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domingo, 26 de junio de 2016

Consecuencias del Brexit (Inglaterra )


Los resultados del Brexit

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Esta semana tuvo lugar en el Reino Unido el referendo conocido como Brexit (una contracción de la palabras british y exit), en el cual la mayoría del pueblo británico decidió separarse de la Unión Europea.
Esta decisión, que podría percibirse en un primer momento como cosa estrictamente de los ingleses, reviste en realidad un impacto económico global muy costoso, a cuyos cálculos hizo caso omiso el pueblo británico. Al cierre de esta semana, ya los mercados de capital acusaron el castigo del referendo; y se ha abierto una etapa de incertidumbre que abona a los difíciles equilibrios y aún precarios o modestos avances económicos alcanzados desde la grave recesión global del 2008.
George Soros, sin duda uno de los más agudos conocedores y exitosos inversionistas del mercado cambiario global, explicaba el lunes para el prestigioso medio The Guardian, en la antesala de Brexit, que si el voto mayoritario favorecía la separación, el ingreso promedio de las familias inglesas bajaría entre 3 y 5 mil libras esterlinas anuales, y que esa pérdida de poder adquisitivo por la devaluación de la moneda podría sostenerse por los próximos cinco años, a partir de la separación de la Unión Europea. Según Soros, esta devaluación de la libra esterlina puede superar el 15% en el corto plazo. Una pérdida de valor tan grande como la de 1992 (el de entonces terminó siendo un ajuste catalizador), pero con consecuencias socioeconómicas tan graves o negativas como la devaluación 1967.
En 1992, a pesar de su costoso ajuste, la devaluación de la libra esterlina era necesaria para liberar al Banco de Inglaterra de su política de defensa del valor de la libra con altos intereses, que mantenía a la economía frenada. Ahora no hay manera de que los intereses bancarios bajen en Inglaterra, porque ya se encuentran a un nivel muy bajo como para compatibilizar una reducción con la saludable operación del sistema bancario. Estiman muchos expertos, Soros incluido, que, en consecuencia, la libra perderá fuerza frente al euro hasta emparejarse con la moneda europea, un resultado inesperado para quienes piensan que el abandono de la Unión fortalecerá la economía británica. De hecho, el FMI prevé que una separación del mercado unitario europeo desaceleraría el crecimiento económico inglés –ya de hecho muy frágil y modesto– en los próximos años. En pocas palabras, como retruque de Brexit, la economía británica perderá fuerza, lo mismo que su moneda. Y cabe prever un decrecimiento económico en un escenario donde ese país depende más que nunca del influjo de capital extranjero, que en estas condiciones encontrará, a diferencia de lo ocurrido con los ajustes monetarios de 1992 y 2008, incentivos para invertir en otros mercados alternativos al británico. Por ello Soros concluye en su artículo que con la salida de la Unión Europea el pueblo británico se empobrecerá y los operadores de la especulación financiera tendrán una ventana de oportunidad para cocinar grandes ganancias.
Los economistas que hicieron campaña por la salida del mercado europeo anticipan ganancias para la economía británica a partir del 2020, porque Londres recuperará flexibilidad para aliarse, en función de sus propios intereses comerciales, con economías de mayor crecimiento que Europa; y que puede incluso elaborar mecanismos a la carta para interactuar con el mercado que hoy abandona. Este argumento de “soberanía económica británica”, que no goza del apoyo mayoritario de los observadores, ni encuentra asidero en las proyecciones del FMI, Banco Mundial y otras organizaciones internacionales, viene reforzado por el mayor relato de movilización expresado en esta contienda a favor de la separación: detener o controlar los flujos migratorios hacia Inglaterra desde el mercado europeo.
