos en la mesa
Sus discusiones sobre escultura con Victor Varela ,el famoso escultor, ya me resultaban un poco de demasiada altura a mis 27 o 28 años ,pero las de politica y ciencia con Boris Drujan,cientifico judio ruso ,casi ministro de Ciencia y Tecnologia de Lusinchi y Presidente del IVIC ,me resultaban interesantisimas
Ida era como una fruta dulce con la sensibilidad insospechada de quien siempre que se pone la pluma en las manos esta pensando en la infancia
Otro de nuestros angeles negros que narco la vida de muchos jovenes escritores noveles que hacian pinitos
Aqui algunos comentarios acerca de ella:
-Pero, en la antología elaborada como texto poético, apreciamos también, las voces de nuestras inolvidables: Ida Gramko: "Intima, inmensa, siempre en sed y ahíta";
-Miyó Vestrini: "Es ahora el día de todas las furias juntas";
- Luz Machado: "Dándome todos los paisajes antiguos como nuevos";
-La Compañia Nacional de teatro presenta
1998 "La Comedia de las equivocaciones" de William Shakespeare/Dir. Mario Sudano
1999 "Las Suplicantes" de Esquilo/Dir. Diana Peñalver
1999 "María Lionza" de Ida Gramko/Dir. Luigi Sciamanna
- Fundación Polar • ÚltimasNoticias • Lenguaje para todos • Fascículo 29 - Escribir para atraer
Ida Gramcko (1924-1994)

-Ida Gramcko ganó su primer premio de poesía a los trece años, pero
desde los tres ya tenía "cosas en su cabeza" y le pedía a su mamá que
buscara un lápiz para dictárselas, según cuenta su amiga, la también
poeta Elizabeth Schön.

-A los 17 años recibió el premio de la Asociación
Cultural Latinoamericana por Umbral, el primer poemario que publica.
Así comenzó la carrera literaria de esta poeta, ensayista y dramaturga
venezolana, nacida en Puerto Cabello en 1924.
Aunque no estudió formalmente Letras sino Filosofía, Ida Gramko sabía
mucho de Literatura. Conocía muy bien los clásicos españoles, tanto que
"tal vez le debe a Góngora la elaborada arquitectura de sus versos",
según comenta Yolanda Pantin.
Sus obras más famosas son Poemas de una psicótica, (1964) considerada
una obra fundamental en el panorama de la poesía venezolana, Poemas
(1952) y Sonetos del origen (1972), en la que habla de sí misma como
creadora:

Dentro de mí palpita una violenta
voluntad de creación, un cavernario,
casi bárbaro hacer, una herramienta
que forja lirios, un afán agrario


Su última obra fue el poemario Treno, publicado en 1993.
Aparte de poemas, Ida Gramcko escribió obras de teatro.
Algunas de
ellas están dirigidas a niños y jóvenes, como La hija de Juan Palomo y Juan
sin miedo.
También escribió numerosos artículos de crítica literaria para
El Nacional y ensayos sobre poesía y sobre artes visuales.
Además de los premios obtenidos en los inicios de su carrera, a Ida
Gramcko se le reconoció su aporte a las letras venezolanas mediante el
Premio Municipal de Poesía (1962), el Premio Municipal de Literatura
(1972)
y el Premio Nacional de Literatura, máximo galardón de las letras
venezolanas, el cual le fue conferido en 1977. Falleció en Caracas a la
edad de 70 años.

domingo, 11 de mayo de 2008

Bar-B-Q



A Bárbara la conocí por Susan en mi primer viaje a Nueva York. Había ido a dejarme tragar por la ciudad para volver a Caracas con otro yo.
La nieve de Broadway mezclándose con el brillo de las luces publicitarias, los nombres de los restaurantes prendiéndose y apagándose en la humedad recortada de rascacielos, los negros desmesurados cubiertos por desmesurados sombreros, las rubias pintadas de caspa, los sordomudos corriendo en el frío, en dos palabras el inmenso desagüe de las multitudes de navidad y la zambullida en el vórtice de la novedad me impusieron el ansia y la obligación de una aventura con una desconocida, algo que se pareciera a las numerosas películas que me habían familiarizado desde hacía años con la silueta de aquella ciudad sin sueño: las avenidas de Nueva York me fueron empujando, desde mi llegada a Times Square en busca de hotel, hacia los labios del sexo que no perdona.
Susan se acostaba con mi tío que era soltero. Una noche, al regresar de un western en la calle cuarenta y dos, la vi a través del marco de la puerta del dormitorio, que era la única habitación encendida, leyendo suplementos en la cama redonda. Mi tío roncaba en el sofá de la sala, echado boca arriba como un hipopótamo.
