Libertad!

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viernes, 10 de octubre de 2014

Al Che, in memoriam

AntonioSanchez García*

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Hoy se cumplen 47 años del día en que Ernesto Guevara
Lynch, que entrara a la historia con el remoquete de “el
Che” con que lo distinguieran Fidel y los rebeldes cubanos
del Granma a los que se sumara en Ciudad de México, cayera
ametrallado por una ráfaga disparada por un sargento de las
fuerzas anti insurgencia o boinas verdes del ejército
boliviano. Un suceso que conmovió al mundo,
convirtiéndose en leyenda digna de las sagas del rey Arturo y
el anillo de los Nibelungos. El Robin Hood del enfrentamiento
desigual entre el Tercer Mundo y los omnipoderes de la
globalización caía en su ley y sus despojos daban la
vuelta al planeta en brazos de los imperios mediáticos del
Siglo XX inmortalizado en una imagen con inocultables semejanzas
al cristo yaciente de Andrea Mantegna. El misterio de la mortaja
de Cristo resucitaba en un modelo humana e ideológicamente
comparable: crucificado por la CIA y las fuerzas del Imperio
Romano de la nueva era, reposando sobre una artesa de una
lavandería de un poblado, La Higuera, en Vallegrande, en lo
más profundo de la inhóspita y deshabitada selva
boliviana.
Al tremendo impacto que causara la noticia por razones obvias
– el Che había desaparecido del mapa cubano tragado
por el tsunami revolucionario, tras el fulgor del napalm y los
inclementes bombardeos al Vietcong, acompañando a la
insurrección universal de los movimientos estudiantiles y
universitarios que sacudieran la segunda mitad de los años
sesenta sin que nadie tuviera la más mínima idea del
lugar en que se encontraba preparando la escenografía para la
próxima revolución triunfante. Que se encontraba en
Bolivia sólo lo sabía Fidel Castro, sumido en las
cavilaciones que le causara el incómodo, irreflexivo,
voluntarioso y controversial personaje con el que no sabía
qué hacer, detestado por la nomenklatura soviética, al
que los comunistas venezolanos le habían negado un puesto en
sus filas y quien finalmente había decidido por su cuenta ir
a demostrar en Bolivia, el corazón del continente, la justeza
de sus teorías –un puñado de hombres decididos y
corajudos podían poner en jaque al estado burgués y
asaltar el Poder, como lo hicieran en Cuba– convertidas en
un libro best seller escrito por un joven de la burguesía
francesa convertido al marxismo llamado Regis Debray: La
revolución en la revolución.
Hay sucesos que calzan como un guante con los deseos,
aspiraciones y anhelos de la imaginación popular. Los
años sesenta fueron los años en que dichos anhelos fueron
satisfechos a cabalidad por los movimientos revolucionarios del
Tercer Mundo, Vietnam, la revolución cultural china, el
parisino Mayo Francés, el movimiento pacifista en Estados
Unidos, Fidel Castro y la revolución cubana. Una
auténtica leyenda, hábilmente instrumentada por uno de
los mayores genios de la manipulación de masas, como Fidel
Castro. Un genio que combinaba la fría y maquiavélica
sabiduría de un Lenin con la delirante imaginación de un
García Márquez. La verdad de hechos y personajes de la
Sierra Maestra – un episodio ridículo, minúsculo y
bananero en comparación con la guerra de Indochina o los
combates de las guerrillas de la segunda Guerra Mundial –
sirvió para mantener encendida la calenturienta expectativa
de heroísmo en una juventud aburrida y hartada de consumismo
posindustrial.
Los tristes y desangelados juegos bélicos de la docena de
zarrapastrosos combatiendo con la nada, jugando a la guerrilla en
el vacío, abandonados a su suerte e incapaces de protagonizar
un solo hecho de guerra mínimamente honorable rompieron la
dura coraza de los hechos para convertirse en un mito. Los
Beatles y Bob Dylan encontraron un pendant: el guerrillero
heroico.
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Se entiende. Para Fidel, astuto, ambicioso, sediento de gloria,
sanguinario y artero, Bolivia era un perro muerto. El perfecto
escenario para entretener al Che Guevara, - idealista, porfiado,
romántico, extremista, fanático y ya definitivamente
poseído por el caníbal apetito de la pólvora, el
homicidio y la muerte -, y mantenerlo ocupado en sus juegos de
guerra. El principal y verdadero objetivo, la joya de la corona
que aspiraba a calzarse apoderándose de todo un continente,
pues le daría los medios para corromper gobiernos, comprar
partidos y alebrestar a la pobresía, era Venezuela. Bolivia
era un apartadero. Venezuela, las minas del Rey Salomón. El
Dorado, el reino del oro negro, un archipiélago nadando en un
océano de petróleo. La palanca energética que
movía al universo.
Su fijación con Venezuela era de vieja data y los hechos lo
reafirmaban en la corrección de sus afanes estratégicos.
El pueblo venezolano acababa de dar prueba de su inmenso
poderío revolucionario, había tumbado una dictadura diez
veces más sólida y poderosa que la corrompida tiranía
batistiana, a la que un soplido y un puñado de dólares
bastara para barrer de la isla, poseía partidos de
extracción popular, marxistas e incluso leninistas, contaba
con unas fuerzas armadas de extracción popular fácilmente
penetrables y se hallaba en una fase pos revolucionaria
perfectamente dominable por una élite de combatientes
