Manuel Malaver*
No hay que llamarse a engaño: la campaña electoral que en sus primeros tres días se ha mantenido casi a punto de congelación, se irá calentando a medida que pasen las horas, días y semanas, y presumo que ya para la mitad de la contienda, al final de las dos primeras, habrá pasado con creces los 100 puntos de ebullición.
O sea, que el país hervirá por los cuatro costados, en otro de esos crescendos tan característicos del chavezato, en que no por manipuladas, interferidas y adulteradas, las elecciones dejan de ser la oportunidad en que la oposición democrática venezolana procura aplicarle más y más golpes al chavismo.
Y el chavismo de contragolpear, quizá no tanto tratando de ganar por KO, como de salir con esos conteos favorables que llaman legitimidad que le han permisado tantas ilegalidades.
En cuanto a la oposición, también han finteado con estilo y punch, y no solo revelando que la vocación democrática de un poco menos, o un poco más, de la mitad de los electores venezolanos se mantiene sin treguas ni dudas, sino obligando también al chavismo a sacar a flote las peores de sus lacras populistas, autoritarias, excluyentes y autocràticas: intolerancia, decisión de reconocer los resultados solo si los favorecen e ignorarlos cuando les son adversos, ventajismo electoral de toda laya, triquiñuelas, marramucias y barajos a la carta y contar con un poder electoral militantemente chavista y militarista que no pocas veces ha confesado “que revolución no se cuenta”.
Y como resumen de todo ello: la emergencia de nuevas tácticas y estrategias para la toma del poder de parte de la izquierda marxista, stalinista, castrista y comunista de siempre, que ya no recurre a la vía armada (guerra de guerrillas, insurrecciones populares, golpes estado) para lograr sus objetivos, sino a la participación en elecciones democráticas donde embaucan a las mayorías de electores para que los elijan y permitan un acceso relativamente fácil y pacífico a la jefatura del estado y del gobierno y una vez ahí, con las riendas en las manos, no soltarlas, mientras se desmantelan la democracia y sus instituciones y se inicia el proceso de instaurar una dictadura colectivista, personalista, excluyente, de pensamiento y partido únicos y totalitaria.
O sea, que el camino es largo, sinuoso, escabroso, y no exento de riesgos, pues mientras se terminan de colapsar la democracia y sus instituciones -aun más, mientras se trata de extirpar del espíritu, la cultura y la ética de un pueblo y de una sociedad- las miserias del socialismo, de la dictadura, del personalismo, el caudillismo y totalitarismo ruedan día y noche ante los ojos de los ciudadanos que aun tienen tiempo de sacar sus propias conclusiones.
Claro, siempre y cuando queden instituciones, o restos de instituciones, digamos partidos, medios independientes, religiones, sindicatos y universidades libres que sean algo así como los últimos bastiones donde se ganan o pierden los derechos humanos, la democracia y la libertad.
En el caso venezolano, ese desiderátum con las miserias que amenazan al conjunto de la sociedad venezolana, no solo gesticulan, gritan, sino que son como una alarma permanente como para que nadie se escabulla de su compromiso, de su responsabilidad.
Basta, al efecto, detenerse, aunque sean minutos, en algunas de la peroratas que dispara Chávez a diario en sus cadenas y programas de radio y televisión, y donde, solo se oyen los bramidos del odio, de la guerra, la violencia y la no reconciliación y la promesa que, de salir triunfante en sus batallas electorales, más de la mitad de los venezolanos tendrá que abandonar el país “porque, sencillamente, no caben al lado de los ‘otros’”, de los de él.
Todo de acuerdo al recetario e ideología que promueve y dice practicar, y que no es otra que la seudofilosofìa marxista, stalinista y castrista, que, como se sabe, convierte a los países en cárceles donde se practica el experimento del bien, la justicia y la felicidad absolutas, pero con penas de prisión, lavados de cerebro y exilio a cualquiera que dude que estos dogmas, que vienen como verdades reveladas en “clásicos” como Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao y Castro son inviables y contrarios a la naturaleza humana.
Pero inaptos para ocultar la destrucción progresiva de la democracia y las libertades y las lacras ínsitas al socialismo, el personalismo, y el modelo de partido y pensamiento únicos, como son la incompetencia, la corrupción, el militarismo, el abandono y quiebra de los servicios públicos, el colapso de la infraestructura física, y una ola de delincuencia e inseguridad personal sin precedentes en el país, Amèrica y el mundo.
