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miércoles, 18 de mayo de 2016

La violencia protagoniza la narrativa nacional

La violencia protagoniza la narrativa nacional

Mientras que la narrativa actual venezolana se caracteriza por una crítica a lo que significa ser venezolano, especialistas estiman que la del futuro hablará sobre las colas, “el bachaqueo”, los pranes y las deterioradas condiciones de vida
Por: Jacobo Villalobos – @JacoboV95
Familias que se acaban, separaciones en Maiquetía, asesinatos, policías corruptos, conflictos políticos, violencia doméstica, violaciones, incesto y pedofilia… Esos son algunos de los temas que, teniendo al presente venezolano como fondo, aparecen retratados en una vasta cantidad de relatos literarios nacionales del momento, los cuales son reflejo de la situación actual del país.
Autores como Héctor Torres, Sonia Chocrón, Miguel Gomes, Rodrigo Blanco Calderón, Hensli Rahn Solórzano, Miguel Hidalgo Prince, Raymond Nedeljkovic, entre otros, forman parte de un grupo cada vez más numeroso de escritores que han abordado la crisis nacional. En su literatura, como en la de varios otros, la violencia permea las historias y aparece como un personaje más, lo cual se corresponde a un país cuya capital, Caracas, es la más violenta del mundo, según el informe anual del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP).
Además de la enorme tasa de homicidios (27.875 muertes violentas para finales del 2015, según estimó el Observatorio Venezolano de Violencia), la crisis venezolana se caracteriza por presentar la inflación más elevada del mundo (141,5% en el 2015, según cifras oficiales emitidas por el Banco Central de Venezuela), escasez de productos alimenticios (41,37% de los 58 productos básicos, según el informe de febrero del CENDAS), una Canasta Básica Familiar que para febrero de este año requería de 18,3 salarios mínimos para su satisfacción, según el mismo informe. También se suman noticias de líderes políticos que han sido acusados de narcotráfico y negocios turbios o fraudulentos, como es el caso de la aparición de varios de éstos en los llamados “Papeles de Panamá”, una investigación periodística global que puso al descubierto el desvío de fondos y evasión fiscal en paraísos fiscales por parte de políticos, personalidades y figuras públicas de diversos países.
La relación entre esta trama nacional y la literatura venezolana contemporánea ha sido analizada por veteranos en la materia, escritores, críticos literarios, profesores universitarios y periodistas, para quienes la crisis nacional “sin duda” es un elemento que compone la narrativa nacional del momento.
El contexto
En una panadería de Caracas, Carlos Sandoval toma un café cuyo precio da cuenta de la compleja situación económica nacional al tiempo que reflexiona sobre la relación que hay entre el contexto de un país y la narrativa que genera. “La narrativa es producto de un momento social, es un modo inconsciente de plasmar una situación”, dice.
Entre las obras recientes de Sandoval se cuenta la antología De qué va el cuento, compuesta por 40 relatos venezolanos y publicada bajo el sello Alfaguara en el 2013. Los cuentos que integran el libro fueron producidos entre los años 2000 y 2012, por lo que el entorno político marca desde la forma que toman esos relatos hasta sus temáticas.
El crítico explica que esto se debe a que las representaciones de las coyunturas que aparecen en la literatura obedecen a los estados íntimos del escritor: “A veces el narrador aborda el contexto conscientemente, otras veces no. Otras veces el contexto está tan dentro de ti que se refleja en la literatura sin buscarlo”, puntualiza.
Sin saberlo, un día antes, el escritor y cronista Héctor Torres manifestó su concordancia con el crítico literario. Sentado a la sombra en la Plaza Los Palos Grandes, al ser preguntado sobre si existía una relación entre lo escrito y las situaciones que vivía el escritor en su país, Torres respondió sin pausa que “sí, inevitablemente, de una u otra forma el entorno nacional, político, está presente”.
“Los textos narrativos son una autobiografía, una forma de ver el mundo circundante”, puntualizó el cronista. “La literatura se siente en todo y Venezuela no puede escapar a eso”, afirmó
Los dos últimos libros de Torres muestran bien a lo que el autor se refiere con “autobiografías”. Tanto en Caracas muerde (2012) como en Objetos no declarados (2014), ambos publicados bajo el sello editorial Punto Cero, se muestran historias que con humor o crueldad ilustran las situaciones por las que atraviesan los venezolanos, tanto en la intimidad como en la sociedad, según la mirada del escritor. En ese sentido, la autobiografía viene dada por dar cuenta del momento en que el autor vive y aquello que le afecta.
