Jean Maninat
El ruido del tiempo
El ruido del tiempo (Anagrama) es la más
reciente novela del escritor británico Julian Barnes, ganador, entre
otros premios, del prestigioso Booker Prize. La obra retoma uno de los
temas que más mortificaron a los creadores del siglo XX: la relación de
los intelectuales con el poder y muy especialmente con el totalitarismo
soviético y sus diferentes satélites. La colisión entre arte y poder,
como afirma el autor.
En América Latina hubo un cisma notorio a raíz del
desencanto progresivo con la revolución cubana de muchos intelectuales
de izquierda, sobre todo escritores, mas no exclusivamente, que no
tuvieron el estómago para seguir justificando la deriva totalitaria y la
consecuente persecución del mundo cultural en la isla. Es de infame
recuerdo la sentencia lanzada por Fidel Castro ante una reunión de
artistas y escritores: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de
los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la
revolución todo; contra la revolución nada”. Ese fue el epitafio grabado
sobre la tumba de la vida cultural revolucionaria. (Tengo miedo,
cuentan que dijo el poeta cubano Virgilio Piñera al salir de la
reunión).
La tragicómica trama de la historia que nos relata Barnes
se teje alrededor de la relación del célebre compositor Dmitri
Dmítrievich Shostakóvich con el poder en la Unión Soviética. Dmitri
Dmítrievich fue el más importante compositor “oficial” del régimen
comunista. Su genialidad lo condenó a sufrir el terror cotidiano de
vivir en el paraíso proletario creado por Lenin y Stalin, y tantos otros
que, como Trotsky, serían devorados por la quimera que ayudaron a
crear. Sería precisamente Stalin, el Padre de la Patria, como gustaba
ser llamado, quien seguiría personalmente la carrera del músico que a
los 19 años ya había compuesto su Primera Sinfonía y obtenido
reconocimiento internacional. El “padrecito” se encargaría de respirarle
en la nuca, de hacerle sentir el terror que significaba que él, el
líder máximo de la revolución, se dignase a identificar a alguien,
aislarlo con su mirada de la masa amorfa de ciudadanos, saberse de
memoria su nombre, tener a la mano su número de teléfono y la dirección
de su casa.
Shostakóvich subió y bajó en el yoyo de la predilección
oficial, cuando bajar podía significar ser enviado a un Gulag o
simplemente ajusticiado con un tiro en la cabeza. Por mucho tiempo
pernoctó diariamente vestido y con una maleta preparada con lo mínimo en
el pasillo de su piso, al lado del ascensor, para que cuando viniera a
buscarlo la policía política no perturbara a su familia. De día componía
lo que podía, partituras por encargo para películas, música patriotera,
y sus grandes obras destinadas a dormir en un cajón de su escritorio.
En la noche temblaba de miedo.
Cuando gozaba de cierta fama, tras una presentación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk en1936, un editorial de Pravda bajo el título de Caos en lugar de música denunció
su estilo como esnobismo alejado del sentir popular, y su vida se
desplomó cultural y financieramente. Pero sería Stalin quien lo
recuperaría, le restituiría su condición y privilegios y le envenenaría
el alma y la vida para siempre. Se le iría la existencia en un juego de
gato y ratón con el Estado, tratando de salvar su independencia
artística mientras se sometía a todo tipo de caprichos y humillaciones,
desde denunciar a Stravinsky y a Solzhenitsyn hasta inscribirse a
regañadientes en el Partido Comunista de la Unión Soviética. El Estado,
el Big Brother del que nos habló Orwell, lo mimó y lo utilizó como una
mascota, lo sometió a un escrutinio feroz, lo obligó a quebrantar la
calidad de su música en ocasiones, pero no logró abatirle el genio que
salvó gran parte de su obra para nuestro gozo.
Del enfrentamiento cruel y desigual entre el individuo y
el Estado totalitario… queda el ruido del
tiempo.
@jeanmaninat
Libertad!
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viernes, 24 de junio de 2016
viernes, 17 de junio de 2016
Visión de Vargas LLosa : El Perú a salvo
El Perú a salvo
El país sudamericano ha estado a punto de caer en las mismas manos que han protagonizado una de las páginas más negras de su historia
La ajustada victoria de Pedro Pablo Kuczynski en las elecciones
presidenciales del 5 de junio ha salvado al Perú de una catástrofe: el
retorno al poder de la mafia fujimorista que, en los años de la
dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, robó, torturó y
asesinó con una ferocidad sin precedentes y, probablemente, la
instalación del primer narcoEstado en América Latina.
La victoria de Keiko Fujimori parecía irremediable hace unas pocas semanas, cuando se descubrió que el secretario general y millonario financista de su campaña y su partido, Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, estaba siendo investigado por la DEA por lavado de activos; se recordó entonces que la policía había descubierto un alijo de unos cien kilos de cocaína en un depósito de una empresa de Kenji, hermano de Keiko y con pretensiones a sucederla. El fujimorismo, asustado, intentó una operación sucia; el dirigente de Fuerza Popular y candidato a una vicepresidencia, José Chlimper, filtró a un canal de televisión cercano al fujimorismo una grabación manipulada para desinflar el escándalo; el ser descubierto, lo multiplicó. Muchos presuntos votantes de Keiko, que ingenuamente se habían tragado su propaganda de que sacando el Ejército a las calles a combatir a los delincuentes y restableciendo la pena de muerte habría seguridad en el Perú, cambiaron su voto.