Hay, pues, sin duda, un componente xenofóbico, o al menos de rechazo a la inmigración e integración en el sentimiento de importantes contingentes de electores, que votaron a favor del retiro de Europa en Brexit. Una perspectiva que flota en el debate electoral de los EEUU en la narrativa prejuiciosa, racista y xenófoba de Trump, así como en el discurso de algunos sectores de la izquierda norteamericana, que se oponen a los acuerdos de libre comercio. Pero también puede rastrearse en las propuestas de Le Pen, en Francia, y subyace en muchas otras expresiones de liderazgo de extrema derecha que cabalgan por varias naciones europeas.
En suma, como explicaba hace poco el prestigioso periodista y analista Fareed Zakaria, Trump no está solo; hay unos cuantos “trumpcitos” gravitando en la política europea. En ese sentido, hace pocos días el ex presidente Bill Clinton nos exponía, en una reunión de estrategia electoral en la que tuvimos el privilegio de participar, que se confrontaban en EEUU dos visiones: la que busca construir puentes para integrar fuerzas sociales y mercados sin complejos –porque la experiencia demuestra que allí están las oportunidades de crecimiento en la nueva economía–, y la de quienes pretenden levantar muros para separarnos, porque prevalece en ellos una postura defensiva o reaccionaria frente a cambios inevitables. Resultados como el de Brexit van en la dirección de erigir muros, en lugar de cimentar puentes, y por eso es tan importante la encrucijada electoral que viene en los EEUU, donde se confrontan estas expresiones progresistas frente a las reaccionarias que dividen incluso a los sectores conservadores. De hecho, Gran Bretaña llegó al Brexit porque el primer ministro David Cameron (quien dignamente renuncia ante el resultado del referendo en el cual salió derrotado) debió conceder en la plataforma de su partido el compromiso de hacer este referendo, liderado por sus compañeros –al extremo de la derecha nacionalista– del partido conservador: el ministro de Justicia, Michael Gove, y el ex alcalde de Londres, Boris Johnson.
La otra interrogante que emana de este estrecho, pero definitivo, resultado del Brexit es cuáles otros países europeos pueden, en medio de sus batallas económicas a raíz de la crisis del 2008, tener las barbas en remojo. Si el impacto inmediato se consolida como se proyecta, el descenso en el desenvolvimiento de la economía británica afectará el crecimiento de otras, vinculadas o interdependientes con aquella. Habría que ver cómo termina impactando al mercado de materias primas y energético. Como dato concreto, el referendo de Brexit ya ha inducido una baja importante en los precios del oro y el petróleo. De esto surgirán ganadores y perdedores en la economía global, naturalmente.
Hace unas décadas, el mundo aplaudía y celebraba el gran paso dado por Europa con el Tratado de Maastrich y los referendos que en Europa daban aprobación popular para consolidar la Unión Europea.
Hoy las dificultades para perfeccionar esa unidad continental nos emplazan ante un resultado que arroja a la economía global al terreno de la incertidumbre. Sus mayores motivaciones han sido el miedo, la frustración y el predicamento xenófobo de algunos líderes que estimulan los viejos sentimientos nacionalistas.
Casualmente el excéntrico de Trump se encontraba en su resort y club de golf en Escocia (negocio con pérdidas cuantiosas), en una situación donde sus negocios personales comienzan a entremezclarse de manera grotesca con su agenda política. Desde allí se declaró entusiasta por el resultado de Brexit, y comentó que ahora Escocia debía reclamar su independencia en referendo, siempre en su narrativa segregacionista. Y de pronto soltó otro argumento expresivo de su alegría: “Con la devaluación monetaria más turistas podrían venir a mi resort en Escocia”. La ignorancia, el narcisismo y egoísmo pueden ser irresponsablemente audaces, porque, además, en el mapa electoral británco del Brexit Escocia votó mayoritariamente por no separarse de Europa, pero Inglaterra dominó el resultado pronunciandose por la separación.
Afortunadamente, y para cerrar con un giro positivo, las más recientes encuestas en EEUU colocan a Trump en creciente desventaja frente a Hillary Clinton. Apostamos a que esa sea, después de Brexit, la primera gran derrota de quienes oscurecen con muros en lugar de iluminar con puentes.