En Venezuela, esta forma de comprender la narrativa tiene una larga tradición: el fuerte apego al contexto es arrastrado desde el siglo XVIII y se evidencia en el siglo siguiente con una narrativa que es reflejo de la política nacional, lo cual se mantiene hasta hoy en día, cuando la crisis toma partido en las narraciones literarias, explica el profesor Sandoval.
Esta afirmación, para Héctor Torres no es del todo negativa. Para él, la situación convulsa del país es “forzosamente” una fuente de inspiración para la narrativa. “Una sociedad feliz es una sociedad con pocos artistas. Hay una relación entre el dolor y la creatividad: el dolor produce calidad; y la inconformidad, arte”.
“Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no hay necesidad de comunicar, en los tiempos más oscuros hay más temas, más hondura, más atmosfera. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”, explica Torres.
Retratos de la crisis
Para los entrevistados, el elemento de la crisis nacional que más se repite y que más presencia tiene en la narrativa contemporánea es la violencia. Según Héctor Torres, quien además es coordinador del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana, los textos ganadores de los últimos años han rebosado de violencia.
Pero el rasgo violento en la narrativa venezolana no es algo nuevo. Tras la caída de Pérez Jiménez en el año 58, la Revolución Cubana y la irrupción de la guerrilla venezolana en la década de los 60 del siglo XX, la literatura nacional se escribe con un fuerte contenido político, de militancia y agresión. Ejemplo de la violencia narrativa de aquella época es la novela Se llamaba SN, escrita en 1964 por José Vicente Abreu, que narra las crueles torturas por las que atravesó el escritor tras ser detenido por la Seguridad Nacional (SN).
Otros autores que cristalizaron en sus obras la agresividad del momento fueron Carlos Noguera, con Historias de la Calle Lincoln (1971), Adriano González León, con País portátil (1968), Premio Biblioteca Breve Seix Barral el mismo año de su publicación y la única novela venezolana en entrar en el llamado “Boom latinoamericano”.
Al respecto, también destacan autores como José Balza, Luis Britto García y Francisco Massiani. Así como Salvador Garmendia, aunque su obra se dirigió hacia la exploración interior de los personajes sumidos en ese entorno.
Aun así, la violencia que se experimenta en la narrativa contemporánea es radicalmente diferente a las pasadas, explica Carlos Sandoval, para quien actualmente la violencia es absoluta: desde la forma de ser y de interactuar de los personajes, las situaciones por las que atraviesan y las decisiones que toman, hasta la propia forma de escribir los relatos. “El lenguaje es violento, hay ruptura de la sintaxis, el ritmo es violento. El contexto criminal y violento aparece como cultura”, dice el profesor.
A eso es a lo que apunta Miguel Hidalgo Prince, autor de Todas las batallas perdidas (2012), cuando dice que  la violencia que aparece en la narrativa es “la fisura de todos nosotros, la violencia que nos toca de primera mano, que permea la interacción social, no solo mediante armas”.
Esto se vuelve particularmente evidente cuando se leen los relatos de Raymond Nedeljkovic, Martha Durán, Norberto José Olivares o Luis Freites, entre varios otros narradores contemporáneos cuyos personajes actúan mediante la agresión, por acción u omisión, o son víctimas de una agresión.
Ejemplo de esto es el texto 24 (2010), en el que Luis Laya, escritor y periodista, explora las circunstancias del barrio 24 de Julio desde la perspectiva de varios personajes que se mueven en situaciones convulsas y mantienen una actitud irónica ante el caos urbano.
“La violencia es el telón de fondo, pero es un personaje principal también, que no se ve pero que está presente en todo”, dice Miguel Hidalgo.
Pero aunque este es el principal elemento que la narrativa nacional del momento toma de la crisis actual, hay otro tema que le sigue de cerca: la revisión de la venezolanidad.
Los entrevistados coinciden en que la narrativa contemporánea es reflexiva y busca responder a la pregunta de “¿cómo llegamos a este punto?” y en ella se pone en cuestión lo que significa ser venezolano.