Pero, el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable —algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú—, salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas.
El nuevo Gobierno no va a tener la vida fácil con un Parlamento en el que el fujimorismo controla la mayoría de los escaños; pero Kuczynski es un hombre flexible y un buen negociador, capaz de encontrar aliados entre los adversarios para las buenas leyes y reformas de que consta su programa de gobierno. Hay que señalar, por otra parte, que, al igual que Mauricio Macri en Argentina, cuenta con un equipo de colaboradores de primer nivel, en el que figuran técnicos y profesionales destacados que hasta ahora se habían resistido a hacer política y que lo han hecho sólo para impedir que el Perú se hundiera una vez más en el despotismo político y la ruina económica. De otro lado, es seguro que su prestigio internacional en el mundo financiero seguirá atrayendo las inversiones que, desde hace dieciséis años, han venido apuntalando la economía peruana, la que, recordemos, es una de las que ha crecido más rápido en toda la región.
¿Qué ocurrirá ahora con el fujimorismo? ¿Seguirá subsistiendo como
siniestro emblema de la tradición incivil de las dictaduras terroristas y
cleptómanas que ensombrece el pasado peruano? Mi esperanza es que esta
nueva derrota inicie el mismo proceso de descomposición en el que fueron
desapareciendo todas las coletas políticas que han dejado las
dictaduras: el sanchecerrismo, el odriísmo, el velasquismo. Todas ellas
fueron artificiales supervivencias de los regímenes autoritarios, que
poco a poco, se extinguieron sin pena ni gloria. El fujimorismo ha
tenido una vida más larga sólo porque contaba con los recursos
gigantescos que obtuvo del saqueo vertiginoso de los fondos públicos, de
los que Fujimori y Montesinos disponían a su antojo. Ellos le
permitieron, en esta campaña, empapelar con propaganda el Perú de arriba
abajo, y repartir baratijas y hasta dinero en las regiones más
empobrecidas. Pero no se trata de un partido que tenga ideas, ni
programas, sólo unas credenciales golpistas y delictuosas, es decir, la
negación misma del Perú digno, justo, próspero y moderno que, en estas
elecciones, se ha impuesto poco menos que de milagro a un retroceso a la
barbarie.
La victoria de Pedro Pablo Kuczynski trasciende las fronteras peruanas; se inscribe también en el contexto latinoamericano como un nuevo paso contra el populismo y de regeneración de la democracia, del que son jalones el voto boliviano en contra de los intentos reeleccionistas de Evo Morales, la derrota del peronismo en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff y el desplome del mito de Lula en Brasil, la aplastante victoria de la oposición a Maduro en las elecciones parlamentarias en Venezuela y el ejemplo de un régimen como el de Uruguay, donde una izquierda de origen muy radical en el poder no sólo garantiza el funcionamiento de la democracia sino practica una política económica moderna, de economía de mercado, que no es incompatible con un avanzado empeño social. Quizás cabría señalar también el caso mexicano, donde las recientes elecciones parciales han desmentido las predicciones de que el líder populista Andrés Manuel López Obrador y su partido serían poco menos que plebiscitados; en verdad el ganador de los comicios ha sido el Partido Acción Nacional, con lo que el futuro democrático de México no parece amenazado.
¿Es ingenuo ver en todos estos hechos recientes una tendencia que
parece extenderse por América Latina a favor de la legalidad, la
libertad, la coexistencia pacífica y un rechazo de la demagogia, el
populismo irresponsable y las utopías colectivistas y estatistas? Como
la historia no está escrita, siempre puede haber marcha atrás. Pero creo
que, haciendo las sumas y las restas, hay razones para ser optimistas
en América Latina. Estamos lejos del ideal, por supuesto; pero estamos
muchísimo mejor que hace veinte años, cuando la democracia parecía
encogerse por todas partes y el llamado “socialismo del siglo XXI” del
comandante Chávez seducía a tantos incautos. ¿Qué queda de él, ahora?
Una Venezuela en ruinas, donde la mayoría de la gente se muere de
hambre, de falta de medicinas, de inseguridad callejera, y donde una
pequeña pandilla encaramada en el poder da golpes de ciego a diestra y
siniestra, cada vez más aislada, ante un pueblo que ha despertado de la
seducción populista y revolucionaria y sólo aspira ahora a recobrar la
libertad y la legalidad.
Acabo de pasar unas semanas en la República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil y vengo a Europa mucho más animado. Los problemas latinoamericanos siguen siendo enormes, pero los progresos son también inmensos. En todos esos países la democracia funciona y las crisis que padecen no la ponen en peligro; por el contrario, y pienso sobre todo en Brasil, creo que tienden a regenerarla, a limpiarla de la corrupción, a permitirle que funcione de verdad. En ese sentido, la victoria de Pedro Pablo Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección.
