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miércoles, 18 de mayo de 2016

La violencia protagoniza la narrativa nacional

La violencia protagoniza la narrativa nacional

Mientras que la narrativa actual venezolana se caracteriza por una crítica a lo que significa ser venezolano, especialistas estiman que la del futuro hablará sobre las colas, “el bachaqueo”, los pranes y las deterioradas condiciones de vida
Por: Jacobo Villalobos – @JacoboV95
Familias que se acaban, separaciones en Maiquetía, asesinatos, policías corruptos, conflictos políticos, violencia doméstica, violaciones, incesto y pedofilia… Esos son algunos de los temas que, teniendo al presente venezolano como fondo, aparecen retratados en una vasta cantidad de relatos literarios nacionales del momento, los cuales son reflejo de la situación actual del país.
Autores como Héctor Torres, Sonia Chocrón, Miguel Gomes, Rodrigo Blanco Calderón, Hensli Rahn Solórzano, Miguel Hidalgo Prince, Raymond Nedeljkovic, entre otros, forman parte de un grupo cada vez más numeroso de escritores que han abordado la crisis nacional. En su literatura, como en la de varios otros, la violencia permea las historias y aparece como un personaje más, lo cual se corresponde a un país cuya capital, Caracas, es la más violenta del mundo, según el informe anual del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP).
Además de la enorme tasa de homicidios (27.875 muertes violentas para finales del 2015, según estimó el Observatorio Venezolano de Violencia), la crisis venezolana se caracteriza por presentar la inflación más elevada del mundo (141,5% en el 2015, según cifras oficiales emitidas por el Banco Central de Venezuela), escasez de productos alimenticios (41,37% de los 58 productos básicos, según el informe de febrero del CENDAS), una Canasta Básica Familiar que para febrero de este año requería de 18,3 salarios mínimos para su satisfacción, según el mismo informe. También se suman noticias de líderes políticos que han sido acusados de narcotráfico y negocios turbios o fraudulentos, como es el caso de la aparición de varios de éstos en los llamados “Papeles de Panamá”, una investigación periodística global que puso al descubierto el desvío de fondos y evasión fiscal en paraísos fiscales por parte de políticos, personalidades y figuras públicas de diversos países.
La relación entre esta trama nacional y la literatura venezolana contemporánea ha sido analizada por veteranos en la materia, escritores, críticos literarios, profesores universitarios y periodistas, para quienes la crisis nacional “sin duda” es un elemento que compone la narrativa nacional del momento.
El contexto
En una panadería de Caracas, Carlos Sandoval toma un café cuyo precio da cuenta de la compleja situación económica nacional al tiempo que reflexiona sobre la relación que hay entre el contexto de un país y la narrativa que genera. “La narrativa es producto de un momento social, es un modo inconsciente de plasmar una situación”, dice.
Entre las obras recientes de Sandoval se cuenta la antología De qué va el cuento, compuesta por 40 relatos venezolanos y publicada bajo el sello Alfaguara en el 2013. Los cuentos que integran el libro fueron producidos entre los años 2000 y 2012, por lo que el entorno político marca desde la forma que toman esos relatos hasta sus temáticas.
El crítico explica que esto se debe a que las representaciones de las coyunturas que aparecen en la literatura obedecen a los estados íntimos del escritor: “A veces el narrador aborda el contexto conscientemente, otras veces no. Otras veces el contexto está tan dentro de ti que se refleja en la literatura sin buscarlo”, puntualiza.
Sin saberlo, un día antes, el escritor y cronista Héctor Torres manifestó su concordancia con el crítico literario. Sentado a la sombra en la Plaza Los Palos Grandes, al ser preguntado sobre si existía una relación entre lo escrito y las situaciones que vivía el escritor en su país, Torres respondió sin pausa que “sí, inevitablemente, de una u otra forma el entorno nacional, político, está presente”.
“Los textos narrativos son una autobiografía, una forma de ver el mundo circundante”, puntualizó el cronista. “La literatura se siente en todo y Venezuela no puede escapar a eso”, afirmó
Los dos últimos libros de Torres muestran bien a lo que el autor se refiere con “autobiografías”. Tanto en Caracas muerde (2012) como en Objetos no declarados (2014), ambos publicados bajo el sello editorial Punto Cero, se muestran historias que con humor o crueldad ilustran las situaciones por las que atraviesan los venezolanos, tanto en la intimidad como en la sociedad, según la mirada del escritor. En ese sentido, la autobiografía viene dada por dar cuenta del momento en que el autor vive y aquello que le afecta.
En Venezuela, esta forma de comprender la narrativa tiene una larga tradición: el fuerte apego al contexto es arrastrado desde el siglo XVIII y se evidencia en el siglo siguiente con una narrativa que es reflejo de la política nacional, lo cual se mantiene hasta hoy en día, cuando la crisis toma partido en las narraciones literarias, explica el profesor Sandoval.
Esta afirmación, para Héctor Torres no es del todo negativa. Para él, la situación convulsa del país es “forzosamente” una fuente de inspiración para la narrativa. “Una sociedad feliz es una sociedad con pocos artistas. Hay una relación entre el dolor y la creatividad: el dolor produce calidad; y la inconformidad, arte”.
“Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no hay necesidad de comunicar, en los tiempos más oscuros hay más temas, más hondura, más atmosfera. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”, explica Torres.
Retratos de la crisis
Para los entrevistados, el elemento de la crisis nacional que más se repite y que más presencia tiene en la narrativa contemporánea es la violencia. Según Héctor Torres, quien además es coordinador del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana, los textos ganadores de los últimos años han rebosado de violencia.
Pero el rasgo violento en la narrativa venezolana no es algo nuevo. Tras la caída de Pérez Jiménez en el año 58, la Revolución Cubana y la irrupción de la guerrilla venezolana en la década de los 60 del siglo XX, la literatura nacional se escribe con un fuerte contenido político, de militancia y agresión. Ejemplo de la violencia narrativa de aquella época es la novela Se llamaba SN, escrita en 1964 por José Vicente Abreu, que narra las crueles torturas por las que atravesó el escritor tras ser detenido por la Seguridad Nacional (SN).
Otros autores que cristalizaron en sus obras la agresividad del momento fueron Carlos Noguera, con Historias de la Calle Lincoln (1971), Adriano González León, con País portátil (1968), Premio Biblioteca Breve Seix Barral el mismo año de su publicación y la única novela venezolana en entrar en el llamado “Boom latinoamericano”.
