Libertad!

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domingo, 8 de mayo de 2016

Juego de tronos

Por Carlos Raúl Hernández
Cuando se habla de gobernabilidad se asume que es la gobernabilidad política, pero esa es una entre otras gobernabilidades: mantener la estabilidad constitucional por encima de las contingencias. Una gran complejidad para conducir la sociedad democrática se debe a que en ella hay cientos, miles de intereses legítimos que con frecuencia chocan o, en todo caso, rozan. El primer paso a dar por un grupo dirigente es reconocer que los conflictos son entre intereses legítimos. Tienen derecho a actuar los partidarios del aborto tanto como quienes lo rechazan, siempre que lo hagan en el marco de la ley. Y si los consumidores aspiran productos baratos mientras productores y comerciantes quieren ganar más, tendrán que actuar de acuerdo al Estado de Derecho. En medio de la discrepancia la sociedad vive en equilibrio dinámico, en gobernabilidad democrática.
La diferencia de intereses es el pluralismo, elemento esencial de la sociedad civil, que se enriquece con todo tipo de organizaciones que defienden parcelas. Y en las democracias ha tomado cuerpo un sistema de consulta previo a la toma de decisiones, el “diálogo social”, conocido también como tripartita, en cuyas instancias participan principalmente el Estado, los sindicatos y los gremios empresariales. En los países normales este sistema de consultas ayuda en las decisiones económicas, particularmente para los momentos de crisis. La cohesión social, un concepto-valor esencial para la sociología, se  logra cuando se reconocen y se procesan normalmente estos intereses, nunca cuando se hostilizan. Pero la incompetencia de dictaduras y semidemocracias del socialismo del siglo XXI, los gobernantes entienden la estabilidad como sojuzgamiento o soborno.

¡Proletarios del mundo huid!
Se abre paso a la denigración y persecución de los intereses diversos, para implantar una gobernabilidad de facto, al estilo maquiavélico, a base de sangre, cárcel e intriga. Determinados grupos son espurios, ilegítimos de acuerdo con las aberraciones ideológicas de algún régimen, e inician contra ellos persecuciones que aumentan de grado de acuerdo con la conflictividad. Lo más contrahecho, subdesarrollado y grotesco, es ver a un funcionario insultar en público a una colectividad sectorial o a un individuo. En estos transportes se inventan oligarcas, repiten con Lenin el término burguesía y levantan la bandera de los explotados, para desatar la persecución contra todos y arrasar los medios de comunicación. El resultado ayer en la URSS y hoy en Venezuela es el mismo, tragedia, desorden, miseria… y colapso. Durante los ochenta el mundo entero sufrió la catástrofe del socialismo y el intervencionismo.
Pero con su talento infinito para engatusar y disimular, las viudas socialistas acuñaron el mito del neoliberalismo y pasan a la ofensiva en vez de rendir cuenta de su fracaso. Es insólito que estos picados por la mosca tse-tse del sueño, primero populistas y luego revolucionarios, sigan hablando de lo mismo como si tal cosa, mientras Venezuela, Brasil y Argentina, víctimas del proyecto, ruedan escaleras abajo. Unos que emprendieron la batalla contra el neoliberalismo, como Bolivia, Nicaragua y Ecuador, lo hicieron muy amarraditos con el FMI y el mercado de capitales. Por el contrario, la biografía del grupo del socialismo del siglo XXI arranca por desencajar la inversión,  establecer controles de precios y de cambios, desatar la inflación, la devaluación, la fuga de divisas, el gasto fiscal corrupto y quiebran las empresas, con lo que las naciones se despanzurraron.

Lannister en la 905
Al paso avanza la ingobernabilidad social, desempleo, informalidad, caída del salario real, deterioro de las escuelas y alza de la delincuencia y  su contraparte, la inseguridad. Se venían incubando los embriones de la ingobernabilidad política, pero he allí el aporte del socialismo del siglo XXI, que tuvo la precaución de asegurarse el control institucional casi total y el fin de la separación de poderes por medio de las constituyentes (o “reconstituyentes”) y otros mecanismos útiles. El poder luce de pie porque los interesados pueden sortear los mandatos constitucionales para el cambio democrático. Eso hace lúgubre la situación de Venezuela: ingobernable en lo económico y social, en el inframundo, con miseria y abandono impensables y una nave encallada en funciones de gobierno, cuyos mandos son nulos para hacer o pensar que supere la situación. La bestia herida espera la muerte.
No tienen idea de qué hacer, no dan la cara y solo presencian la destrucción, el crimen, el dolor, la miseria como quien ve Juego de Tronos. Pero por otro lado, la ingobernabilidad política toma una forma estremecedora: el asesinato sistemático de militares y policías (ya no únicamente los civiles) y la toma del control territorial por las megabandas hamponiles, y no en los confines limítrofes, sino en la región central y la capital. El único factor eficaz con que cuenta el Estado venezolano de hoy es, sin apoyo popular, la maquinaria coactiva, la capacidad de ejercer fuerza y por eso los grupos hamponiles enfocan su acción a debilitar sistemáticamente su punto de apoyo. Golpean todo el tiempo y duro en el mismo sitio de la muralla porque saben que nada soporta un embate así en el tiempo. Como hace Tyrion Lannister.
@CarlosRaulHer
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