La victoria de Keiko Fujimori parecía irremediable hace unas pocas semanas, cuando se descubrió que el secretario general y millonario financista de su campaña y su partido, Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, estaba siendo investigado por la DEA por lavado de activos; se recordó entonces que la policía había descubierto un alijo de unos cien kilos de cocaína en un depósito de una empresa de Kenji, hermano de Keiko y con pretensiones a sucederla. El fujimorismo, asustado, intentó una operación sucia; el dirigente de Fuerza Popular y candidato a una vicepresidencia, José Chlimper, filtró a un canal de televisión cercano al fujimorismo una grabación manipulada para desinflar el escándalo; el ser descubierto, lo multiplicó. Muchos presuntos votantes de Keiko, que ingenuamente se habían tragado su propaganda de que sacando el Ejército a las calles a combatir a los delincuentes y restableciendo la pena de muerte habría seguridad en el Perú, cambiaron su voto.
Pero, el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable —algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú—, salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas.
El nuevo Gobierno no va a tener la vida fácil con un Parlamento en el que el fujimorismo controla la mayoría de los escaños; pero Kuczynski es un hombre flexible y un buen negociador, capaz de encontrar aliados entre los adversarios para las buenas leyes y reformas de que consta su programa de gobierno. Hay que señalar, por otra parte, que, al igual que Mauricio Macri en Argentina, cuenta con un equipo de colaboradores de primer nivel, en el que figuran técnicos y profesionales destacados que hasta ahora se habían resistido a hacer política y que lo han hecho sólo para impedir que el Perú se hundiera una vez más en el despotismo político y la ruina económica. De otro lado, es seguro que su prestigio internacional en el mundo financiero seguirá atrayendo las inversiones que, desde hace dieciséis años, han venido apuntalando la economía peruana, la que, recordemos, es una de las que ha crecido más rápido en toda la región.
La victoria de Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección
La victoria de Pedro Pablo Kuczynski trasciende las fronteras peruanas; se inscribe también en el contexto latinoamericano como un nuevo paso contra el populismo y de regeneración de la democracia, del que son jalones el voto boliviano en contra de los intentos reeleccionistas de Evo Morales, la derrota del peronismo en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff y el desplome del mito de Lula en Brasil, la aplastante victoria de la oposición a Maduro en las elecciones parlamentarias en Venezuela y el ejemplo de un régimen como el de Uruguay, donde una izquierda de origen muy radical en el poder no sólo garantiza el funcionamiento de la democracia sino practica una política económica moderna, de economía de mercado, que no es incompatible con un avanzado empeño social. Quizás cabría señalar también el caso mexicano, donde las recientes elecciones parciales han desmentido las predicciones de que el líder populista Andrés Manuel López Obrador y su partido serían poco menos que plebiscitados; en verdad el ganador de los comicios ha sido el Partido Acción Nacional, con lo que el futuro democrático de México no parece amenazado.
El fujimorismo contaba con los recursos que obtuvo del saqueo de los fondos públicos
Acabo de pasar unas semanas en la República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil y vengo a Europa mucho más animado. Los problemas latinoamericanos siguen siendo enormes, pero los progresos son también inmensos. En todos esos países la democracia funciona y las crisis que padecen no la ponen en peligro; por el contrario, y pienso sobre todo en Brasil, creo que tienden a regenerarla, a limpiarla de la corrupción, a permitirle que funcione de verdad. En ese sentido, la victoria de Pedro Pablo Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2016.
© Mario Vargas Llosa, 2016.
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El Pais-España
sábado, 11 de junio de 2016
Europa : El momento populista
El momento populista
Vivimos una época en la que se está imponiendo en todas partes una manera de hacer política que consiste en establecer una frontera que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de ‘los de abajo’ frente a ‘los de arriba’

Hoy en Europa estamos viviendo un momento populista que significa un punto de inflexión para nuestras democracias, cuyo futuro dependerá de la respuesta que se dé a ese reto. Para afrontar esa situación es necesario descartar la visión mediática simplista del populismo como pura demagogia y adoptar una perspectiva analítica. Propongo seguir a Ernesto Laclau, que define el populismo como una forma de construir lo político, consistente en establecer una frontera política que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de los de abajo frente a los de arriba.El populismo no es una ideología y no se le puede atribuir un contenido programático específico. Tampoco es un régimen político y es compatible con una variedad de formas estatales. Es una manera de hacer política que puede tomar formas variadas según las épocas y los lugares. Surge cuando se busca construir un nuevo sujeto de la acción colectiva —el pueblo— capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto.
Examinado desde esa óptica, el reciente auge en Europa de formas populistas de política aparece como la expresión de una crisis de la política liberal-democrática que se debe a la convergencia de varios fenómenos, que en los últimos años han afectado a las condiciones de ejercicio de la democracia. El primero es lo que he propuesto llamar pospolítica para referirme al desdibujamiento de la frontera política entre derecha e izquierda. Fue el resultado del consenso establecido entre los partidos de centroderecha y de centroizquierda sobre la idea de que no había alternativa a la globalización neoliberal. Bajo el imperativo de la modernización se aceptaron los diktats del capitalismo financiero globalizado y los límites que imponían a la intervención del Estado y a las políticas públicas. El papel de los Parlamentos y de las instituciones que permiten a los ciudadanos influir sobre las decisiones políticas fue drásticamente reducido. Así fue puesto en cuestión lo que representa el corazón mismo de la idea democrática: el poder del pueblo.