viernes, 24 de junio de 2016

El ruido del tiempo

 Jean Maninat

 El ruido del tiempo
El ruido del tiempo (Anagrama) es la más reciente novela del escritor británico Julian Barnes, ganador, entre otros premios, del prestigioso Booker Prize. La obra retoma uno de los temas que más mortificaron a los creadores del siglo XX: la relación de los intelectuales con el poder y muy especialmente con el totalitarismo soviético y sus diferentes satélites. La colisión entre arte y poder, como afirma el autor.
En América Latina hubo un cisma notorio a raíz del desencanto progresivo con la revolución cubana de muchos intelectuales de izquierda, sobre todo escritores, mas no exclusivamente, que no tuvieron el estómago para seguir justificando la deriva totalitaria y la consecuente persecución del mundo cultural en la isla. Es de infame recuerdo la sentencia lanzada por Fidel Castro ante una reunión de artistas y escritores: “¿Cuáles son los derechos de los  escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la revolución todo; contra la revolución nada”. Ese fue el epitafio grabado sobre la tumba de la vida cultural revolucionaria. (Tengo miedo, cuentan que dijo el poeta cubano Virgilio Piñera al salir de la reunión).
La tragicómica trama de la historia que nos relata Barnes se teje alrededor de la relación del célebre compositor Dmitri Dmítrievich Shostakóvich con el poder en la Unión Soviética. Dmitri Dmítrievich fue el más importante compositor “oficial” del régimen comunista. Su genialidad lo condenó a sufrir el terror cotidiano de vivir en el paraíso proletario creado por Lenin y Stalin, y tantos otros que, como Trotsky, serían devorados por la quimera que ayudaron a crear. Sería precisamente Stalin, el Padre de la Patria, como gustaba ser llamado, quien seguiría personalmente la carrera del músico que a los 19 años ya había compuesto su Primera Sinfonía y obtenido reconocimiento internacional. El “padrecito” se encargaría de respirarle en la nuca, de hacerle sentir el terror que significaba que él, el líder máximo de la revolución, se dignase a identificar a alguien, aislarlo con su mirada de la masa amorfa de ciudadanos, saberse de  memoria su nombre, tener a la mano su número de teléfono y la dirección de su casa.
Shostakóvich subió y bajó en el yoyo de la predilección oficial, cuando bajar podía significar ser enviado a un Gulag o  simplemente ajusticiado con un tiro en la cabeza. Por mucho tiempo pernoctó diariamente vestido y con una maleta preparada con lo mínimo en el pasillo de su piso, al lado del ascensor, para que cuando viniera a buscarlo la policía política no perturbara a su familia. De día componía lo que podía, partituras por encargo para películas, música patriotera, y sus grandes obras destinadas a dormir en un cajón de su escritorio. En la noche temblaba de miedo.
Cuando gozaba de cierta fama, tras una presentación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk en1936, un editorial de Pravda bajo el título de Caos en lugar de música denunció su estilo como esnobismo alejado del sentir popular, y su vida se desplomó cultural y financieramente. Pero sería Stalin quien lo recuperaría, le restituiría su condición y privilegios y le envenenaría el alma y la vida para siempre. Se le iría la existencia en un juego de gato y ratón con el Estado, tratando de salvar su independencia artística mientras se sometía a todo tipo de caprichos y humillaciones, desde denunciar a Stravinsky y a Solzhenitsyn hasta inscribirse a regañadientes en el Partido Comunista de la Unión Soviética. El Estado, el Big Brother del que nos habló Orwell, lo mimó y lo utilizó como una mascota, lo sometió a un escrutinio feroz, lo obligó a quebrantar la calidad de su música en ocasiones, pero no logró abatirle el genio que salvó gran parte de su obra para nuestro gozo.
Del enfrentamiento cruel y desigual entre el individuo y el Estado totalitario… queda el ruido del tiempo.                                 
@jeanmaninat