acerados, voluntariosos y decididos a combatir por el Poder. Para
la dirigencia cubana, venir a Venezuela a repetir la hazaña
de la Sierra Maestra era un paseo de campanillas y un boleto
seguro a entrar en los grandes fastos de la historia
revolucionaria.
Fidel creyó posible intentar primero la vía
diplomática y forjar una alianza revolucionaria y
antiimperialista con su principal líder, recién electo
presidente de la República y jefe de un partido de
extracción popular que dominaba sobre campos y ciudades con
una militancia acerada en el combate contra la dictadura:
Rómulo Betancourt. Para su gigantesca sorpresa, él, el
nuevo Mesías del Tercer Mundo, adorado en todos los confines
de la tierra, recibido en medio de resonantes aclamaciones por el
pueblo venezolano, a su cabeza el movimiento universitario y
estudiantil e incluso por la élite política de la
Nación – confiesa Simón Alberto Consalvi que la
dirigencia política de AD con él a la cabeza,
acompañados por los miembros de la Junta Patriótica y el
almirante Larrazábal, su presidente y personaje más
popular de la Nación, se derretían por Fidel Castro
– al acercarse al recién electo primer presidente
democrático de Venezuela se dio con un portazo en las
narices. Tras una larguísima discusión que se
extendió por casi cinco horas, sostenida en una casa en
Prados del Este, ante la presencia del mismo Simón Alberto
Consalvi y el historiador y expresidente Ramón Jota
Velásquez, le negó todo respaldo político,
rechazó sus propuestas de alianza y le aseguró que
podría contar con todo el petróleo venezolano que
necesitara con una sola condición: pagando religiosamente a
precios del mercado.
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La traición de la mejor dirigencia de la juventud de AD a
Rómulo Betancourt y su partido, optando por formar tienda
aparte – el MIR -, negándose a seguir la vía
democrática y apuntándose a la lucha armada tras el
espejismo de la revolución cubana, por una parte, y la
decisión del Partido Comunista y sus escisiones por seguir el
mismo camino, lanzándose a la aventura de la guerra de
guerrillas y la lucha armada, por la otra, abrieron una grave
fisura en el proceso de democratización empeñada por la
dirigencia de los partidos democráticos permitiendo la
profunda ruptura creada por la guerra de guerrillas durante los
años sesenta y la intromisión directa, coronada con la
invasión, de Fidel Castro, la Secretaría América y
sus mercenarios cubanos en territorio nacional.
Los desembarcos en junio del 66 y abril del 67 de comandos cubano
venezolanos por Falcón y Miranda – mientras el Che se
adentraba en solitario y sin ningún respaldo político o
militar por las deshabitadas sierras bolivianas - supusieron la
verdadera estrategia de Fidel Castro para expandir la
revolución continental. Fueron precedidos por largos procesos
de entrenamiento iniciados en 1962 y 1963 en centros de
adiestramiento guerrillero en territorio cubano, personalmente
dirigidos y supervisados por el propio Fidel Castro. Tanta fue la
importancia geoestratégica que le concedió Castro a la
primera de dichas expediciones, en las que participara un solo
venezolano, Luben Petkoff, que además de montar su jefatura
en un vehículo especialmente capacitado para dirigir desde
allí sus funciones de Jefe de Estado, dedicando meses de su
comandancia a dirigir diaria y personalmente los preparativos y
ejercicios de desembarco y combate, que puso el comando bajo la
jefatura de quien llegaría a ser posteriormente el héroe
de Ogadén y el más glorioso y afamado de sus generales,
Arnaldo Ochoa Sánchez. Mientras la segunda, conocida como el
desembarco de Machurucuto, estuvo bajo la presencia del general
de división Ulises Rosales del Toro, héroe de Cuba,
máximo jefe de su Estado Mayor, miembro del CC del PCC y
hasta Ministro de azúcar, junto a Tomás Menéndez
“Tomassevich”, jefe de la guerra contra las
guerrillas de Escambray, asimismo general de división y
“héroe de la república de Cuba”. Por
Venezuela, Moisés Moleiro, Américo Silva y Héctor
Pérez Marcano.
La aplastante derrota de las guerrillas venezolanas y el fracaso
de la invasión cubana, debidas ambas al comportamiento
patriótico de pueblo y ejército venezolanos, no calzaban
en los anhelos del delirio revolucionario de los sesenta. Para la
juventud contestaría que amaba al tío Hoh y veneraba al
abuelo Mao Tse Tung y al épico Fidel Castro, la democracia
era otro perro muerto. De modo que la patética y lamentable
aventura del castrismo en Bolivia, los hechos de las escaramuzas
y miserias del grupo del Che, adobadas en tétricos
aditamentos como la amputación de sus manos, el entierro en
sitio desconocido, la venta de su diario a ávidos editores de
la extrema izquierda europea – Feltrinelli - y la
universalización de la memorable foto de Alberto Korda
coparon los titulares de la opinión pública mundial. E
ilustraron las franelas de millones y millones de jóvenes y
muchachas ansiosas de demostrar su talante contestatario. Un
look, una moda.
Desde entonces se conmemora la muerte del Che Guevara como un
suceso de la mayor trascendencia universal. De Rómulo
Betancourt sólo saben algunos hispanistas avisados. Son los
caprichos de la historia.

*Al Che, in memoriam
http://www.el-nacional.com/antonio_sanchez_garcia/Che-in-memoriam\
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