Hoy en día se sigue hablando de democracia, pero solo para referirse a la existencia de elecciones y a la defensa de los derechos humanos. Esa evolución, lejos de ser un progreso hacia una sociedad más madura, como se dice a veces, socava las bases mismas de nuestro modelo occidental de democracia, habitualmente designado como republicano. Ese modelo fue el resultado de la articulación entre dos tradiciones: la liberal del Estado de derecho, de la separación de poderes y de la afirmación de la libertad individual, y la tradición democrática de la igualdad y de la soberanía popular. Estas dos lógicas políticas son en última instancia irreconciliables, ya que siempre existirá una tensión entre los principios de libertad y de igualdad. Pero esa tensión es constitutiva de nuestro modelo republicano porque garantiza el pluralismo. A lo largo de la historia europea ha sido negociada a través de una lucha agonista entre la derecha, que privilegia la libertad, y la izquierda, que pone el énfasis en la igualdad.
Al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios. Y la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional. Eldemos, el pueblo soberano, ha sido declarado una categoría zombi y ahora vivimos en sociedades posdemocráticas.
El aumento de las desigualdades ya no afecta solo a las clases populares, sino también a las medias
Esos cambios a nivel político se inscriben en el marco de una nueva formación hegemónica neoliberal, caracterizada por una forma de regulación del capitalismo en la cual el capital financiero ocupa un lugar central. Hemos asistido a un aumento exponencial de las desigualdades que ya no solamente afecta a las clases populares, sino también a buena parte de las clases medias, que han entrado en un proceso de pauperización y precarización. Se puede hablar de un verdadero fenómeno de oligarquización de nuestras sociedades.
En ese contexto de crisis social y política ha surgido una variedad de movimientos populistas que rechazan la pospolítica y la posdemocracia. Proclaman que van a volver a darle al pueblo la voz que le ha sido confiscada por las élites. Independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas. El pueblo, sin embargo, puede ser construido de maneras muy diferentes y el problema es que no todas van en una dirección progresista. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, considerados como una amenaza para la prosperidad nacional. Esos partidos están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales.
La única manera de impedir la emergencia de tales partidos y de oponerse a los que ya existen es a través de la construcción de otro pueblo, promoviendo un movimiento populista progresista que sea receptivo a esas aspiraciones democráticas y las encauce hacia una defensa de la igualdad y de la justicia social.
El pueblo puede ser construido de maneras diferentes y no todas van en dirección progresista
Es la ausencia de una narrativa capaz de ofrecer un vocabulario diferente para formular esas demandas democráticas lo que explica que el populismo de derecha tenga eco en sectores sociales cada vez más numerosos. Es urgente darse cuenta de que para luchar contra ese tipo de populismo no sirven la condena moral y la demonización de sus partidarios. Esa estrategia es completamente contraproducente porque refuerza los sentimientos antiestablishment de las clases populares. En lugar de descalificar sus demandas hay que formularlas de modo progresista, definiendo el adversario como la configuración de fuerzas que afianzan y promueven el proyecto neoliberal.
Lo que está en juego es la constitución de una voluntad colectiva que establezca una sinergia entre la multiplicidad de movimientos sociales y de fuerzas políticas cuyo objetivo es la profundización de la democracia. En la medida en que amplios sectores sociales están sufriendo los efectos del capitalismo financiarizado, existe un potencial para que esa voluntad colectiva tenga un carácter transversal que desborde el clivaje derecha/izquierda tal como está configurado tradicionalmente. Para estar a la altura del reto que representa el momento populista para el devenir de la democracia se necesita una política que restablezca la tensión entre la lógica liberal y la lógica democrática y, a pesar de lo que algunos pretenden, eso se puede hacer sin poner en peligro las instituciones republicanas. Concebido de manera progresista, el populismo, lejos de ser una perversión de la democracia, constituye la fuerza política más adecuada para recuperarla y ampliarla en la Europa de hoy.
Chantal Mouffe es profesora de Teoría Política en la Universidad de Westminster en Londres.
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El Pais-España
domingo, 29 de mayo de 2016
Zapatero opina que Podemos son en realidad socialdemocratas
Zapatero defiende a Podemos y dice que no son populistas sino socialdemócratas

"Es un partido joven que está cambiando la política española, pero al final serán ellos los que cambien", ha añadido, definiendo al líder de Podemos, Pablo Iglesias, como una persona educada, culta, que ha militado siempre en la izquierda más utópica y que "ama la política más" que él mismo.
En una entrevista en el diario 'La Stampa', el ex líder socialista se ha referido al primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras. En este sentido, ha remarcado que la Unión Europea y el presidente del país heleno se están estudiando "como boxeadores en un primer round". "Grecia debe entender que el euro no es el mal y que las deudas se pagan", ha añadido, subrayando que, por su parte, "ha llegado también la hora de que Europa pida perdón por la pobreza en Grecia y no sólo allí".