A pesar de que no nos conocíamos no le causé ninguna sorpresa, al parecer la habían puesto al tanto de mi existencia. Parecía una flor, rodeada de suplementos sobre la colcha amarilla. A mi tío se la había presentado uno de nuestros primeros recién graduado de psiquiatra quien, por escrúpulos de neófito, no se acostaba con ella que era una de sus primeras pacientes.
Como mi tío se sentía muy solo en Nueva York y era una máquina de fornicar y Susan estaba muy pobre y emproblemada y tiraba con la naturalidad de una rana y como a mi tío no le importaba socorrer a una niña necesitada, ni a ella dejar que la ayudaran, habían establecido un sólido tándem. Susan y yo estábamos hablando pasito para no despertarlo cuando se apareció en calzoncillos y desde lo alto de su corpulencia de luchador comenzó a echar una risita de chistes que lo hacían reír y toser frenéticamente. Terminó de un golpe y me dijo: —Susan puede mostrarte Nueva York, los hippies y toda esa porquería.
Entre la porquería estaban seguramente incluidos el barrio y la casa donde vivía Susan porque dos o tres días más tarde me costó un enorme trabajo conseguir un taxi que aceptara llevarme hasta la calle seis entre avenidas c y d, la dirección que ella me había anotado en un pedazo de papel.
El apartamento quedaba en la planta baja de un edificio decrépito. Por dentro parecía un depósito de albañilería. En el recibo sin muebles, entre dos colchones viejos tirados en el piso, se amontonaban el yeso y la tierra de un proyecto interrumpido de refacción. A la derecha tras una mampara de vidrios cuadrados se distinguían, en una habitación que daba a la calle, una biblioteca desordenada y un televisor.
Entre los libros descubriría más tarde las obras de Hermann Hesse, las novelas de Assimov y muchos textos sobre religiones orientales; desde la ventana miraría la calle inmunda con sus edificios podridos, pipotes de basura y escalerillas de incendio. Fue en la cocina, enchumbada cueva de encuentros y despedidas, donde Susan me fue presentando al desgaire a algunos de sus amigos.
Según Susan nadie se había interesado jamás en llevar a cabo un censo. Estaba prohibido cerrar la puerta con llave y se aceptaba a la gente de paso. Todos viajaban. La marihuana servía de sedante común para los viajeros que regresaban de las regiones desconocidas del LSD, para los aficionados al subibaja de los uppers y downers y en la biblioteca asfixiada de humo se celebraban aquelarres hippies bajo el lancinante imperio de la música pop.
Entre los amigos de Susan figuraban Sam, su old man, que reparaba televisores y radios en una tienda; Joe, un poeta que había sido elogiado por Ginsberg y sufría de una vieja fobia a las puertas que lo obligaba a optar por las ventanas; Louise, una estudiante de teatro de pelo azabache y Bárbara, una muchacha tensa, callada y flaca —la piel le ceñía los huesos como una camisa de fuerza— que acostumbraba encerrarse durante horas en el baño.
El apartamento se transformó en el lugar donde Susan y yo nos dábamos cita para salir a explorar Nueva York. Con regularidad de metrónomo Susan seguía viéndose con mi tío tres noches por semanas.
Le tenía cariño, decía, aunque se viera obligada a cobrar el afecto. Errábamos por calles de selva dura, rodeados por los juegos de magia de la publicidad, arrastrados por la marejada de monstruos salidos a flote desde algún infierno marino, ensordecidos por las sirenas y los gritos de los predicadores, intrigados por legiones hassídicas, empujados por gigantes de carne, cavilosos un segundo ante un ciego negro provisto de perro pastor, anhelando en el agotamiento de la madrugada un taxi amarillo para el regreso, divirtiéndonos más y más a cada hora, sin una palabra, sin un solo gesto de amor.
Mi tío le había prohibido a Susan que me diera marihuana, pero no que se acostara conmigo. Ella había decidido no hacerlo a pesar de que yo trataba de convencerla confesándole que era un ferviente partidario del amor libre y que había venido a Nueva York a comprobar mis teorías. Me compré una campanita que me colgué al cuello, un afiche de Raquel Welch en la prehistoria y un bastón terminado en calavera.
Toda cabellera rubia me resultaba admirable y digna de exclamación hasta que Susan me enseñó a diferenciar las sucias de las limpias, las teñidas de las naturales. Las columnas de vapor de las alcantarillas, las crestas estrafalarias de los viejos rascacielos y el tamaño de los sandwichs me infundían respeto.