Estado de caos, postración, disolución, inoperancia, improductividad, y fragmentación como sin duda no se había conocido en ningún otro período de nuestra historia republicana y del cual es muy responsable la actual Asamblea Nacional, una mayoría de hombres y mujeres electos con apenas el 7 por ciento de los votantes ( en las circunstancias en que la oposición se abstuvo en las elecciones de diciembre del 2005) y desde entonces inició y llevó a cabo un proceso de absoluto adscripción y filiación a las tesis del poder ejecutivo que preside Chávez, con el cual ha contribuido, como ningún otro poder, a que Venezuela sea hoy día una simple factoría del gobierno de Cuba.
Cuesta reseñarlo, porque creo que es un caso único de entrega, mimetización y doblez de un poder que aun en dictaduras como las Guzmán Blanco, Juan Vicente Gòmez y Pèrez Jimènez, encontrò algunas voces que protestaron, que se alzaron, pero que, en cuanto a la actual, no solo el silencio, sino la sumisión marca su estilo, naturaleza y temperamento.
Es cierto, que hay tres facciones disidentes que sobreviven después de haber hecho parte de la Asamblea General original oficialista, pero a modo de parias, de quienes no solo se hace mofa de su representación, sino que se le niega toda clase de recursos.
El caso es que denuncias como la pérdida de 300 mil kilos de alimentos que se pudrieron por la corrupción e incompetencia del gobierno no existe para el poder legislativo, mientras se mantiene lanza en ristre para atacar al cardenal Urosa, a los medios de comunicación, y al Grupo Polar.
La gran pregunta es: ¿No ha llegado la hora para que las mayorías nacionales, ya sea chavistas y antichavistas, la Venezuela decente, rescate la Asamblea Nacional?
¿Para que no continùe siendo una herramienta de la destrucción nacional, dócil para que se nos imponga una dictadura vitalicia y dinástica y en poco tiempo Venezuela no tenga nada que envidiarle a la Cuba en ruina y en desintegración que deja el comunismo?
Yo pienso que si, y por eso estoy apostando a los 163 candidatos a diputados que la oposición pondrá en juego para las elecciones del 26 de septiembre próximo y que estoy seguro ganarán en una proporción importante, una que no le dejará tiempo ni espacio al chavismo para sobrevivir y aspirar, sino a una muerte digna, por lo menos silenciosa…o no tan ruidosa.
*La Razón / ND Agosto 29, 2010
Libertad!
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martes, 31 de agosto de 2010
jueves, 27 de mayo de 2010
Chávez y el fantasma del general Noriega
Manuel Malaver
Pero, insistimos, no son certezas, sino teorías, presunciones, que en todo caso ayudan a explicar hasta dónde puede llegar la extrema ambición de poder, por cuantos laberintos y vericuetos puede perderse, con tal de hacerse con una presidencia vitalicia y de una dinastía con descendencia consanguínea y todo.
Asustado, muy asustado lució Chávez en un Consejo Ministros trasmitido por Venezolana de Televisión, VTV, la noche del jueves cuando se refirió a una noticia llegada a Miraflores “sobre la detención en Miami de 14 venezolanos acusados de lavado de dólares provenientes del narcotráfico”.
Temblor de manos y de voz que fue presidido por un recuento de cómo el imperialismo norteamericano con conspiraciones que iban, desde atentados e invasiones, hasta la siembra de enfermedades y desastres naturales, destruyó a la Unión Soviética y al comunismo y concluyó con el típico: “Vienen por mi… pues, no se extrañen que sea con la excusa del narcolavado que busquen destruirme, a mi y a mi revolución, en un juicio donde me acusen y condenen por ser uno de los capos del narcotráfico aquí y en todo el continente.”
“Les doy un dato importante” continuó Chávez dirigiéndose a sus ministros y a la teleaudiencia “ y es que la juez que lleva el caso es aquella, Joan Lenard, que no se si se acuerdan es la misma que condenó a los héroes cubanos y seguro puede haber recibido órdenes del imperio de que la próxima víctima sea yo, Hugo Chávez, y dicte una orden de captura en mi contra, así como contra ustedes, Elías, Jorge, Nicolás, que también pueden ser objeto de la persecución del imperio”.