Sobre su viaje a Cuba, el ex presidente ha remarcado que la visita se produjo tras la invitación cubana que aceptó porque como mandatario nunca había visitado la isla y ha acusado al ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, de equivocarse de lectura en sus críticas.
Preguntado si le impresiona la fuerza de la líder del ultraderechista Frente Nacional, Marine Le Pen, Zapatero ha contestado que su discurso le da "escalofríos" y la hace regresar un siglo atrás, pero considera que, en todo caso, no ganará las elecciones. "Europa ya se suicidó una vez en su historia", ha añadido.
Zapatero ha rechazado, tachándolo de "broma", la hipótesis de que el PSOE acabe como su 'hermano' griego el Pasok, hundido en las últimas elecciones. Finalmente, ha hablado del primer ministro, Matteo Renzi, y ha dicho de él que solo le ha visto una vez, pero que le ve como un "líder verdadero" no sólo como un "famoso". Preguntado entonces si su antecesor Silvio Berlusconi es un "famoso", ha contestado que no quiere criticarle, aunque ahora sea fácil, porque trabajaron bien juntos. Eso sí, ha dicho que le sorprende que siga haciendo política.
sábado, 28 de mayo de 2016
Pactos, partidos e incompatibilidades
Pactos, partidos e incompatibilidades
La división izquierda-derecha encierra una visión maniquea. Plantear que los pactos de Gobierno solo son posibles entre partidos que comparten fronteras ideológicas es elevar el bipartidismo a la categoría de teología política
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La historia política de los dos últimos siglos parecería reducirse a
una especie de enfrentamiento metafísico entre izquierdas y derechas. Lo
que empezó siendo solo el reflejo de una coyuntural ubicación espacial
en la Asamblea Nacional francesa de 1789, izquierda y derecha del salón
de sesiones, ha acabado convirtiéndose en expresión de dos formas de ver
y entender el mundo que abarcaría todos los aspectos de la vida
individual y colectiva. Una manera de ser tanto como un posicionamiento
ideológico.
Visión maniquea que recrea el enfrentamiento entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas de la retórica cristiana. Una forma teológica de entender la política sorprendente en el contexto de sociedades desacralizadas para las que el marco de los debates debiera ser el de una discusión racional sobre medios y fines y no el de un pensamiento mítico con el bien y el mal como protagonistas. Más, si consideramos que los conflictos políticos difícilmente pueden ser reducidos a un enfrentamiento dicotómico global. Los posicionamientos no son respecto a una sola variable sino a varias y con líneas de fractura no siempre coincidentes.
El sociólogo alemán Claus Offe propone, para el caso del mundo contemporáneo, distinguir entre conflictos interest-based (reparto de recursos), ideology-based (derechos y organización social) e identity-based
(definiciones colectivas). Tenderían a solaparse pero sin definir
campos homogéneos. Una misma persona, grupo o partido puede ubicarse en
un conflicto de un lado y del contrario en otro; a la izquierda sobre
reparto de recursos y a la derecha sobre definiciones colectivas y/o
derechos y organización social. No solo puede sino que en muchos casos
es lo habitual. Los afiliados, simpatizantes y votantes de los distintos
partidos políticos no se ubican en un continuum de extrema izquierda a extrema derecha, o viceversa, sino en puntos distintos según la variable que se tome en consideración.
Un dilema que, en la práctica, se resuelve en función de cuál de los tres tipos de conflicto se convierta en hegemónico y, como consecuencia, en eje de los posicionamientos políticos tanto de electores como de partidos. En un debate polarizado en torno al reparto de recursos y/o derechos y organización social difícilmente los grupos que apoyaron la investidura de Carles Puigdemont como presidente de la Generalitat habrían estado del mismo lado; sí, que es lo que ha ocurrido, en uno polarizado en torno a definiciones identitarias.
No se trata de una discusión académica sobre categorías de análisis sino de un problema con importantes implicaciones prácticas. Entre otras, el cuestionamiento de esa especie de lugar común de que no se puede ser nacionalista y de izquierdas. No solo se puede sino que en las últimas décadas ha sido lo habitual. El discurso identitario, en su versión nacionalista, ha desempeñado un papel determinante en la mayoría de los movimientos de izquierdas de la segunda mitad del siglo XX, desde Fidel Castro a la izquierda abertzale. Otra cosa es que esta deriva identitaria pueda resultar sorprendente en una izquierda que, aunque nacida definiéndose respecto a derechos y organización social (1789), encontró desde muy pronto sus señas de identidad en la búsqueda de mejores condiciones de vida para las clases trabajadoras, reparto de recursos y, de manera secundaria, derechos y organización social; no en las definiciones colectivas, consideradas patrimonio de la derecha. Una deriva cuya posible explicación habría que buscar en la importancia que lo identitario ha ido adquiriendo en los conflictos políticos del mundo contemporáneo, desde la guerra de los Balcanes al yihadismo islámico. No sería tanto un problema de la izquierda como de evolución política general. Aunque dejaría sin explicar por qué en los conflictos identity-based los posicionamientos de la izquierda se han ido decantando por un organicismo identitario, de marcada matriz conservadora, que contradice buena parte de su trayectoria anterior.