Al respecto, también destacan autores como José Balza, Luis Britto García y Francisco Massiani. Así como Salvador Garmendia, aunque su obra se dirigió hacia la exploración interior de los personajes sumidos en ese entorno.
Aun así, la violencia que se experimenta en la narrativa contemporánea es radicalmente diferente a las pasadas, explica Carlos Sandoval, para quien actualmente la violencia es absoluta: desde la forma de ser y de interactuar de los personajes, las situaciones por las que atraviesan y las decisiones que toman, hasta la propia forma de escribir los relatos. “El lenguaje es violento, hay ruptura de la sintaxis, el ritmo es violento. El contexto criminal y violento aparece como cultura”, dice el profesor.
A eso es a lo que apunta Miguel Hidalgo Prince, autor de Todas las batallas perdidas (2012), cuando dice que  la violencia que aparece en la narrativa es “la fisura de todos nosotros, la violencia que nos toca de primera mano, que permea la interacción social, no solo mediante armas”.
Esto se vuelve particularmente evidente cuando se leen los relatos de Raymond Nedeljkovic, Martha Durán, Norberto José Olivares o Luis Freites, entre varios otros narradores contemporáneos cuyos personajes actúan mediante la agresión, por acción u omisión, o son víctimas de una agresión.
Ejemplo de esto es el texto 24 (2010), en el que Luis Laya, escritor y periodista, explora las circunstancias del barrio 24 de Julio desde la perspectiva de varios personajes que se mueven en situaciones convulsas y mantienen una actitud irónica ante el caos urbano.
“La violencia es el telón de fondo, pero es un personaje principal también, que no se ve pero que está presente en todo”, dice Miguel Hidalgo.
Pero aunque este es el principal elemento que la narrativa nacional del momento toma de la crisis actual, hay otro tema que le sigue de cerca: la revisión de la venezolanidad.
Los entrevistados coinciden en que la narrativa contemporánea es reflexiva y busca responder a la pregunta de “¿cómo llegamos a este punto?” y en ella se pone en cuestión lo que significa ser venezolano.
Este es el caso de la protagonista de Blue Label / Etiqueta Azul, novela de Eduardo Sánchez Rugeles que trata la diáspora nacional, quien se pregunta sobre su condición de ser venezolana y no sabe si está conforme con su nacionalidad. Otro ejemplo es la obra de Norberto José Olivares, que revisa la identidad nacional y la satiriza.
“Hay desencuentro con el mismo venezolano, es decir: no sabemos muy bien cómo llegamos a acá y eso no nos deja de sorprender. Hay una búsqueda de la identidad”, asegura Hidalgo.
“Las épocas de crisis llevan al autor a reflexionar y a dar cuenta de la crisis misma”, comenta Carlos Sandoval.
Aun así, para Mario Morenza, profesor universitario y escritor, la narrativa de la crisis aún no ha sido escrita.
Morenza no desconoce la presencia de los problemas sociales en la literatura contemporánea, pero cree que será en un futuro cuando realmente se evidencie en los textos narrativos. “Quizá más adelante veremos las narraciones de las colas, de los pranes, de la escasez, esa será la narrativa del futuro”, puntualiza.
El escritor asegura que cuando llegue esa literatura se tratará de un espacio en el que anidará la nostalgia: se abordarán temas como el exilio, la separación y el desamor.
“La narrativa cuenta la historia del alma de una nación”, explica Morenza.
Literatura no militante ni moralizante
“Actualmente se puede hablar de una narrativa afecta a la Revolución Bolivariana y otra que está en contra de esta y que gran parte ha salido mediante editoriales privadas”, señala el crítico literario Carlos Sandoval haciendo referencia a los enfoques que toma la literatura en el actual contexto venezolano.
Narradores como Alberto Barrera Tyszka, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Teresa Torres, Slavko Zupcic, entre otros, quienes en 2002 firmaron una carta en contra de la administración de Hugo Chávez, han manifestado su rechazo al sistema de gobierno actual; mientras que otros escritores, como William Osuna, Francisco Sesto, Luis Britto García y Luis Laya, se han decantado por lo contrario: por el apoyo a la Revolución Bolivariana.
Para Luis Laya, escritor y periodista, estas manifestaciones no son despreciables. El escritor aprueba que en su vida pública los artistas de este tipo tomen partido político, ya que “pueden hacer valer un conjunto de opiniones que ayuden a desentramar” un ambiente nacional determinado.
No así en cuanto a los productos literarios que hacen. Laya puntualiza que aunque la posición política del escritor se puede ver leyendo su obra con atención, asegura que “cualquier tipo de proselitismo en una pieza narrativa es un desecho”, al menos que se confronte con otras opiniones.
Este es el pensamiento de todos los entrevistados: “Ya sabemos que nada bueno sale de una literatura que busque apoyar a un gobierno”, dice Héctor Torres
Por ello es que los autores coinciden en que la literatura contemporánea venezolana no busca adoctrinar o cambiar la mentalidad y realidad de un país, sino que aspira a dar cuenta de un momento histórico, proporcionar explicaciones y exponer las razones profundas de ese momento.
Esa es la conclusión a la que llegan los entrevistados sobre el abordaje último que los escritores hacen de la crisis nacional por la que atraviesa el país.
Al respecto, Mario Morenza aclara que la narrativa “por cualquier razón se aleja de lo moralizante y la denuncia para mostrar los conflictos, con el fin de dar sentido a ese cúmulo de experiencias”.
“Uno no puede aleccionar a nadie, pero cuando crees que hay algo abominable lo reflejas”, concluye Laya, quien con cada opinión parece manifestar que el escritor, sumergido en la crisis y obligado a observarla con detenimiento, tiene la posición privilegiada de hablar sobre ella a todo el público.
¿Un contexto diferente nos daría una narrativa diferente?
Luis Laya: “No soy amigo de esas especulaciones. En un contexto más tranquilo se vería la crisis como una historia y se vería con otros ojos”.
Mario Morenza: “Seguramente. La narrativa cuenta la historia del alma de una nación. A lo mejor si fuese un país pacífico no hubiera narrativa de este tipo, no se estuviese generando si hubiese un imaginario distinto. Habría otro tipo de historia”.
Miguel Hidalgo Prince: “Supongo que sí. Ahora te quedas solo, se va la gente, tu familia, amigos, y eso crea un espacio diferente para la reflexión”.
Carlos Sandoval: “No sabemos, esto es lo que hay”.
Héctor Torres: “Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no había necesidad de comunicar, de llegar a los lectores. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”.