No se refirió, Chávez, sin embargo, al caso y al nombre que le bullían en la mente y era la causa de que seguramente no habían dejado de temblarle la voz y las manos en las últimas horas, como es el expediente y la historia del general y expresidente panameño, Manuel Antonio Noriega, quien, luego de ascender militar y políticamente de la mano del general Omar Torrijos, lo heredó en la presidencia del Istmo (1983), pero en absoluto para normar la vida democrática del país y restablecer la constitución, sino para violarla aún más, hacerse presidente o dictador vitalicio, y si lo dejaban, fundar una dinastía: la de los Noriega.
Y fue en estos menesteres, -los de construir una dictadura y una dinastía-, que Noriega descubrió que era un furioso antiimperialista, antigringo desde que tuvo uso de razón, un nacionalista cuya misión era despertar al continente, un marxista y socialista que había leído “El Capital” en el vientre de su madre, un mestizo de indio y negro dispuesto a despertar el orgullo de las razas, y sobre todo, un militar y guerrero que con armas y equipos militares, ejércitos, milicias y reservas (“con el pueblo armado”) estaba dispuesto a desafiar y derrotar a los ejércitos imperialistas si “hollaban el sagrado suelo de la patria”, para recordar a otro general, pero venezolano: Cipriano Castro.
Pero también un fanático de Fidel Castro y la revolución cubana, de Ortega y el sandismo, del Farabundo Martí y sus guerrillas, de Marulanda y las FARC y de todo cuanto pudiera contribuir a encubrirle sus estentóreas, desmesuradas y locas ambiciones.
En otras palabras: que Noriega podía llegar al extremo de implantar una dictadura marxista y totalitaria, destruir la economía y la política panameñas, de arrasar con la sociedad civil y los principios ciudadanos, si era que no lo dejaban disfrutar del goce, jugar con el juguete de gobernar él y sus descendientes hasta que Dios decidiera otra cosa.
Pero no solo era cuestión de palabras y deseos, de discursear y declarar, sino que Noriega aparecía en cadenas incontables e infinitas de la radio y televisión, rodeado de ministros y generales, de revolucionarios de dentro y de afuera, en mitines, marchas y caravanas, donde arengaba a los suyos y a las multitudes a no cejar un segundo, ni un milímetro en la decisión de hacer morder el polvo derrota al archienemigo de Panamá, Latinoamérica y la humanidad: el imperialismo yanqui.
Me acuerdo que se hizo típico –y hasta popular- en aquellos días, prender la televisión y encontrarse con el general Noriega en zafarrancho de combate, en una marcha, un mitin, un desfile, una reunión social, y hasta en un consejo de ministros, blandiendo un machete, agitándolo en el aire y gritando: “Así como he militado en la causa de la revolución, de la nación y del pueblo desde mi más tierna infancia, no dudaré en entregar mi vida, en enfrentar la muerte, por Panamá, Latinoamérica y los que más sufren”
Lo que contaban los archivos de inteligencia de Estados Unidos, México, Cuba, Colombia, Israel y Francia, sin embargo, del general Noriega era otra cosa, pues, había sido un cumplido agente de la CIA casi “desde que tuvo uso de razón” y “desde su más tierna infancia”, colaborador conspicuo como oficial de la Guardia Nacional Panameña de la fatídica Escuela de Las América, y partícipe en represiones, persecuciones y violaciones de los derechos humanos de revolucionarios y nacionalistas, no solo en Panamá, sino en países de Centroamérica y el Caribe.
Y dispuesto a dar órdenes de disparar, torturar, encarcelar y exiliar a los panameños que se oponían a sus designios, a su empeño en ser el primer presidente vitalicio y dinástico de América latina…después de Fidel Castro.
Pero había más, mucho más: los datos de más reciente data de aquellos tiempos, los que se referían a los últimos años del general Torrijos y a los tiempos en que su sucesor había ascendido a la presidencia, hablaban de un general, Noriega, con relaciones intensas con el cártel de Medellín y el cártel de Cali, cuyos cabecillas, Pablo Escobar y Rodríguez Orejuela, se encontraban frecuentemente con el general, visitaban Panamá y usaban su territorio como aliviadero de las flotas que viajaban al norte transportando cocaína.
O sea, todo un personaje fundador y pionero de la narcopolítica, de aquella que no tiene empacho en aliarse con las fuerzas más negras y abominables de la corrupción y la disolvencia, con tal de que el caudillo, de que el redentor, de que el comandante en jefe brille en su gloria por los siglos de los siglos y de los siglos, amén.