Me conmovió descubrir que el subway no paraba jamás y que con un solo token uno podía pasarse el resto de la vida dando vueltas de un lado para otro sin volver a la superficie. Una cafetería se llamaba Naked Lunch y Susan habló de William Burroughs y de Humphrey Bogart y de un disco del Kadish de Ginsberg que me hizo comprar en una librería de St. Marks Street junto al edificio azul del Electric Circus. Estaba, creía estar, a una aventura de distancia de la felicidad.
Susan había prometido llevarme una noche a una travesía en ferry hasta Staten Island. La cosa más barata y bella de todo Nueva York, cuesta cinco centavos nada más, me había dicho, como si me estuviera transmitiendo una clave secreta. Me había entusiasmado al describir el mar frío en la noche y los muelles solitarios azotados por el viento como en una película de gansters. Habíamos quedado de vernos en su casa el sábado a eso de las nueve. Si ella no había llegado a esa hora me había pedido que no me fuera porque a lo mejor se retrasaba haciendo algunas diligencias con Sam.
A esa hora había una buena película con James Cagney en televisión y me había recomendado que le echara un vistazo si ella no alcanzaba a llegar a las nueve en punto.
Era sábado y en las calles se respiraba la fiebre ascendente del fin de semana con su palpable carga de violencias y de sangre.
Eran las nueve cuando subí las escaleras de la entrada del edificio y entreabrí con timidez la puerta del apartamento. No había nadie y todas las luces estaban apagadas. Los pies me temblaban por miedo a la oscuridad. Me quedé inmóvil sobre la arena del recibo bañado por un simulacro de resplandor lunar que entraba porla ventana de la biblioteca. Gracias a la luz del alumbrado pude guiarme en la penumbra.
Me acomodé en la biblioteca y prendí una lamparita y también la televisión como me había aconsejado Susan. Busqué entre todos los canales trepidantes la cara y la voz de James Cagney y no me costó mucho trabajo localizarlo. La historia tenía que ver con la segunda guerra y con aviones caza y con el reclutamiento de soldados frescos para combatir en Europa.
El drama de James Cagney era que a pesar de ser un veterano aviador de la gran guerra lo habían rechazado por la edad. Me daba la impresión de que Susan se había equivocado con respecto a la película. Si no hubiera sido por mi simpatía naciente hacia James Cagney habría cambiado de canal sin duda, pero me gustaba verlo hablar tan tajante e inagotable.
Me volteé cuando se prendió una luz en el recibo. Bárbara acababa de entrar pasando como una garza hacia la cocina. Lucía más puntiaguda que nunca, salvando los obstáculos con los zancos de sus piernas, sosteniendo en equilibrio el cuello largo y frágil.
Lucía bella en el silencio y en la sombra y empecé a sentir la aventura que me llamaba. Se me convirtió al instante en Barbara Stanwyck y que me provocó ir a buscarla aunque desde nuestro primer encuentro me hubiera intimidado un aire de histeria y un aura de femme fatale que la rodeaban aun en los comentarios de sus amigos que no lograban descifrarla.
Me atreví a darle alcance pero no a proferir una palabra mientras la seguía de un sitio para otro con la esperanza de que fuera ella la que me hablara primero. Iba de un lado para otro desplazando objetos, moviendo sillas, levantando almohadas como si buscara algo y, aunque al darse bruscamente media vuelta varias veces estuviera a punto de tropezar conmigo, no se dio por enterada de mi presencia, como si me hubiera confundido con el hombre invisible. Ardía en deseos de hablarle pero confrontado con sus ojos negros de salamandra las llamas de mi discurso se acobardaban y huían. La dejé en la cocina ocupada con unas ollas y sartenes y regresé a la biblioteca, a la televisión y a la inagotable voz de James Cagney.
Cómo nace el miedo es un misterio.
Misterios del desamparo sin duda. Habrán pasado cinco, diez, quince, veinte minutos a lo sumo cuando una inquietud vino a hacerme compañía. Empecé a sentirme muy lejos, muy, muy lejos y preso y sin recursos. Bárbara tomaba contornos de amenaza. Aunque bella, Bárbara parecía, por lo flaca y por lo seria, muy inhumana, tan inhumana como la capacidad de James Cagney para hablar sin parar. Me hubiera gustado acostarme con ella. Quizás sólo había venido a Nueva York a acostarme con Bárbara, pero me faltaba valor. Bárbara podía estar en medio de un viaje de LSD. Por eso no me había visto. Había oído decir que bajo los efectos del LSD la gente perdía todo contacto con la realidad. Hacía poco un estudiante, convencido de que era un pájaro, se había lanzado desde el último piso de un rascacielos y un carnicero había degollado a su esposa al confundirla con mercancía fresca.