viernes, 8 de abril de 2016

Los 9 libros que hay que leer antes de morirse

mario vargas llosa
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El Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa no sólo es uno de los mejores escritores de nuestro siglo, también es un ávido lector, como debe ser, y recomienda estos nueve obras imprescindibles que leer antes de morir.
“El embellecimiento sistemático de la vida gracias a su refracción en sensibilidades exquisitas, capaces de libar en todos los objetos y en todas las circunstancias la secreta hermosura que encierran, es lo que confiere al mundo de La señora Dalloway su milagrosa originalidad”, explica el Premio Nobel.
2- Lolita, de Vladimir Nabokov
“Humbert Humbert cuenta esta historia con las pausas, suspensos, falsas pistas, ironías y ambigüedades de un narrador consumado en el arte de reavivar a cada momento la curiosidad del lector. Su historia es escandalosa pero no pornográfica, ni siquiera erótica. Una burla incesante de instituciones, profesiones y quehaceres, desde el psicoanálisis -una de las bestias negras de Nabokov- hasta la educación y la familia, permean el diálogo de Humbert Humbert”, explica sobre la obra.
3- El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
Uno de los libros favoritos del autor, que dio lugar al clásico infinito del cine bélico ‘Apocalipsis Now’ una de las obras cumbre del director Francis Ford Coppola. “Pocas historias han logrado expresar, de manera tan sintética y subyugante como ésta, el mal, entendido en sus connotaciones metafísicas individuales y en sus proyecciones sociales”, comenta Vargas Llosa.
4- Trópico de Cancer, de Henry Miller
Una de las obras maestras de la literatura americana contemporánea del maestro de la evocación. “El narrador-personaje de Trópico de Cáncer es la gran creación de la novela, el éxito supremo de Miller como novelista. Ese ‘Henry’ obsceno y narcisista, despectivo del mundo, solícito sólo con su falo y sus tripas, tiene, ante todo, una verba inconfundible, una rabelesiana vitalidad para transmutar en arte lo vulgar y lo sucio, para espiritualizar con su gran vozarrón poético las funciones fisiológicas, la mezquindad, lo sórdido, para dar una dignidad estética a la grosería”, alega.
5- Auto de Fe, Elias Canetti
“Al mismo tiempo que los demonios de su sociedad y de su época, Canetti se sirvió también de los que lo habitaban sólo a él. Barroco emblema de un mundo a punto de estallar, su novela es asimismo una fantasmagórica creación soberana en la que el artista ha fundido sus fobias y apetitos más íntimos con los sobresaltos y crisis que resquebrajan su mundo”, apunta.
6- El Gran Gatsby, de Francis Scott Fiztgerald
Otra obra que ha sido llevada al cine y que recomienda el peruano. “Toda la novela es un complejo laberinto de muchas puertas y cualquiera de ellas sirve para entrar en su intimidad. La que nos abre esta confesión del autor de El gran Gatsby da a una historia romántica, de esas que hacían llorar”, indica.
7- El Doctor Zhivago, de Boris Pasternak
“…Pero sin esa confusa historia que los manosea, aturde, y, finalmente, despedaza, las vidas de los protagonistas no serían lo que son. Éste es el tema central de la novela, el que reaparece, una y otra vez, como leimotiv, a lo largo de su tumultuosa peripecia: la indefensión del individuo frente a la historia, su fragilidad e impotencia cuando se ve atrapado en el remolino del ‘gran acontecimiento”, sentencia.
8- El GatoPardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa
“Como en Lezama Lima, como en Alejo Carpentier, narradores barrocos que se le parecen porque también ellos construyeron unos mundos lierarios de belleza escultórica, emancipados de la corrosión temporal, en El Gatopardo la varita mágica que ejecuta aquella superchería mediante la cual la ficción adquiere fisonomía propia, un tiempo soberano distinto del cronológico, es el lenguaje”, reflexiona.
9- Opiniones de un payaso, Heinrich Böll
“Opiniones de un payaso, su novela más célebre, es un buen testimonio de esta sensibilidad social escrupulosa hasta la manía. Se trata de una ficción ideológica, o, como decían aún en la época en que apareció (1963), ‘comprometida’. La historia sirve de pretexto a un severísimo enjuiciamiento religioso y moral del catolicismo y de la sociedad burguesa en la Alemania Federal de la posguerra”, finaliza.
Fuente: bolsamania.com

lunes, 4 de abril de 2016

¿Quien le teme a Virginia Woolf






Ilustración: SEQUEIROS
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Ilustración: SEQUEIROS
Eran de muy buenas familias victorianas pero rompieron los corsés de las asfixiantes convenciones y tuvieron plausibles inquietudes sociales, en la órbita de una izquierda moderada y filantrópica. Ella, Virginia Woolf, en concreto, sufrió lo peor de aquella sociedad, en forma de abusos sexuales, y tuvo que luchar contra todo lo que se oponía a que una mujer desplegara su personalidad. Se convirtió en uno de los mejores escritores (mujeres y hombres) del siglo XX y,aunque no fuera feminista de estricta observancia, su trabajo y alguno de sus escritos siguen siendo una bandera para la causa de las mujeres. Tuvo una vida en parte atormentada que acabó en suicidio. Pero también conoció la felicidad con su marido y aquel grupo de encantadores petulantes que formaron el grupo de Bloomsbury. Tuvo perros, además. Un sobrino suyo murió en la guerra de España defendiendo a la República frente al fascismo. De modo que, frente al clásico título teatral, la pregunta más bien es: ¿quién no quiere a Virginia Woolf?