Pero no es este, a pesar de su importancia, el aspecto que me
interesa aquí sino otro que tiene que ver con las políticas de pactos en
Parlamentos fragmentados, como el recientemente disuelto español y,
probablemente, como el que vaya a salir de las elecciones de junio.
Momentos en los que las lógicas de división izquierda/derecha tienden a
jugar un papel determinante. Es lo que ha ocurrido en las fracasadas
negociaciones para la formación de Gobierno en las que desde el primer
momento se dio por entendido que los acuerdos solo eran deseables, y
posibles, entre partidos que compartieran fronteras ideológicas,
PP-Ciudadanos, Ciudadanos-PSOE, PSOE-Podemos…; no entre aquellos en los
que hubiese que saltarse un escalón partidario, Ciudadanos-Podemos o
PSOE-PP. Recurriendo incluso en muchos casos a la dicotomía maniquea más
estricta, con alianzas naturales, partidos del mismo campo ideológico, y antinaturales,
de campo ideológico distinto. No han sido pocos, de hecho, los que han
considerado el pacto PSOE-Ciudadanos antinatural o, peor todavía, prueba
de que uno de los dos, dependiendo desde donde se hacía el análisis, se
había pasado al lado del mal. El único acuerdo posible, y deseable,
habría sido el de PP-Ciudadanos o PSOE-Podemos. El bipartidismo elevado a
la categoría de teología política: existen dos partidos al margen de lo
que los electores digan.
Una división dicotómica que es más una construcción narrativa que una realidad. Tanto los partidos políticos como sus electores tienen posicionamientos distintos en función del tipo del conflicto de que se trate. Es posible que la cercanía entre el PSOE y Podemos respecto al reparto de recursos haga de ellos aliados naturales. Pero solo en este campo, no en otros como el de la definición identitaria en el que la incompatibilidad de sus propuestas es casi absoluta. Serán, como consecuencia, aliados naturales o no en función de lo que ambos consideren prioritario en cada momento, organización de un referéndum en Cataluña o derogación de las leyes laborales del PP; también de las estrategias para desplazar, eliminar o fagocitar al otro, pero ese es obviamente otro problema.
Cada partido representa alternativas globales que dan respuesta no a uno sino a múltiples aspectos de la vida individual y colectiva. La negociación de alianzas poselectorales, como consecuencia, no consiste tanto en buscar puntos de encuentro entre propuestas distintas como en privilegiar aquellas en las que hay coincidencia dejando para mejor ocasión las que no. No hay aliados naturales sino acuerdos coyunturales en función de las prioridades de cada momento. La política como una actividad racional y no como una teología sentimental.
Visión maniquea que recrea el enfrentamiento entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas de la retórica cristiana. Una forma teológica de entender la política sorprendente en el contexto de sociedades desacralizadas para las que el marco de los debates debiera ser el de una discusión racional sobre medios y fines y no el de un pensamiento mítico con el bien y el mal como protagonistas. Más, si consideramos que los conflictos políticos difícilmente pueden ser reducidos a un enfrentamiento dicotómico global. Los posicionamientos no son respecto a una sola variable sino a varias y con líneas de fractura no siempre coincidentes.
Un dilema que, en la práctica, se resuelve en función de cuál de los tres tipos de conflicto se convierta en hegemónico y, como consecuencia, en eje de los posicionamientos políticos tanto de electores como de partidos. En un debate polarizado en torno al reparto de recursos y/o derechos y organización social difícilmente los grupos que apoyaron la investidura de Carles Puigdemont como presidente de la Generalitat habrían estado del mismo lado; sí, que es lo que ha ocurrido, en uno polarizado en torno a definiciones identitarias.
No se trata de una discusión académica sobre categorías de análisis sino de un problema con importantes implicaciones prácticas. Entre otras, el cuestionamiento de esa especie de lugar común de que no se puede ser nacionalista y de izquierdas. No solo se puede sino que en las últimas décadas ha sido lo habitual. El discurso identitario, en su versión nacionalista, ha desempeñado un papel determinante en la mayoría de los movimientos de izquierdas de la segunda mitad del siglo XX, desde Fidel Castro a la izquierda abertzale. Otra cosa es que esta deriva identitaria pueda resultar sorprendente en una izquierda que, aunque nacida definiéndose respecto a derechos y organización social (1789), encontró desde muy pronto sus señas de identidad en la búsqueda de mejores condiciones de vida para las clases trabajadoras, reparto de recursos y, de manera secundaria, derechos y organización social; no en las definiciones colectivas, consideradas patrimonio de la derecha. Una deriva cuya posible explicación habría que buscar en la importancia que lo identitario ha ido adquiriendo en los conflictos políticos del mundo contemporáneo, desde la guerra de los Balcanes al yihadismo islámico. No sería tanto un problema de la izquierda como de evolución política general. Aunque dejaría sin explicar por qué en los conflictos identity-based los posicionamientos de la izquierda se han ido decantando por un organicismo identitario, de marcada matriz conservadora, que contradice buena parte de su trayectoria anterior.