No podía descartar que Bárbara se dejara guiar por alguna espantosa fantasía y tratara de matarme. Me la imaginaba en la cocina, donde la había dejado revolviendo enseres, concentrada en afilar un cuchillo ancho, largo y liso, con las manos metidas en un par de guantes de goma y escuchando la voz asesina de un dios que le ordenaba traerle el palpitante corazón de un extranjero. Ya no se trataba de perder la oportunidad de acostarme con Bárbara, se iba a tratar de mi capacidad para defenderme contra un ataque sorpresa, de luchar por mi vida si era necesario. No se sabía hasta qué extremo podía la droga empujar al ser humano. Iba a tener que vérmelas solo con la dimensión desconocida.
Mi única esperanza era que Susan no tardara más. James Cagney no me sacaría del aprieto. James Cagney sólo sabía hablar y hablar.
Me acerqué a la ventana buscando respuesta en la calle, una calle donde no conocía a nadie, una calle con reputación de crimen y robo, donde hasta los niños tomaban drogas, una calle que infundía miedo a los propios nativos. De alguna parte salía desgañitándose una música. Buscaba a Susan con ojos de niño extraviado. Hubiera sido formidable que apareciera sobre la popa del ferry en plena calle, arrasando escaleras y paredes, aplastando carros y tumbando los postes del alumbrado, pidiéndome a gritos que saltara a bordo para salir a conquistar los mares y la nieve, las montañas y las estrellas. Las lámparas fluorescentes acompañaban mi desengaño con un zumbido impar. Atrás la voz de James Cagney se destacaba contra el ensordecedor estruendo de unos aviones.
Si Bárbara decidía matarme nadie podría ayudarme, lo demás era puro cuento.
Se me ocurrió que nada más absurdo que estarse arriesgando así por un paseo en ferry o por una sacrosanta aventura con una desconocida, que nada más aconsejable que arrimarse hasta la puerta con mucha discreción y cuidado y poner los pies en polvorosa. No me importaba quedar como un cobarde, al menos eso habría aprendido con esta experiencia.
Me di cuenta de que me importaba por encima de todo, más que mi reputación, más que mis ensueños, más que todos los besos, salvar el pellejo. Me hubiera escapado de inmediato si en el momento de emprender la fuga no hubiera echado un último vistazo por la ventana. Justo frente a la casa un par de tipos, con el desgano que esconde la espera nerviosa de la camorra o el asalto, estaban haciendo puntería con una navaja destellante en un cajón de madera.
Acobardado volví a tomar asiento frente a James Cagney que se eternizaba en escupir sus monólogos. Por el rabillo del ojo me entraban el patético recibo vacío, el bombillo pegado al techo como un insecto y la oscura pirámide de yeso entre los dos colchones. Hubiera querido acusar a gritos a la autora intelectual del delito, a la traidora, a la ausente, a Susan que era la única responsable de que me encontrara en semejante situación.
Un ratico después ni Susan había llegado, ni James Cagney había logrado convencer a los jefes de la base de que era capaz de volver, combatir, participar en la acción y convertirse en héroe de guerra, ni yo le veía una salida a todo este asunto, por lo que decidí, al igual que James Cagney que ya se estaba robando un caza—bombardero en signo de protesta, precipitar los acontecimientos y me puse de pie para ir a enfrentarme directamente con la asesina en potencia en lugar de seguir esperando con humildad de cordero la inmolación a cuchillo. Una vez en marcha casi me desmayo al tropezar con la mampara de vidrio.
Luego de reponerme atravesé el recibo como un funámbulo amateur, parándome con cada crujido de la madera del piso. Si la tomaba por sorpresa quizás la pudiera desarmar de un golpe. Sentía los pies almidonados y aún el pecho y el alma, sentía almidonada hasta la respiración.
Entré en la cocina de zopetón. No había nadie. Las llamas azules de las cuatro hornillas se alzabar en ronda empujadas por el soplido del gas. Los preparativos de un ritual u otra cosa por el estilo. Estaba dispuesto a luchar, a poner al descubierto los planes de Bárbara, a actuar como camisa de fuerza. Pero tenía que averiguar dónde se había escondido. Me fijé en la habitación de al lado y no estaba. Me acordé de su costumbre de encerrarse en el baño. Traté de abrir la puerta pero estaba cerrada por dentro. No se escuchaba el menor ruido, ni el chapoteo del agua, ni el paso resbaloso sobre la losa, ni la inconfundible revolución del water closet.