viernes, 17 de junio de 2016

Visión de Vargas LLosa : El Perú a salvo



La ajustada victoria de Pedro Pablo Kuczynski en las elecciones presidenciales del 5 de junio ha salvado al Perú de una catástrofe: el retorno al poder de la mafia fujimorista que, en los años de la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, robó, torturó y asesinó con una ferocidad sin precedentes y, probablemente, la instalación del primer narcoEstado en América Latina.
La victoria de Keiko Fujimori parecía irremediable hace unas pocas semanas, cuando se descubrió que el secretario general y millonario financista de su campaña y su partido, Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, estaba siendo investigado por la DEA por lavado de activos; se recordó entonces que la policía había descubierto un alijo de unos cien kilos de cocaína en un depósito de una empresa de Kenji, hermano de Keiko y con pretensiones a sucederla. El fujimorismo, asustado, intentó una operación sucia; el dirigente de Fuerza Popular y candidato a una vicepresidencia, José Chlimper, filtró a un canal de televisión cercano al fujimorismo una grabación manipulada para desinflar el escándalo; el ser descubierto, lo multiplicó. Muchos presuntos votantes de Keiko, que ingenuamente se habían tragado su propaganda de que sacando el Ejército a las calles a combatir a los delincuentes y restableciendo la pena de muerte habría seguridad en el Perú, cambiaron su voto.
Pero, el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable —algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú—, salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas.
El nuevo Gobierno no va a tener la vida fácil con un Parlamento en el que el fujimorismo controla la mayoría de los escaños; pero Kuczynski es un hombre flexible y un buen negociador, capaz de encontrar aliados entre los adversarios para las buenas leyes y reformas de que consta su programa de gobierno. Hay que señalar, por otra parte, que, al igual que Mauricio Macri en Argentina, cuenta con un equipo de colaboradores de primer nivel, en el que figuran técnicos y profesionales destacados que hasta ahora se habían resistido a hacer política y que lo han hecho sólo para impedir que el Perú se hundiera una vez más en el despotismo político y la ruina económica. De otro lado, es seguro que su prestigio internacional en el mundo financiero seguirá atrayendo las inversiones que, desde hace dieciséis años, han venido apuntalando la economía peruana, la que, recordemos, es una de las que ha crecido más rápido en toda la región.
La victoria de Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección
¿Qué ocurrirá ahora con el fujimorismo? ¿Seguirá subsistiendo como siniestro emblema de la tradición incivil de las dictaduras terroristas y cleptómanas que ensombrece el pasado peruano? Mi esperanza es que esta nueva derrota inicie el mismo proceso de descomposición en el que fueron desapareciendo todas las coletas políticas que han dejado las dictaduras: el sanchecerrismo, el odriísmo, el velasquismo. Todas ellas fueron artificiales supervivencias de los regímenes autoritarios, que poco a poco, se extinguieron sin pena ni gloria. El fujimorismo ha tenido una vida más larga sólo porque contaba con los recursos gigantescos que obtuvo del saqueo vertiginoso de los fondos públicos, de los que Fujimori y Montesinos disponían a su antojo. Ellos le permitieron, en esta campaña, empapelar con propaganda el Perú de arriba abajo, y repartir baratijas y hasta dinero en las regiones más empobrecidas. Pero no se trata de un partido que tenga ideas, ni programas, sólo unas credenciales golpistas y delictuosas, es decir, la negación misma del Perú digno, justo, próspero y moderno que, en estas elecciones, se ha impuesto poco menos que de milagro a un retroceso a la barbarie.
La victoria de Pedro Pablo Kuczynski trasciende las fronteras peruanas; se inscribe también en el contexto latinoamericano como un nuevo paso contra el populismo y de regeneración de la democracia, del que son jalones el voto boliviano en contra de los intentos reeleccionistas de Evo Morales, la derrota del peronismo en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff y el desplome del mito de Lula en Brasil, la aplastante victoria de la oposición a Maduro en las elecciones parlamentarias en Venezuela y el ejemplo de un régimen como el de Uruguay, donde una izquierda de origen muy radical en el poder no sólo garantiza el funcionamiento de la democracia sino practica una política económica moderna, de economía de mercado, que no es incompatible con un avanzado empeño social. Quizás cabría señalar también el caso mexicano, donde las recientes elecciones parciales han desmentido las predicciones de que el líder populista Andrés Manuel López Obrador y su partido serían poco menos que plebiscitados; en verdad el ganador de los comicios ha sido el Partido Acción Nacional, con lo que el futuro democrático de México no parece amenazado.
El fujimorismo contaba con los recursos que obtuvo del saqueo de los fondos públicos
¿Es ingenuo ver en todos estos hechos recientes una tendencia que parece extenderse por América Latina a favor de la legalidad, la libertad, la coexistencia pacífica y un rechazo de la demagogia, el populismo irresponsable y las utopías colectivistas y estatistas? Como la historia no está escrita, siempre puede haber marcha atrás. Pero creo que, haciendo las sumas y las restas, hay razones para ser optimistas en América Latina. Estamos lejos del ideal, por supuesto; pero estamos muchísimo mejor que hace veinte años, cuando la democracia parecía encogerse por todas partes y el llamado “socialismo del siglo XXI” del comandante Chávez seducía a tantos incautos. ¿Qué queda de él, ahora? Una Venezuela en ruinas, donde la mayoría de la gente se muere de hambre, de falta de medicinas, de inseguridad callejera, y donde una pequeña pandilla encaramada en el poder da golpes de ciego a diestra y siniestra, cada vez más aislada, ante un pueblo que ha despertado de la seducción populista y revolucionaria y sólo aspira ahora a recobrar la libertad y la legalidad.
Acabo de pasar unas semanas en la República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil y vengo a Europa mucho más animado. Los problemas latinoamericanos siguen siendo enormes, pero los progresos son también inmensos. En todos esos países la democracia funciona y las crisis que padecen no la ponen en peligro; por el contrario, y pienso sobre todo en Brasil, creo que tienden a regenerarla, a limpiarla de la corrupción, a permitirle que funcione de verdad. En ese sentido, la victoria de Pedro Pablo Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2016.
© Mario Vargas Llosa, 2016.