No fueron pocos los que vieron antinatural el acuerdo alcanzado entre PSOE y Ciudadanos
Una división dicotómica que es más una construcción narrativa que una realidad. Tanto los partidos políticos como sus electores tienen posicionamientos distintos en función del tipo del conflicto de que se trate. Es posible que la cercanía entre el PSOE y Podemos respecto al reparto de recursos haga de ellos aliados naturales. Pero solo en este campo, no en otros como el de la definición identitaria en el que la incompatibilidad de sus propuestas es casi absoluta. Serán, como consecuencia, aliados naturales o no en función de lo que ambos consideren prioritario en cada momento, organización de un referéndum en Cataluña o derogación de las leyes laborales del PP; también de las estrategias para desplazar, eliminar o fagocitar al otro, pero ese es obviamente otro problema.
Cada partido representa alternativas globales que dan respuesta no a uno sino a múltiples aspectos de la vida individual y colectiva. La negociación de alianzas poselectorales, como consecuencia, no consiste tanto en buscar puntos de encuentro entre propuestas distintas como en privilegiar aquellas en las que hay coincidencia dejando para mejor ocasión las que no. No hay aliados naturales sino acuerdos coyunturales en función de las prioridades de cada momento. La política como una actividad racional y no como una teología sentimental.
Hay que ver la política como una actividad racional y no como una teología sentimental
Tomás Pérez Vejo pertenece al Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.
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lunes, 23 de mayo de 2016
Algunas politicas municipales y autonomicas del PSOE
Por Pedro Sánchez Castejón
Garantía de cambio
Un año después de las elecciones autonómicas y municipales, el autor repasa las políticas de los gobiernos en los que participan los socialistas
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El socialismo español siempre ha sido municipalista y federalista. Lo es en su forma de entender su propia organización interna y, coherentemente, también en su forma de entender la organización política de la sociedad. Que el poder esté bien distribuido, que sea accesible, es una condición institucional de la democracia. Y eso nos lleva siempre lejos del centralismo, por muy democrático que se declare. Por eso, al hacer nuestra Constitución, los socialistas apostamos por el Estado de las Autonomías, y cuando hemos gobernado lo hemos hecho con respeto no sólo al pacto constitucional, sino a la realidad de España. Porque la pluralidad territorial de nuestro país es algo más que una creación jurídica, es una realidad social. Una realidad sentida y querida que aborda y resuelve, cada día, algunos de los problemas más importantes de la vida de cualquiera de nosotros.
La democracia es una forma de entender la relación de los ciudadanos con el poder
Y significa también cumplir allí donde cogobernamos. En Canarias, triplicando el número de beneficiarios de la Prestación Canaria de Inserción; y en Cantabria, con la recuperación de la universalidad de la Sanidad.
Políticas que se multiplican en los ayuntamientos gobernados por socialistas, donde cumplir se traduce, por ejemplo, en luchar contra los desahucios y responder a situaciones de emergencia social, financiando suministros básicos como agua, luz, gas y alimentos a familias que no pueden sufragarlos.
Políticas, en fin, impulsadas por los socialistas en autonomías y municipios, y que traducen a la vida real de nuestra sociedad sus mejores valores. Y, en estos tiempos difíciles, también es justo reivindicar el trabajo de quienes, como hacen mis compañeros, se empeñan en mejorar el mundo y lo consiguen.
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jueves, 28 de abril de 2016
España ¿Que es la política?
¿Qué es la política?
No debe impregnarlo todo, como quiere el populismo. Ni tampoco tiene que evaporarse, como propone la tecnocracia. Es lo que está en medio, entre el sistema y el individuo. La gestión de las reglas comunes y no de los nombres propios
Andamos confundidos. Los ciudadanos no queremos elecciones, pero nos disgustan todas las coaliciones sobre la mesa. Los políticos no ponen líneas rojas, pero levantan muros a los del otro bando. Y los periodistas sueltan el “pónganse de acuerdo de una vez” en sus sermones matinales para, a continuación, pasar a destripar las declaraciones de fulanito de tal contra menganito de cual. Montañas de nobles aspiraciones políticas paren ratones de cotilleo.
Cuando todos los integrantes de un ecosistema están despistados suele deberse a que falla algo básico. Como el aire o el agua. Algo tan primordial que lo damos por descontado. Y, en nuestro caso, creo que lo que nos falla es una definición compartida de política. Los españoles no nos ponemos de acuerdo sobre qué es la política. Y, si no sabemos qué es, no podemos mejorarla.