No me cabía la menor duda de que estaba en el baño entregada a la búsqueda del nirvana o esperando, como una flecha en un arco, el momento preciso del disparo. Me podía estar espiando por una rendija. La llamé por su nombre. Bár—ba—ra. No contestó. Tembloroso, asustado por aquellas tres sílabas que habían cortado el espacio como un cohete fallido, abrí varias gavetas y me apoderé de un cuchillo.
El apartamento se había agrandado. De la cocina a la biblioteca se extendía el recibo casi tan insalvable como un laberinto, una llanura, una selva, una cordillera. Fue un verdadero alivio estar de vuelta entre los libros de budismo y las novelas de Herman Hesse, frente a la televisión, detrás de la mampara de vidrio que me permitía permanecer alerta frente al ataque y a la llegada de Susan. Estaban transmitiendo el noticiero de las once. Me puse a cambiar los canales, nervioso como un conejo asustado.
Cantaban los cantantes, gritaban los anunciadores, corrían los carros, se besaban los amantes, disparaban los soldados, se reían los cómicos. Un caos frenético como la velocidad de mi sangre atropellada por la infamia de sentirse sin salida, entre la espada y la pared, arrinconado por una mujer fantasma y unos homicidas desconocidos.
Sumergida en la bañera, desde las playas del LSD, en las nubes del nirvana o en el simple juego del gato y el ratón Bárbara, ya fuera en cruel defensa de su virginidad o por una simple broma pesada, estaba gozando su cuarto de hora conmigo. Si no me mataba a cuchillo me iba a matar de un infarto. Los dos tipos de la navaja se habían multiplicado por dos. Preparado a morir elegí mentalmente mi último deseo: que Bárbara se presentara desnuda a degollarme, que antes de estirar la pata pudiera admirar en toda su extensión aquel cuerpo que había pensado chupar hasta los huesos como una gallina flaca —me llevaría a la tumba una instantánea en la retina de aquel sexo móvil, aquella araña negra entre las piernas blancas.
Poco a poco me percaté de una novedad. Un intenso olor a quemado me daba pellizcos en la nariz y empezaba a ponerme lágrimas en los ojos. El olor salía de la cocina y se estaba convirtiendo en humo, un humo espeso y grande que llenaba el recibo y avanzaba hacia la biblioteca. Bárbara había decidido morir en la hoguera como Juana de Arco. Bárbara, en combinación con el grupo de afuera, le había prendido fuego al apartamento para sacarme como una bestia escondida.
Tenía que prepararme para la lucha final, con ella o con ellos, tenía que empuñar el cuchillo con mano firme y morir en la refriega.
Perdí toda esperanza. Me olvidé de Susan. Sentí el aplomo abandonarme en desbandada. Sentí ganas de clavarme yo mismo el cuchillo, de arrojarme por la ventana al foso de la basura. Me volví paralítico. Me convertí en un cadáver prematuro. Sentí el aleteo del alma en fuga.
Una sombra apareció en el umbral de la cocina. Una sombra en medio del humo, una sombra que avanzaba envuelta por las volutas del humo, una silueta manchada de humo gris y humo negro, la silueta y la sombra de Bárbara avanzando hacia la biblioteca con los dos brazos alzados a la altura de los hombros como una sonámbula, Bárbara llevando en las manos dos siluetas y dos formas oscuras, dos cabezas, dos campanas, dos carteras agarradas por las manos, dos formas de hirsutas cabelleras de humo.
Dejé caer el cuchillo como la ciudad sitiada que se rinde. A través de la humareda me llegaba la fosforencia de los ojos húmedos de Bárbara. No me quedaban fuerzas para el miedo. La escasa cabeza que me quedaba se puso a girar como un trompo. Con el cuchillo echaba por el suelo los últimos centavos de coraje y de miedo. Corrí la mampara de vidrio y entró una bocanada de humo. Bárbara musitaba algo con los labios pálidos. Me miraba entre sollozos balbuceando comienzos de frases, me observaba con furia, frialdad, ternura y dolor. Se había detenido. Me acerqué con cuidado.
Abrió las manos heridas y cayeron al piso dos pollos carbonizados. Bárbara, emparamada, envuelta en una bata, con el pelo mojado que revelaba la realidad esquelética del cráneo, bajó los brazos en cámara lenta y apuntó a los pollos humeantes con estas palabras que salían como dos náufragos del torrente de lágrimas:
—Los había preparado para los dos, los había preparado para los dos.
Cuentos venezolanos