lunes, 13 de junio de 2016

España .La antipolítica resopla


La antipolítica resopla

La nueva política es una suma de egos bajo la fórmula del bonapartismo y el chavismo




Pablo Iglesias saluda en Terrasa a un grupo de seguidores en mayo de 2015. CRISTÓBAL CASTRO


Melville nunca fue muy leído en España. Adolecemos en nuestro país de un déficit lector de escritores anglosajones y se nota. Poco Conrad, menos Faulkner y algo más de James y Shakespeare, pero poca cosa en cualquier caso. Así nos va, podría haber dicho Jovellanos, que era un anglófilo secreto. Afrontamos dentro de unas semanas unas elecciones que son la segunda vuelta de las pasadas y sería bueno enfocar su análisis desde una perspectiva literaria anglosajona. Sobre todo porque nos ayudaría a comprender que hay que operar sobre la realidad política desde una antropología pesimista que cree que si no hay voluntad de enderezar lo torcido, el futuro será siempre peor que el presente.
Digo esto porque vivimos bajo un volcán colectivo bautizado con una fecha: 26 de junio. Con él bullen las encuestas. Las maquinarias de los partidos compiten en ver quién lanza la consigna más pedestre; los prescriptores de opinión danzan alrededor de tótemes tan primarios como obvios; e, incluso, algún expresidente que contribuyó a la crispación de estos últimos años se atreve —cual oráculo de Delfos— a hablar de concordia, mientras, eso sí, los corifeos del tuit party simplifican la complejidad del futuro que enfilamos a golpe de 140 caracteres de impune imbecilidad. En fin, que un apocalipsis feliz weimariano se dibuja en el horizonte mientras un populismo periodístico tan inquietante como el político sigue diciendo que el caos es el mejor de los mundos posibles ya que el morbo mejorará la débil cuenta de resultados de los medios de comunicación.
Así las cosas, ¿habrá alguien que se atreva a decir que avanzamos hacia el abismo de la antipolítica a velocidad de crucero? Demostrado estos meses que la nueva política es tan cainita y mezquina como la vieja, ¿no corremos el riesgo de que emerja la antipolítica al calor de la frustración colectiva de ver que nada tiene arreglo? La próxima década será dura políticamente, aquí y fuera de aquí. Estados Unidos, Francia, Austria, Reino Unido, Alemania, Italia, nosotros, todas las democracias están contagiadas de lo mismo y todas necesitan lo mismo también: responsabilidad institucional y confianza en la política de siempre, en la que nació de la civilización jurídica y política de las revoluciones atlánticas. Algo que solo puede obtenerse si sus actores demuestran mucha virtud cívica y más aún vocación de servicio público.
Corresponde a los dos grandes partidos históricos demostrar que es la hora de la política de verdad, la que se basa en razones y no emociones
No nos engañemos. La democracia está fatigada y envejecida de ilusión. No se trata de una cuestión generacional sino de vitalidad sentimental de las propias convicciones democráticas. Ser demócrata cansa. Y si no que se lo digan a países en los que la democracia vive en estado de excepción, tal y como sucede en Israel y van camino de vivir, a su manera, Francia y quizá Bélgica. Por eso los dos grandes partidos de la democracia española tienen la responsabilidad de enderezar esta situación porque si no irá a peor. Tienen que demostrar lo que no han acreditado hasta ahora: que gobernar es sacrificar la conveniencia particular en el altar, como dirían los clásicos, de la república política. Vamos, que hay que resucitar el espíritu de la vieja república romana y asumir que gobernar es servir al interés general aunque sea impopular. ¿No nos damos cuenta de que si después del 26 de junio el panorama es el mismo aparecerá la antipolítica con nombre y apellidos, con un aparataje mediático irrefrenable y con un desenlace que nos obligará, como en Austria, a que todos los moderados e ilustrados del arco político votemos lo mismo para impedir por un puñado de votos que triunfe la sinrazón?
La nueva política ya ha demostrado lo que es: un sumatorio, a derecha e izquierda, de egos rejuvenecidos bajo la fórmula del bonapartismo y el chavismo posmodernos. La espada y la barricada quieren enfrentarse en el campo de batalla mediático y sustituir la violencia física y la guerra civil de las dos Españas por la estulticia argumentativa y los bloques de un plató televisivo. Por eso corresponde a los dos grandes partidos históricos dar la talla y demostrar que es la hora de la política de verdad, la que se basa en razones y no emociones, la que cree en los consensos y los acuerdos de Estado. De lo contrario habrá que recomendar la lectura de Melville y advertir que en la antecámara de la historia venidera resuena ya el eco de Moby Dick. Es más, ¿nadie es capaz de advertirnos que si volvemos a tropezar después del 26 de junio en la irresponsabilidad y tacticismo resoplará la antipolítica y, con ella, el fin de la democracia tal y como la venimos entendiendo?
José María Lassalle es secretario de Estado de Cultura.