Su vida, complicada, y su literatura, magnífica, inserta en la revolución que se produce en las primeras décadas del siglo, y en la que también están Proust y Joyce, no han dejado de suscitar atención desde entonces. La última muestra, es la monumental biografía (más de 900 páginas) que le dedica la argentina Irene Chikiar Bauer: 'Virginia Woolf, la vida por escrito' (Taurus).

Irene Chikiar ha manejado una bibliografía que se mide por metros para escribir la primera biografía en castellano de Virginia Woolf. Al menos, matiza ella curándose en salud, la primera de esta magnitud y características, y pensada a la vez para un lector común. Desde el comienzo de la introducción, Irene Chikiar define como un desafío el proyecto de descifrar el misterio de la vida de la autora de 'Al faro'. Por eso, en vez de intentar presentar «una hipotética verdadera Virginia Woolf», ha preferido seguir su vida año a año, aprovechando que «es tanta su producción en cartas y diarios que me dio la pauta para hacerlo así; no hay muchos autores que den esa oportunidad para contar su evolución, sus dudas, sus angustias, sus felicidades».

«Pero con todo eso y con su literatura, siempre se va a escapar algo; pero vamos tratando de atrapar a esa Virginia Woolf escurridiza que dice que nunca se puede conocer a nadie en su totalidad», añade la biógrafa. Se escaparán cosas porque ella «es elusiva y también nos retacea [en Argentina, 'escatima'] alguna información en cuestiones como su sexualidad».

O sus episodios de 'llamémoslo-locura'. «Cuando muere la madre, sufre un colapso; con la del padre tiene una crisis muy grande. Sufre otra al poco de casarse. Y al terminar los libros tiene grandes momentos de inseguridad. Esas son crisis relacionadas con sus libros y su repercusión, distintas de las otras, en que escucha voces y tiene alucinaciones», explica Chikiar.

«En lo que no se escapa», añade, «y es de una sutileza implacable, si estas dos palabras pueden ir juntas, es en la captación de lo que son las sensaciones, la sensualidad de las imágenes visuales o auditivas. Su prosa es poesía. No encuentra uno tanta poesía en muchos poetas. Es tan profunda y tan sutil en el análisis de los conflictos de su vida y elabora de forma literaria mucha de su problemática, desde Fin de viaje, en el que habla de las relaciones entre hombres y mujeres y esa imposibilidad de comunicación entre unos y otras».

Por cierto, ¿le gustó el 'Ulises'? Porque hay opiniones opuestas. «Es ambivalente con el 'Ulises', incluso con 'Retrato de un artista adolescente'. Tiene problemas con los contemporáneos, tiene dudas al no poder leerlos con la limpieza y falta de compromiso con que lee a otros autores. Creo que se fascinó con Joyce por un lado y, por otro, hay cosas que no le interesan. Creo que pudo pensar que Joyce escribía con tanta crudeza porque era hombre, además de porque fue editado en Francia. Son tantas cosas las que hacen que lea a Joyce con condicionamientos... A Proust lo lee de otra manera, lo admira».

El santón Harold Bloom, que ensalza a Virginia Woolf («la persona de letras más completa de la Inglaterra de nuestro siglo»), tiene palabras muy duras para algunas estudiosas suyas: "quiero levantarme en armas contra sus seguidoras feministas... Ha sido engullida pordespiadadas puritanas».

«Ésa es la opinión de Bloom», responde la biógrafa de Virginia Woolf. «Pero ella tenía como una profunda encarnación en las cosas de la vida. Hay un punto de vista femenino que a Harold Bloom se le puede escapar. Ella propone que el escritor sea un ser andrógino, con la parte femenina y la masculina, y viene a decir que ella es ese tipo de escritor. Yo, desde luego, no me siento una despiadada puritana. Es cierto que, ya en vida, al leer Virginia Woolf algunas cosas que se escribían sobre ella, no les daba importancia, se burlaba. Ella defiende al lector común frente al académico y su verdad última».

'Last but not least', un elemento admirable de su vida y en la de su hermana Vanessa (y, en menor medida, porque lo tenían más fácil, de los varones de Bloomsbury) es el modo en que rompieron con una sociedad encorsetada. Irene Chikiar recuerda dos fotos de Vanessa, separadas por unos pocos años; en una está vestida recatadamente; en la otra, baila desnuda.

En la primera fase de Bloomsbury (1905-1906) nunca se pronunció la palabra sexo, cuenta Leon Edel en su estupenda biografía colectiva titulada como el grupo. Unos años después, el amplio vocabulario erótico, en sus variantes formal y popular, se acomodó en medio de las conversaciones sobre arte y filosofía, sobre la verdad-bondad-belleza. Las reuniones de aquellos jóvenes, libres de la tutela de los adultos, despertaron recelos. Henry James, amigo del padre de Vanessa y Virginia, fue rotundo: «Deplorable, deplorable»
.Se cumplen hoy 75 años de la muerte de Virginia Woolf, pero su trabajo sigue siendo bandera del feminismo.
EL MUNDO ESPAÑA

sábado, 30 de julio de 2011

Banquete para lectores refinados

 400 años del Diccionario de Covarrubias

Por José Manuel Blecua

Cuatro siglos del Covarrubias, primer diccionario del español El Tesoro de la lengua castellana o española, que Sebastián de Covarrubias publicó hace cuatro siglos, no es solo un manjar para los filólogos. Quien se anime a consultarlo descubrirá mil historias. Carmen Calvo, Ouka Leele y Miguel Gallardo han elegido una palabra de este diccionario y la interpretan en imágenes para Babelia. Por José Manuel Blecua