De modo que otra razón para que Noriega arreciera en su predica revolucionaria y antiimperalista y amenazara y desafiara a los Estados Unidos y a su presidente, Ronald Reagan, a que viniera por él, a que invadieran Panamá, si querían precipitar al imperio por el abismo de la humillación y la ruina.
Y la invasión norteamericana llegó (creo que el 20 de diciembre de 1989), y en menos de lo que canta un gallo, Panamá conoció la presencia de los marines, y de los aviones Stealth 116 y de los helicópteros Apache; y el ejército de Noriega, y sus milicianos y reservistas no se vieron por ninguna parte, y del mismo no se supo sino cuando fue capturado, llevado a los Estados Unidos, juzgado y condenado a 29 años de cárcel por “narcotraficante y lavador de dinero proveniente del narcotráfico”.
El general, Noriega, ha conocido, por cierto, cierta prensa en las últimas semanas, o meses, y es que, cumplido el término de su condena en septiembre del 2007, tuvo que esperar 3 años por una solicitud de extradición “por narcotráfico” del gobierno de Francia, concedida en abril del 2010.
Y debe ser contemplando el retrato de un Noriega envejecido, vencido y destruido por los años, las rejas y la loca ambición -que ha circulado profusamente en estos días-, que Chávez debe haberse preguntado no una, sino mil veces: “¡Dios mío, ¿seré yo? En algunos años ¿seré yo?”
Pero aterrizando en el juicio de Miami, la detención de los 14 venezolanos, y los autos que hasta ahora ha llevado a cabo la jueza, Joan Lenard, me salta la pregunta: ¿Tiene Chávez razones por qué preocuparse, debe de verdad esperar que vengan por él, y que en cuestión de meses, una decisión de la justicia norteamericana lo requiera para llevarlo a una corte como a un Noriega cualquiera?
Creo que en base a lo que está autos no, y de las informaciones periodísticas tampoco, y que salvo que el juicio tome un giro inesperado y dramático -de acuerdo a una lógica muy usual en la justicia gringa-, el presidente revolucionario y socialista, puede dormir tranquilo.
Y ese giro “inesperado y dramático” puede venir por el lado de que, estando Estados Unidos en estos momentos full de refugiados venezolanos que hasta hace muy poco fueron sus socios y protegidos en el sistema financiero (banqueros, corredores de bolsa y aseguradores), y de repente fueron convertidos en sus enemigos, y se les ha expoliado bienes, fortuna, país y honra, ¿no se presentarán a testimoniar en el juicio que lleva la juez Lenard, no irán a contarle lo poco cuidadosa que es la revolución bolivariana y su jefe a la hora de toparse y relacionarse con bienes, andanzas, y correrías de gente mal viviente y mal habida?
Aun más -y esto si es hilar fino- la feroz arremetida actual contra casas de bolsa y banqueros de la banca alternativa ¿no buscará querellarse contra un sector de venezolanos que tienen mucho que contar, y al cual debe calificarse de “bandidos, hampones y especuladores” antes de que empiecen a recordar historias de cómo sumas gigantescas de dólares negros entran al torrente circulatorio de la base monetaria venezolana y salen limpios de polvo y paja?
Pero, insistimos, no son certezas, sino teorías, presunciones, que en todo caso ayudan a explicar hasta dónde puede llegar la extrema ambición de poder, por cuantos laberintos y vericuetos puede perderse, con tal de hacerse con una presidencia vitalicia y de una dinastía con descendencia consanguínea y todo.
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Pero, insistimos, no son certezas, sino teorías, presunciones, que en todo caso ayudan a explicar hasta dónde puede llegar la extrema ambición de poder, por cuantos laberintos y vericuetos puede perderse, con tal de hacerse con una presidencia vitalicia y de una dinastía con descendencia consanguínea y todo.
Asustado, muy asustado lució Chávez en un Consejo Ministros trasmitido por Venezolana de Televisión, VTV, la noche del jueves cuando se refirió a una noticia llegada a Miraflores “sobre la detención en Miami de 14 venezolanos acusados de lavado de dólares provenientes del narcotráfico”.
Temblor de manos y de voz que fue presidido por un recuento de cómo el imperialismo norteamericano con conspiraciones que iban, desde atentados e invasiones, hasta la siembra de enfermedades y desastres naturales, destruyó a la Unión Soviética y al comunismo y concluyó con el típico: “Vienen por mi… pues, no se extrañen que sea con la excusa del narcolavado que busquen destruirme, a mi y a mi revolución, en un juicio donde me acusen y condenen por ser uno de los capos del narcotráfico aquí y en todo el continente.”