Mitos sobre las convulsiones de América Latina


Las convulsiones de América Latina: tres mitos

La región no ha girado a la derecha ni ha dicho adiós al populismo. Y la lucha anticorrupción tiene mucho de voluntarismoPersonas protestan por comida en el popular sector de Catia, en Caracas




Pero estas élites políticas de “izquierda”, ahora desplazadas, no estarán fuera de juego para siempre. Las correcciones a la política económica que se verán obligados a hacer los nuevos Gobiernos latinoamericanos serán impopulares y crearán oportunidades para los políticos que sepan capitalizar la nostalgia por los buenos tiempos de Chávez, Kirchner y Lula.
2) Se acabó el populismo. No. La propensión de los políticos a decir lo que los votantes quieren oír nunca se acaba. Esta es una práctica de la izquierda y de la derecha, de laicos y religiosos, de verdes e industrialistas. Ningún político se puede dar el lujo de desdeñarla y por eso el populismo existe en todas partes, de Estados Unidos a Sudáfrica. El populismo se vuelve un problema cuando los políticos pierden todo reparo en proponer lo que saben que no podrán cumplir, en promover seductoras políticas que en la práctica son tóxicas o en lanzar iniciativas que dividen a la sociedad. Y por supuesto, un problema aún mayor que la deshonestidad de unos cuantos políticos populistas es la ingenuidad de los millones de seguidores que se creen sus atractivas mentiras.
La abundancia económica que vivió América Latina a comienzos de este siglo permitió que el populismo “de siempre” se transformara en “super populismo”, alcanzando así los niveles sin precedentes que vimos en la Venezuela de Chávez y en la Argentina de los Kirchner. Ese populismo desbocado es lo que se acabó. No porque la gente ya no crea en las malas pero atractivas ideas promovidas por los populistas, sino porque ya no hay dinero para financiarlas. Así, volverá el populismo “normal”.
3) América Latina por fin está luchando contra la corrupción. En parte sí. Pero… No hay duda que la defenestración política de la presidenta de Brasil tiene mucho que ver con el gigantesco escándalo de corrupción que ha ocurrido durante su mandato y el de su predecesor, Lula da Silva. El presidente de Guatemala también fue destituido y está en la cárcel acusado de corrupción. En México, el Gobierno de Enrique Peña Nieto está muy debilitado por los escándalos que implican a varios de sus principales líderes. Michelle Bachelet en Chile también se ha visto afectada por un escándalo que ha alcanzado a su hijo y a su nuera. En Argentina, la expresidenta Cristina Fernández y personas de su entorno más cercano enfrentan graves acusaciones.
Las marchas multitudinarias de protesta contra la corrupción se han hecho comunes en muchos países de Latinoamérica. El repudio popular a la corrupción también ha servido de apoyo a nuevos protagonistas que están marcando una diferencia en esta lucha: jueces, fiscales y magistrados valientes que se están enfrentando con éxito a los corruptos, incluso a los que por su poder político o económico parecían intocables.
Esta nueva intolerancia a la corrupción es tan bienvenida como los éxitos de los jueces “caza-corruptos”. Pero hay que tener cuidado. La lucha contra la corrupción no debe depender de la buena voluntad o la valentía de individuos, sino de la existencia de instituciones y reglas que desincentiven la corrupción, eliminen la impunidad y aumenten la transparencia en los actos de gobierno. Poner los presupuestos públicos en Internet y permitir que todos sepan cómo se gastan los dineros públicos, reducir el número de decisiones discrecionales que pueden tomar los funcionarios públicos o desarrollar un marco legal eficiente y confiable son ejemplos de maneras más serias de luchar contra la corrupción que apostar a la aparición de un presidente honesto o un juez valiente.
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miércoles, 8 de junio de 2016