En el Vocabulario español-latino que Elio Antonio de Nebrija publicó a finales del siglo XV se explica lacónicamente el significado de las palabras españolas, por medio de las latinas a que corresponden. Este proceder, tomado como una virtud, se ha mantenido en nuestros diccionarios actuales, que tratan de exponer, ahora ya en español, el significado y el uso de las palabras de nuestra lengua.
    Un nutrido grupo de palabras o acepciones aparecen en nuestros diccionarios por la autoridad que concedieron al de Covarrubias
    Hay otro tipo de diccionarios que no se conforman con dictaminar qué significan las palabras o en qué situaciones se usan, sino que buscan las razones de su empleo. Es lo que ocurre en los que conocemos como diccionarios etimológicos o históricos. Son precisamente estos los caminos por los que se movió Alonso de Palencia, por la misma época de Nebrija y por los que, unos doscientos años después, volvió a recorrerlos, con más empeño, Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, de cuya publicación se cumple este año el cuarto centenario.
    Para hurgar en el significado de las palabras contaba Covarrubias, primero, con la etimología -ciertamente muy apoyada entonces en la imaginación del lexicógrafo-; después, con algo de lo que se huye en los diccionarios normales: las explicaciones enciclopédicas de la realidad -también en muchos casos pintorescas- y, finalmente, con las relaciones que se establecen entre las palabras de una misma familia. Con todo, la obra tiene una importancia que voy a tratar de resaltar por medio de dos rasgos: es el primero, la incorporación de algunas de sus voces al diccionario académico; y el segundo, la información que proporciona para comprender nuestros textos clásicos.
    Tratándose del diccionario de la Academia, nos encontramos, por ejemplo, con la voz fregadero, definida como el mueble en el que se friegan los platos, significado que se extiende a la propia pila de fregar, hoy prácticamente desaparecida. Esta definición, que tiene alguna relación con la de Covarrubias, reduce considerablemente la realidad más compleja que había acogido el Tesoro, en la que se desciende a lo que se friega, que son "los platos, escudillas, sartenes y los demás vasos de aparador y espetera". Por otro lado, se relacionan en ese mismo artículo otras palabras de la misma familia: ya se trate de la fregona, es decir, "la moza de servicio que anda en la cocina entre las ollas y los platos, a estas llama Lope de Rueda platerillas" o de lo que supone un refregón: "un arrimarse de paso, como el que se arrimó a la pared, pasando de largo, y se enyesó la capa" o de una refriega: "la revuelta y pendencia de unos contra otros". Esas relaciones que se dan entre los miembros de la familia de palabras le llevan a explicar frases como "Muger de buen fregado: la deshonesta que se refriega con todo" o "Refregarse con las mujeres es allegarse mucho a ellas". A las palabras emparentadas se agregan otras de linaje distinto, como es el caso de las platerillas o de los platos, escudillas, aparador o espeto.
    Hay que reconocer que un nutrido grupo de palabras o acepciones aparecen en nuestros diccionarios por la autoridad que concedieron al de Covarrubias, como es el caso de un bobillo, que significa "Jarro vidriado y barrigudo, con un asa como la del puchero", que el diccionario académico tomó de esta obra: voz sobre cuya existencia algún tiempo tuve dudas, hasta que la encontré en inventarios abulenses del siglo XVII; o de brizar 'acunar' que aún se puede oír en territorio leonés; o de la acepción de brújula 'punto de mira', que el diccionario da como desaparecida y que sirve para explicar el camino que ha recorrido el italiano bussola, 'cajita' para convertirse en brújula; o del juego del abejón; o del uso de aburrir con el significado de 'aborrecer'; o de los azacanes, que, curiosamente solían ser "gabachos".
    Sirve admirablemente, en segundo lugar, la obra para comprender mejor el léxico de la literatura del pasado, por más que su consulta no carezca de problemas, al reunirse en un mismo artículo esas familias de palabras a que me he referido antes y al no poder sospechar que vamos a encontrar, por tanto, dentro de una palabra otra que puede interesarnos; aparte de que algunas voces estén situadas fuera de su lugar alfabético. Pero son problemas (que se resuelven además con la consulta en soporte electrónico del diccionario) que no han de afectar a un lector que renuncie al apresuramiento, si en vez de buscar con urgencia un dato, trata de leer el Tesoro con la pasión con que se leen las obras de creación. Asistirá a mil historias -a cual más fabulosa-, se asomará a la literatura latina, se embeberá de refranes, se topará con palabras que han desaparecido, pero que las emplean nuestros clásicos: ahí están esas platerillas citadas, que yo solo conocía de la Picara Justina, en un pasaje en que un personaje se refiere a un joven al que vio "en algunos buenos tiros que hizo a inocentes platerillas".
    No todo en la vida ha de ser pensado a corto plazo y franqueado con sello de urgencia: hemos de reservarnos, también en los diccionarios, placeres que no son los comunes, como estos de bucear en los veneros en que nacen las palabras y en que se da cuenta de su explicación. Es este el ámbito que más ha de interesar al lector del Tesoro de la lengua española: desde luego, cuando se adentra, por ejemplo, por artículos tan desmesurados como los referentes a abeja o buey, pero tan llenos de datos para entender la organización de las cosas que se hacían nuestros antepasados más cultos, de un modo particular los escritores. También en casos como el del cocodrilo, en que parece que estuviéramos ante una página de una pintoresca enciclopedia, donde encontramos de todo: una curiosa e insostenible etimología a partir del latín croco 'azafrán', la explicación de la vida del animal, y finalmente su utilización simbólica. Estos datos pueden resultarnos curiosos, pero sin ellos, difícilmente podríamos entender la idea de las cosas que se hacían las personas para las que escribía Covarrubias, tan pintorescas, pero tan reales como supone pensar que la berenjena produce melancolía o que el bollo maimón sea "pan mezclado con hechizos de bienquerencia". Con todo, he de precaver a los futuros lectores de este benemérito diccionario que han de desentenderse de las sorprendentes etimologías que nos brinda, la mayor parte de las cuales pertenece al mundo de la pura fantasía. Para hacerlo comprender no necesito fijarme en sus étimos hebreos o árabes, basta con recurrir a las romances, como la de abarca "por tener forma de barcas" o cetrería "díjose, de cetro".
    He querido ponderar por medio de dos características la importancia que tiene esta obra cuyo centenario conmemoramos. Querría añadir que su lectura no solo es manjar reservado al gusto de los filólogos, sino un banquete para lectores refinados, como Luisa Alday, personaje de la última novela de Javier Marías, Los enamoramientos, que acude a ese "voluminoso libro verde" que es el diccionario de Covarrubias, para introducir a la envidia en el relato, en tanto que, según el lexicógrafo, se trata del veneno que "suele engendrarse en los pechos de los que nos son más amigos, y nosotros los tenemos por tales fiándonos dellos".
    Para este monumento de la lexicografía tenemos además la ventura de contar con buenas ediciones, no solo accesibles, sino que merecen un elogio desde el punto de vista filológico y técnico: me refiero a la de Martín de Riquer, que durante tanto tiempo fue la usual entre filólogos, y la más reciente de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, que puede considerarse como la edición definitiva y que cuenta además con un CD que facilita notablemente el acceso a la obra.
    Tesoro de la lengua castellana o española según la impresión de 1611, con las adiciones del Padre Benito Remigio Noydens, publicada en Madrid, 1674. Sebastián de Covarrubias. Edición de Martín de Riquer. Barcelona: SA. Horta, 1943. Alta Fulla Editorial. Barcelona, 2003 (reproducción de la edición de M. de Riquer). 1.120 páginas. 60 euros. Tesoro de la lengua castellana o española. Sebastián de Covarrubias Horozco. Edición integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra (reimpresión de la edición de 2006). Iberoamericana. Madrid / Fráncfort, 2009. 1.639 páginas + CD. 120 euros. José Manuel Blecua (Zaragoza, 1939) es director de la Real Academia Española.