“Les doy un dato importante” continuó Chávez dirigiéndose a sus ministros y a la teleaudiencia “ y es que la juez que lleva el caso es aquella, Joan Lenard, que no se si se acuerdan es la misma que condenó a los héroes cubanos y seguro puede haber recibido órdenes del imperio de que la próxima víctima sea yo, Hugo Chávez, y dicte una orden de captura en mi contra, así como contra ustedes, Elías, Jorge, Nicolás, que también pueden ser objeto de la persecución del imperio”.
No se refirió, Chávez, sin embargo, al caso y al nombre que le bullían en la mente y era la causa de que seguramente no habían dejado de temblarle la voz y las manos en las últimas horas, como es el expediente y la historia del general y expresidente panameño, Manuel Antonio Noriega, quien, luego de ascender militar y políticamente de la mano del general Omar Torrijos, lo heredó en la presidencia del Istmo (1983), pero en absoluto para normar la vida democrática del país y restablecer la constitución, sino para violarla aún más, hacerse presidente o dictador vitalicio, y si lo dejaban, fundar una dinastía: la de los Noriega.
Y fue en estos menesteres, -los de construir una dictadura y una dinastía-, que Noriega descubrió que era un furioso antiimperialista, antigringo desde que tuvo uso de razón, un nacionalista cuya misión era despertar al continente, un marxista y socialista que había leído “El Capital” en el vientre de su madre, un mestizo de indio y negro dispuesto a despertar el orgullo de las razas, y sobre todo, un militar y guerrero que con armas y equipos militares, ejércitos, milicias y reservas (“con el pueblo armado”) estaba dispuesto a desafiar y derrotar a los ejércitos imperialistas si “hollaban el sagrado suelo de la patria”, para recordar a otro general, pero venezolano: Cipriano Castro.
Pero también un fanático de Fidel Castro y la revolución cubana, de Ortega y el sandismo, del Farabundo Martí y sus guerrillas, de Marulanda y las FARC y de todo cuanto pudiera contribuir a encubrirle sus estentóreas, desmesuradas y locas ambiciones.
En otras palabras: que Noriega podía llegar al extremo de implantar una dictadura marxista y totalitaria, destruir la economía y la política panameñas, de arrasar con la sociedad civil y los principios ciudadanos, si era que no lo dejaban disfrutar del goce, jugar con el juguete de gobernar él y sus descendientes hasta que Dios decidiera otra cosa.
Pero no solo era cuestión de palabras y deseos, de discursear y declarar, sino que Noriega aparecía en cadenas incontables e infinitas de la radio y televisión, rodeado de ministros y generales, de revolucionarios de dentro y de afuera, en mitines, marchas y caravanas, donde arengaba a los suyos y a las multitudes a no cejar un segundo, ni un milímetro en la decisión de hacer morder el polvo derrota al archienemigo de Panamá, Latinoamérica y la humanidad: el imperialismo yanqui.
Me acuerdo que se hizo típico –y hasta popular- en aquellos días, prender la televisión y encontrarse con el general Noriega en zafarrancho de combate, en una marcha, un mitin, un desfile, una reunión social, y hasta en un consejo de ministros, blandiendo un machete, agitándolo en el aire y gritando: “Así como he militado en la causa de la revolución, de la nación y del pueblo desde mi más tierna infancia, no dudaré en entregar mi vida, en enfrentar la muerte, por Panamá, Latinoamérica y los que más sufren”
Lo que contaban los archivos de inteligencia de Estados Unidos, México, Cuba, Colombia, Israel y Francia, sin embargo, del general Noriega era otra cosa, pues, había sido un cumplido agente de la CIA casi “desde que tuvo uso de razón” y “desde su más tierna infancia”, colaborador conspicuo como oficial de la Guardia Nacional Panameña de la fatídica Escuela de Las América, y partícipe en represiones, persecuciones y violaciones de los derechos humanos de revolucionarios y nacionalistas, no solo en Panamá, sino en países de Centroamérica y el Caribe.
Y dispuesto a dar órdenes de disparar, torturar, encarcelar y exiliar a los panameños que se oponían a sus designios, a su empeño en ser el primer presidente vitalicio y dinástico de América latina…después de Fidel Castro.