Apoyo al Revocatorio de diputado eurolatinoamericano


Jáuregui: El revocatorio puede ser la salida democrática que Venezuela necesita


Venezuela se dirige al abismo si prosigue el enfrentamiento entre el gobierno y la oposición”, según el español Ramón Jáuregui, del PSOE, de la delegación europea en la Asamblea parlamentaria eurolatinoamericana.
Jáuregui, eurodiputado socialista, uno de los más importantes conocedores de la política latinoamericana en el Parlamento Europeo (PE), defendió hoy en una entrevista con Efe los esfuerzos de Unasur y de la comunidad internacional para una solución política y dialogada a la crisis venezolana.
El llamamiento de Jáuregui se produce cuando las gestiones de Unasur, encabezadas por el expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, chocan con la negativa de la oposición a dialogar mientras no se acepte un referéndum revocatorio contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro.
“La crisis debe resolverse de manera democrática y política, por la vía del acuerdo, con dos poderes legítimos. El expresidente Zapatero prácticamente ha reconocido que ese acuerdo no es posible”, advirtió Jáuregui.
“Desgraciadamente, parece que estamos abocados a un enfrentamiento, del que no puedo decir dónde estará el final”, se lamentó el eurodiputado.
El Parlamento Europeo vota este miércoles una resolución sobre Venezuela “acordada por casi todos los grupos”, según Jáuregui.
La resolución preconiza “un acuerdo entre las dos partes con la mediación internacional -en referencia a los esfuerzos de Unasur-, la liberación de los presos, un pacto de responsabilidad con medidas macroeconómicas para reorientar la economía y salir de la crisis, y un plan de ayuda de la comunidad internacional”, precisó.
Ramón Jáuregui destacó la situación de los presos “que por cuestiones políticas están en la cárcel o procesados. Que salgan en libertad es una condición necesaria”.
“Hay que garantizar las libertades, hay que permitir que los presos de condición política salgan de la cárcel. Que se dialogue con la oposición y que esta colabore en este proceso”, dijo Jáuregui.
El eurodiputado socialista reconoció que el referéndum para un revocatorio es una posibilidad incluida en la Constitución venezolana: “es un procedimiento traumático, pero es democrático”.
“El revocatorio debería tramitarse con arreglo a la constitución y si no hay antes un acuerdo puede que este termine siendo la salida democrática que Venezuela necesita”, advirtió el eurodiputado socialista.
“La gente tiene que seguir viviendo y viviendo en libertad, con el suministro de los instrumentos básicos de la vida, desde medicinas hasta alimentos”, dijo.
“En este enfrentamiento yo no sé quien tiene la culpa. La oposición dice que la negociación es un mecanismo para salvaguardar a Maduro y ha puesto todas sus esperanzas en el revocatorio. Mientras, tal vez el gobierno quiere hacer compartir a la oposición la responsabilidad en la situación general del país”.
“Lo lamentable es que no haya habido ese acuerdo, porque no vislumbro una manera mejor de resolver las cosas que un acuerdo entre dos poderes legítimos que tienen mutua responsabilidad en la resolución de los graves problemas que tienen los venezolanos”, afirmo.
Sobre la posibilidad de que la crisis de Venezuela se transforme en un tema de la campaña electoral en España, Jáuregui dijo que es “inevitable”, aunque consideró que “no tendrá influencia”.
“Maduro cada vez que habla de España se mete con España. Venezuela es parte de nosotros. Y luego están las connotaciones con Podemos…”, recordó.
“Pero la cuestión no se dilucida en España. Los problemas de Venezuela los tienen que resolver los venezolanos y nosotros tenemos que ser una parte que ayude a encontrar una solución”, dijo.
“Que España actúe en el ámbito de la UE como punta de lanza, pero no para echar leña al fuego. Hay que echar mucha calma a esa hoguera y no echar gasolina”, advirtió.