    miércoles, 26 de enero de 2011

    Un extraño vínculo

    Eduardo Gautreau de Windt*.**

    Don Arsenio era casi adicto al té que le preparaba la señora del servicio. Era de manzanilla y flor de tilo; delicioso, quizás por el amor que Carmen ponía en hacerlo.
    -Las compré ayer en el mercado y están bien frescas y el olor es divino...
    -casi orgásmico- replicaba él- mirándola con malicia, redomada, igual como la miraba desde hace más de 10 años.
    -Bue... bueno, así como usted dice, Señor- ruborizada, respondía ella. Y ruborizada se marchaba, solo pensando en él. Al igual que como hacía, desde hace más de una década, cuando se acariciaba íntimamente pensando en él.
    Era virgen aún; un caso raro. Se podía decir que era ya casi jamona, como antaño se le llamaba a las solteronas de antes, que ni se casaban, ni tenía nunca un marido y jamás, jamás se habían entregado al placer, en los brazos de un hombre. Pero ella, repito, era un caso raro, pues aún cuando satisfacía su desfogue pasional con Laura, su ayudante de cocina, ´pensaba en él... en Don Arsenio, su patrón.
    En las noches de luna, tenía la costumbre de bañarse es la pileta del fondo del patio, desnuda como la noche. Y esto ambos lo sabían: el patrón y Laura, por separado. Y ambos, ocultos, la observaban, masturbándose. Lo peor del caso era que ella, sabía lo de ambos y se esmeraba en mostrarse, sensual bajo la luna.
    -Mañana, hay luna llena, ojalá, que no se nuble el cielo, pues está por llover.-Anunciaba con fingida inocencia y dejadez, al asear la gran sala conjuntamente con Laura, mientras Don Arsenio, leía y releía el periódico local, ya a media mañana.
    Era otoño, la enorme secoya del medio del jardín había derramado sus hojas, como un sacrificio ineludible, y sus ramas desnudas, apuntaban al cielo en interrogación muda y respetuosa. El viento era mucho más fresco y la luz, inclinada hacia el sur y el oeste, le daba un toque mágico al ambiente de aquella casa elegante y señorial de los Mendoza.
    Aquella mansión la había heredado don Arsenio de sus abuelos, con quien se crió, pues sus padres habían muerto muy temprano en sus vidas, en un viaje de avión, trágico para la patria entera.
    Nadie se explicaba por qué el rico heredero de toda esa fortuna no se había atado a nadie y se comentaba, que cuando estudiaba en Francia, una mujer apasionada y misteriosa le había robado el corazón, luego de un largo y desgarrante "affaire" marcado por locas secciones de amor, en las que no faltaban intensas muestras de pasión extrema.
    Margarite, era pintora y escultora; bohemia y alocada. Acostumbrada al amor libre, al sexo fuerte y a pasearse desnuda por su enorme piso en el París antiguo, con frente hacia el gran Louvre, desde donde era dueña de una envidiable vista de casi toda la cité de la lumiere.

    "Tú eres mi mayor fuente de inspiración". "Tú jamás podrás olvidarme, mon Cheri". "Arsenio, tú jamás tendrás otro mujer en tu vida". Esas frases, pronunciadas con su fuerte acento francés, en un poco cuidado castellano y con una desfachatez y desparpajo sin parangón, no le restaban peso de sentencia, por el misterio con que ella rastrillaba cada palabra, mirándole a los ojos y acariciándole el rostro, para finalizar besándolo desquiciadamente. Y a seguidas se desataba la pasión entre los dos. Una pasión desenfrenada y loca. Enfermiza tal vez; digno fruto de un amor turbulento de esos que destruyen a los propios amantes.
    Arsenio Mendoza finalizó sus estudios en París, en el verano de 69, pero no partió a su país, como debía de hacer y pernoctó, pululando en aquella encantadora ciudad, atado y sin juicio, a los desenfrenos de su estrambótica amante. Casi un año ya había pasado, cuando en un arrebato de arriesgada cabriola, bajo los vaporizos del exquisito vino, cayó desde la barandilla del balcón, desnuda, al seco pavimento de la noche, intentando concitar a todos los que pasaban a que hicieran el amor y no la guerra.
    "París y toda la Francia, han sufrido demasiado por las guerras, no es justo, y hay una fácil solución: Marselleses, hagamos el amor y no la guerra, seamos ejemplo para el mundo entero" fueron sus últimas palabras, al perder el equilibrio hasta chocar en la dura acera, fría y seca. La policía lo tildó de suicidio, pero Arsenio, que sabía de su amor a la vida, infructuosamente intentó que la prensa reseñara su versión real. Esto empeoró su desdicha y, desecho, partió sin rumbo por el resto de Europa, hasta que ya sin medios económicos, tuvo que regresar al viejo Gazcue de su señorial infancia, que lo acogería de nuevo como una amante madre, sin preguntarle nada y solo consolarle.