Pero había más, mucho más: los datos de más reciente data de aquellos tiempos, los que se referían a los últimos años del general Torrijos y a los tiempos en que su sucesor había ascendido a la presidencia, hablaban de un general, Noriega, con relaciones intensas con el cártel de Medellín y el cártel de Cali, cuyos cabecillas, Pablo Escobar y Rodríguez Orejuela, se encontraban frecuentemente con el general, visitaban Panamá y usaban su territorio como aliviadero de las flotas que viajaban al norte transportando cocaína.
O sea, todo un personaje fundador y pionero de la narcopolítica, de aquella que no tiene empacho en aliarse con las fuerzas más negras y abominables de la corrupción y la disolvencia, con tal de que el caudillo, de que el redentor, de que el comandante en jefe brille en su gloria por los siglos de los siglos y de los siglos, amén.
De modo que otra razón para que Noriega arreciera en su predica revolucionaria y antiimperalista y amenazara y desafiara a los Estados Unidos y a su presidente, Ronald Reagan, a que viniera por él, a que invadieran Panamá, si querían precipitar al imperio por el abismo de la humillación y la ruina.
Y la invasión norteamericana llegó (creo que el 20 de diciembre de 1989), y en menos de lo que canta un gallo, Panamá conoció la presencia de los marines, y de los aviones Stealth 116 y de los helicópteros Apache; y el ejército de Noriega, y sus milicianos y reservistas no se vieron por ninguna parte, y del mismo no se supo sino cuando fue capturado, llevado a los Estados Unidos, juzgado y condenado a 29 años de cárcel por “narcotraficante y lavador de dinero proveniente del narcotráfico”.
El general, Noriega, ha conocido, por cierto, cierta prensa en las últimas semanas, o meses, y es que, cumplido el término de su condena en septiembre del 2007, tuvo que esperar 3 años por una solicitud de extradición “por narcotráfico” del gobierno de Francia, concedida en abril del 2010.
Y debe ser contemplando el retrato de un Noriega envejecido, vencido y destruido por los años, las rejas y la loca ambición -que ha circulado profusamente en estos días-, que Chávez debe haberse preguntado no una, sino mil veces: “¡Dios mío, ¿seré yo? En algunos años ¿seré yo?”
Pero aterrizando en el juicio de Miami, la detención de los 14 venezolanos, y los autos que hasta ahora ha llevado a cabo la jueza, Joan Lenard, me salta la pregunta: ¿Tiene Chávez razones por qué preocuparse, debe de verdad esperar que vengan por él, y que en cuestión de meses, una decisión de la justicia norteamericana lo requiera para llevarlo a una corte como a un Noriega cualquiera?
Creo que en base a lo que está autos no, y de las informaciones periodísticas tampoco, y que salvo que el juicio tome un giro inesperado y dramático -de acuerdo a una lógica muy usual en la justicia gringa-, el presidente revolucionario y socialista, puede dormir tranquilo.
Y ese giro “inesperado y dramático” puede venir por el lado de que, estando Estados Unidos en estos momentos full de refugiados venezolanos que hasta hace muy poco fueron sus socios y protegidos en el sistema financiero (banqueros, corredores de bolsa y aseguradores), y de repente fueron convertidos en sus enemigos, y se les ha expoliado bienes, fortuna, país y honra, ¿no se presentarán a testimoniar en el juicio que lleva la juez Lenard, no irán a contarle lo poco cuidadosa que es la revolución bolivariana y su jefe a la hora de toparse y relacionarse con bienes, andanzas, y correrías de gente mal viviente y mal habida?
Aun más -y esto si es hilar fino- la feroz arremetida actual contra casas de bolsa y banqueros de la banca alternativa ¿no buscará querellarse contra un sector de venezolanos que tienen mucho que contar, y al cual debe calificarse de “bandidos, hampones y especuladores” antes de que empiecen a recordar historias de cómo sumas gigantescas de dólares negros entran al torrente circulatorio de la base monetaria venezolana y salen limpios de polvo y paja?
Pero, insistimos, no son certezas, sino teorías, presunciones, que en todo caso ayudan a explicar hasta dónde puede llegar la extrema ambición de poder, por cuantos laberintos y vericuetos puede perderse, con tal de hacerse con una presidencia vitalicia y de una dinastía con descendencia consanguínea y todo.
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