No es que carezcamos de definiciones teóricas. Tenemos muchas reflexiones escritas sobre el sentido de la política. Lo que nos falta es una definición operacional que nos permita navegar en un contexto socioeconómico crecientemente complejo e impredecible. Hasta hace poco vivíamos en un mundo con muchos riesgos. Por ejemplo, no sabíamos si tendríamos un año de vacas gordas o de vacas flacas. Y, en ese contexto, era relativamente fácil ponerse de acuerdo en cuál es el ámbito de la política. En realidad, se trataba de continuar con la lógica anticipada ya en la Biblia: guardar en los años de vacas gordas en previsión de los años de vacas flacas. Pero ahora vivimos en una realidad con muchas incertidumbres, que son más amenazantes que los riesgos. No sabemos si nos aguarda un año de vacas o de patos. O de cisnes negros. La labor de la política no está tan clara. Las fronteras entre lo que nos concierne a todos y lo que concierne sólo a los individuos son más difusas que nunca.
Así, en España se han consolidado dos visiones antagónicas de la política que, una por defecto y otra por exceso, dificultan la comunicación entre los adversarios políticos. Y polarizan el país hacia dos tentaciones igualmente peligrosas: el populismo, para quienes la política debe impregnarlo todo, y la tecnocracia, para quienes la política debe evaporarse y dejar paso a los expertos.
Unos, sobre todo idealistas de izquierdas, piensan que “todo es política”. Su objetivo es “conquistar espacios para la política”, arrebatándoselos a los mercados. Cuantos más aspectos abarque la política, más justa será una sociedad, pues política es sinónimo de justicia. De forma que, cada conflicto aislado (de los retrasos de los trenes y los accidentes de tráfico en autopistas de peaje a las cuentas offshore en paraísos fiscales), cualquier molino de viento, se convierte en una excusa para emprender una quijotesca batalla contra los gigantes mercados. Los problemas son sistémicos. Los casos de corrupción no son hechos aislados o contingentes a unas instituciones determinadas, sino el resultado de un sistema corrupto. Esta actitud es la antesala de populismo, el “poscapitalismo” o cualquier otro “ismo” que nos salvará de este valle de lágrimas.
Los papeles de Panamá se analizan como casos morales o se acusa a los paraísos fiscales
Los otros, fundamentalmente realistas de derechas, achican tanto la definición de política que la reducen a su factor humano. La política son los políticos. Si hay corrupción es porque hay políticos deshonestos. En toda cesta habrá algunas manzanas podridas. Se quitan y ya está. La política consiste en sustituir a los individuos (o partidos) malos por los buenos. Luego, los más conservadores propondrán oposiciones hasta para el cargo de ministro y los más aperturistas mecanismos de selección propios de una start-up,pero con el mismo sustrato de fondo: el gobierno de los mejores.
Pero la buena política no es ni una cosa ni la otra: ni cuestionar el “sistema” en general ni a unas personas en particular. La política es lo que está en medio, entre el sistema y el individuo. La política es la discusión sobre las normas formales, las instituciones, que regulan el comportamiento de los miembros de una comunidad. Las sociedades que circunscriben el ámbito de la política a este terreno intermedio tienen más posibilidades de superar los problemas colectivos que aquellas, como la española, donde no existe un consenso mínimo sobre cuál es la esfera de actuación de la política.
La cuestión es intentar saber qué normas y protocolos han propiciado la evasión de impuestos
Veámoslo con la discusión en torno a los papeles de Panamá. En España predominan dos visiones. Por un lado, se discuten hasta la saciedad los casos individuales. De forma justificada o no, hemos hecho juicios mediáticos a numerosas personalidades con relevancia política. La asunción de fondo es que se trata de un problema de moralidad individual: hay buena gente, que paga sus impuestos, y mala gente (o una mala tribu político-empresarial), que crea sociedades offshore para evadirlos. Y, por el otro, abundan las grandes reflexiones sobre el sistema económico global y la imperiosa necesidad de coordinar una acción internacional contra los paraísos fiscales. Aquí la asunción de fondo es que falla el sistema capitalista o la globalización en su conjunto. La sed de sangre de unos y otros es saciada: sabemos que hay unos individuos (y algún partido político) pérfidos o un sistema global perverso. Pero, como es fácil de imaginar, ni de una visión ni de la otra salen prescripciones útiles.
Al contrario, en otros países europeos la discusión transcurre más en el ámbito propio de actuación de la política, sin caer en los casos individuales y, a la vez, sin elevarse a las nubes abstractas del sistema. Obviamente, también se ha hablado de personas particulares y se ha especulado sobre la globalización económica, pero periodistas y analistas han puesto el foco sobre las reglas impersonales que han permitido la fuga de capitales a paraísos fiscales. La asunción de fondo es que el problema no es individual ni sistémico, sino institucional. ¿Qué normas y protocolos de actuación de las instituciones públicas, pero también de las privadas como los bancos, han propiciado la evasión de impuestos? Y, en consecuencia ¿qué cambios normativos habría que introducir para revertir esta situación? En estos países se habla más de, y con, representantes de bancos y de reguladores públicos que de evasores concretos. Más de las instituciones que han fomentado el pecado que de los pecadores.
Algo similar ocurre con muchos otros debates políticos, como, por ejemplo, la lucha contra la corrupción. Nos obsesionamos con los casos particulares (de personas o partidos) o nos dejamos arrastrar en meditaciones vagas sobre el sistema. Olvidando que la política es la gestión de las reglas comunes y no de los nombres propios.
Victor Lapuente Giné es profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo.
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