Este es el caso de la protagonista de Blue Label / Etiqueta Azul, novela de Eduardo Sánchez Rugeles que trata la diáspora nacional, quien se pregunta sobre su condición de ser venezolana y no sabe si está conforme con su nacionalidad. Otro ejemplo es la obra de Norberto José Olivares, que revisa la identidad nacional y la satiriza.
“Hay desencuentro con el mismo venezolano, es decir: no sabemos muy bien cómo llegamos a acá y eso no nos deja de sorprender. Hay una búsqueda de la identidad”, asegura Hidalgo.
“Las épocas de crisis llevan al autor a reflexionar y a dar cuenta de la crisis misma”, comenta Carlos Sandoval.
Aun así, para Mario Morenza, profesor universitario y escritor, la narrativa de la crisis aún no ha sido escrita.
Morenza no desconoce la presencia de los problemas sociales en la literatura contemporánea, pero cree que será en un futuro cuando realmente se evidencie en los textos narrativos. “Quizá más adelante veremos las narraciones de las colas, de los pranes, de la escasez, esa será la narrativa del futuro”, puntualiza.
El escritor asegura que cuando llegue esa literatura se tratará de un espacio en el que anidará la nostalgia: se abordarán temas como el exilio, la separación y el desamor.
“La narrativa cuenta la historia del alma de una nación”, explica Morenza.
Literatura no militante ni moralizante
“Actualmente se puede hablar de una narrativa afecta a la Revolución Bolivariana y otra que está en contra de esta y que gran parte ha salido mediante editoriales privadas”, señala el crítico literario Carlos Sandoval haciendo referencia a los enfoques que toma la literatura en el actual contexto venezolano.
Narradores como Alberto Barrera Tyszka, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Teresa Torres, Slavko Zupcic, entre otros, quienes en 2002 firmaron una carta en contra de la administración de Hugo Chávez, han manifestado su rechazo al sistema de gobierno actual; mientras que otros escritores, como William Osuna, Francisco Sesto, Luis Britto García y Luis Laya, se han decantado por lo contrario: por el apoyo a la Revolución Bolivariana.
Para Luis Laya, escritor y periodista, estas manifestaciones no son despreciables. El escritor aprueba que en su vida pública los artistas de este tipo tomen partido político, ya que “pueden hacer valer un conjunto de opiniones que ayuden a desentramar” un ambiente nacional determinado.
No así en cuanto a los productos literarios que hacen. Laya puntualiza que aunque la posición política del escritor se puede ver leyendo su obra con atención, asegura que “cualquier tipo de proselitismo en una pieza narrativa es un desecho”, al menos que se confronte con otras opiniones.
Este es el pensamiento de todos los entrevistados: “Ya sabemos que nada bueno sale de una literatura que busque apoyar a un gobierno”, dice Héctor Torres
Por ello es que los autores coinciden en que la literatura contemporánea venezolana no busca adoctrinar o cambiar la mentalidad y realidad de un país, sino que aspira a dar cuenta de un momento histórico, proporcionar explicaciones y exponer las razones profundas de ese momento.
Esa es la conclusión a la que llegan los entrevistados sobre el abordaje último que los escritores hacen de la crisis nacional por la que atraviesa el país.
Al respecto, Mario Morenza aclara que la narrativa “por cualquier razón se aleja de lo moralizante y la denuncia para mostrar los conflictos, con el fin de dar sentido a ese cúmulo de experiencias”.
“Uno no puede aleccionar a nadie, pero cuando crees que hay algo abominable lo reflejas”, concluye Laya, quien con cada opinión parece manifestar que el escritor, sumergido en la crisis y obligado a observarla con detenimiento, tiene la posición privilegiada de hablar sobre ella a todo el público.
¿Un contexto diferente nos daría una narrativa diferente?
Luis Laya: “No soy amigo de esas especulaciones. En un contexto más tranquilo se vería la crisis como una historia y se vería con otros ojos”.
Mario Morenza: “Seguramente. La narrativa cuenta la historia del alma de una nación. A lo mejor si fuese un país pacífico no hubiera narrativa de este tipo, no se estuviese generando si hubiese un imaginario distinto. Habría otro tipo de historia”.
Miguel Hidalgo Prince: “Supongo que sí. Ahora te quedas solo, se va la gente, tu familia, amigos, y eso crea un espacio diferente para la reflexión”.
Carlos Sandoval: “No sabemos, esto es lo que hay”.
Héctor Torres: “Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no había necesidad de comunicar, de llegar a los lectores. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”.
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