    Carmen mantenía muy cortas y cuidadas su uñas de ambas manos. En cambio Laura, solo tenía la del índice izquierdo levemente más corta. Eso era un motivo de reclamo constante.
    -Caramba, me rompí un uña.- alzó la voz con gran disgusto la joven ayudante.
    -Si las tuvieras como yo no te pasaría. –Ripostó Carmen- Ya te he dicho que no es apropiado y es hasta antihigiénico que quien cocine tenga uñas largas. ¡Córtatelas todas de una vez! –Dijo con leve enojo.
    En ese instante entró don Arsenio a la cocina. Ambas abandonaron la discusión y solícitas abordaron al patrón.
    -Voy a llegar tarde hoy. Tengo una cena de negocios.
    -¿Le guardo su té en la mesita de noche, como siempre?- Dijo Carmen, con dulzura y respeto.
    -Sí, sí. Ponlo allá. –Dijo, ajustándose los lentes.- y con un leve ademán se despidió, como acostumbraba.
    Carmen pensó que sería una luna llena desperdiciada, sin imaginarse lo que sucedería esa precisa noche.
    Terminaron las labores de la casa temprano, pues no hubo que hacer cena. Se las arreglaron bien calentando restos de comidas guardadas en la nevera. Luego se sentaron en su habitación a ver una telenovela que rara vez veían pues se pasaba en horas que usualmente ellas estaban trabajando. En silencio, a penas murmuraban algo sobre lo que sucedía. De repente Laura se levantó y salió a la cocina, abrió cuidadosamente la puerta que daba al patio y se abocó a la noche, que esplendida, esperaba por Carmen, para que se refrescara. Si titubeos fue a la pileta, se soltó el largo pelo y se desnudó, dejando correr el agua cantarina por su joven y suave piel color de plata, al adquirir el tenue matiz lunar, acariciándose con una esponja empapada de un jabón líquido perfumado que le había regalado su novio días atrás.
    Carmen al escuchar entre el susurro de la noche el invitante canto del conocido chorro de la pileta, se sorprendió y con emoción acudió resuelta. Era la primera vez, que Laura se atrevía a bañarse y era, también, la vez primera que tomara la iniciativa en el juego de pasión prohibida. Se detuvo unos instante y contempló la silueta brillante de la joven, parecía una escultura griega bañada por la luna en pos de los deseos. Suspiró profundo y continúo su avance hacia la búsqueda de aquel placer. Si emitir palabra alguna se entrelazaron en un fundido abrazo sellando sus cuerpos y sus bocas bajo la fina película del agua luminosa que emanaba del astro y de la noche. Solo gemidos y vagidos lanzaban hacia las estrellas, como comprobación de las repetidas culminaciones de placer y sentir que ambas se regalaban bajos las caricias de la honda y prodigiosa noche.
    Y así, casi al borde de la desesperación, con un fino temblor en ambas piernas, olvidaron sus nombres, olvidaron la hora, se olvidaron de todo.

    Don Arsenio, apresuró su vuelta, consciente que era noche de luna y de contemplación. Noche para el placer distante y prohibitivo. Por la ocasión y la emoción acumulada, había bebido unas copas de más. Estaba alegre, algo nervioso, pero alegre al fin. Llegó apresurado y callado y sin prender la luz de su recamara, se acercó a la ventana acostumbrada para disfrutar de su escena mensual. Era el momento más sublime de todo el mes. Su “máximo secreto”, pues creía que ella no se sabía contemplada. ¡Cuál fue su enorme sorpresa! Se restregó los ojos sin creer lo que estaba viendo.
    -¡Mon Diu! ¡No puede ser!- Se le agitó al máximo su lento corazón, desacostumbrado ya a esos golpes de pasión sin límites. Y recordó de pronto a su Margarite. Su “París” revivió de lleno. Sintiendo una erección inusitada, casi se mata en el primer orgasmo. Bestialmente se masturbó, igual que un “desgraciado”. Para comprobar rápidamente que eyaculó estrepitosamente, manteniendo su enorme rectitud. Si pensarlo dos veces decidió aventurarse a la unión intempestuosa con esas diosas del sexo que le habían devuelto, sin saberlo, a la vida.

    Don Arsenio murió varios años después. Luego de haber vivido, en Gazcue como en París, una pasión resuelta y desquiciante. Una vida plena de vivencias incomprensibles para casi todos los que le conocieron. En sus últimos años gozó de una alegría incomparable y una vitalidad inusitada. Y al morir, después de haber escrito sus memorias, nadie se explica el por qué de su inmensa bondad con las dos mucamas que lo cuidaron celosamente hasta su muerte, plenamente dedicadas a él.
    -¡Qué suerte, tener un patrón tan agradecido!
    -Sí, pero le fueron empleadas fieles. Hoy no se encuentran así.
    -Son muy buenas mujeres, de verdad. Mira como le lloran.
    Desde el sepelio, la renovada felicidad de la mansión de los Mendoza se mantiene, ahora en manos de sus nuevas dueñas.

    * Médico, Poeta y Escritor.
    eduardogautreau@hotmail.com
    ** El erotismo es una forma, también de literatura, en la que hay que decir las cosas con elegancia para que no sean vulgares. Pero el erotismo es humano y nada que sea humano escapa a la literatura.
    Eduardo Gautreau de Windt

    Nota:El autor es um médico dominicano, excelente poeta, escritor y cirujano de tórax.
    Hizo su postgrado en el Hospital Simón Bolívar, del Complejo Hospitalario José Ignacio Baldo, El Algodonal. Caracas Venezuela. Es un hijo putativo de nuestro país.

    domingo, 7 de marzo de 2010

    Libertad, fuente de la nobleza del hombre (o cuando la libertad es rodeada por moscas)

    Alberto Rodríguez Barrera
    Y en “Las Moscas” la pregunta es: ¿Cuán lejos está afirmando Sartre el derecho a la venganza y el derecho a lo que es, después de todo, un carácter medieval, el carácter, cuando más, de El Cid, el carácter que Hamlet tanto duda en seguir?

    Las leyes de los “corazones rojos” deben ser rigurosas e infalibles para dominar a la gente, pero creen tanto en la libertad humana como los científicos creen en un milagro: nada. El interés propio guía su ética utilitaria, y promueven tácticas psicológicas determinadas sólo para una audiencia determinada. Entre ellos no hay cabida para la extraña opacidad del mundo, sino una disolvencia hacia impresiones lamentablemente subjetivas que puedan ser fácilmente digeribles.

    La apelación a una libertad de catarsis, de acuerdo con Jean Paul Sartre, es igual a la que los críticos marxistas de la burguesía sostenían en sí mismos en cuanto al determinismo. Controlar al mundo tenía una manera: entender la naturaleza determinista. Sartre –como escritor y filósofo- fue un teórico excepcional de la izquierda que rechazó el determinismo como filosofía burguesa. La posición de Sartre estaba dirigida en contra de cualquier teoría que negara la libertad humana; creía que era una condición necesaria de algunas formas del arte, y con certeza de la literatura creativa. En su obra, la libertad es una carga para la humanidad que requiere de coraje, heroísmo; tal como puede verse en Les Mouches, una de sus mejores obras literarias, concentrada, de ideas originales, dialéctica, ambigua e intrincada.

    “Las Moscas”, la menos popular de sus obras de teatro, es una versión reorientada del antiguo mito griego (también tratado por los dramaturgos franceses Giraudeux, Anouilh y Gide): la leyenda de Orestes en Argos, adónde él regresa para encontrar la ciudad –donde su padre fue Rey- plagada de moscas, y la gente aplastada por la culpa. A Orestes tratan de alejarlo, pero él quiere quedarse porque siente que es su ciudad, y que debe hacer algo, no importa qué, para sentir que pertenece a ella. Egisto gobierna la ciudad después de haber asesinado al padre de Orestes, su propio hermano Agamenón, y de casarse con Clitemnestra, viuda de Agamenón y madre de Orestes. La culpa, el remordimiento y la consciencia del pecado une al trono con el pueblo. Sólo hay una hereje, Electra, hija de Clitemnestra y hermana de Orestes, que es mantenida en esclavitud por su madre y su padrastro. Electra trata de alertar al pueblo en cuanto a que su religión de mortificación y arrepentimiento es falsa, que los Dioses quieren que sean felices.

    Júpiter, alarmado por esta irrupción sediciosa, derriba una columna del templo y pone al pueblo en contra de Electra; Orestes le promete a Electra que su sueño de que él regresara para vengar el asesinato de su padre se hará realidad. Entonces Júpiter le advierte a Egisto que Orestes quiere matarlo. Egisto le pregunta a Júpiter que por qué él, como Dios, no lo impide; y Júpiter le revela un secreto: debido a que los hombres tienen libertad, ni un Dios puede hacer nada. Orestes mata a Egisto y luego a su madre; Electra se impresiona, y Júpiter la convence para que se arrepienta. Orestes mantiene la autonomía de su ser contra la pretensión de Júpiter de que el universo pertenece a los Dioses. Aceptando su responsabilidad por lo que ha hecho, Orestes no acepta culpa y no cree haber hecho ningún mal, y abandona la ciudad con la frente en alto.

    La escena crucial de la obra es entre Orestes y Júpiter en el último acto. Júpiter ha reducido a Electra a lágrimas y remordimiento, y le ofrece a Orestes el trono de Argos si se arrepiente. Orestes lo rechaza, Júpiter lo acusa de ser “el más cobarde de los asesinos”, y Orestes responde: “El más cobarde de los asesinos es el que siente remordimiento”. Con voz grandilocuente, Júpiter le recuerda a Orestes que el universo todo se mueve de acuerdo a la ley de los Dioses, y le ruega para que obedezca. Orestes responde: “Tú eres el Rey de los Dioses, Júpiter, el Rey de las Piedras y de las Estrella, el Rey de los Mares. Pero no eres el Rey de los Hombres”. Orestes reconoce que Júpiter lo ha creado como un hombre libre, y que como tal, el hombre dejó de pertenecer a los Dioses. “Yo soy mi libertad”, dice Orestes.

    A consciencia de que debe encontrar su propio camino en la vida, como todo hombre, Orestes dice: “Tú eres un Dios y yo soy libre. Estamos igualmente solos, y nuestra angustia es la misma”. Júpiter le recuerda del sufrimiento que vendrá con tal descubrimiento, pero Orestes responde orgullosamente: “Los hombres son libres, y la vida humana comienza al otro lado de la desesperación”.

    Ahora bien, independientemente del contexto específico de la obra, Sartre en “Las Moscas” afirma cosas importantes que no siempre son vistas como verdaderas. Los principios morales no son expuestos por Dios, y no deben ser discernidos en algún misterioso reino del valor. Los hombres encuentran y crean sus propios valores morales para sí mismos. Los códigos morales están basados en decisiones hechas por el hombre, no por intuiciones metafísicas.

    Además, Sartre tiene toda la razón en la importancia que le otorga a la libertad humana. Los hombres tienen libertad para decir que no son juguetes de los Dioses, o de cualquier otro poder fuera de ellos mismos. Son absolutamente libres, independientes, desconectados, aislados, “por su propia cuenta”. El futuro está enteramente abierto. Si hubiera un Dios que lo ordenara todo, o hasta un Dios que lo conociera todo, el futuro tendría que ser como Dios lo ha previsto. Así es que la no existencia de una deidad omnisciente omnipotente es una condición lógicamente necesaria para la total libertad del hombre.

    La moral central de “Las Moscas” está en uno de los ensayos de Sartre, donde escribe: “La libertad humana es una maldición; pero esa maldición es la única fuente de la nobleza del hombre”. Y en “Las Moscas” la pregunta es: ¿Cuán lejos está afirmando Sartre el derecho a la venganza y el derecho a lo que es, después de todo, un carácter medieval, el carácter, cuando más, de El Cid, el carácter que Hamlet tanto duda en seguir?