Libertad!

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sábado, 29 de septiembre de 2012

EDUCANDO A CHÁVEZ, EL HISTORIADOR ANALFABETO


-Alberto Rodríguez Barrera-   



EDUCANDO A CHÁVEZ,
EL HISTORIADOR ANALFABETO

 Más democracia –como concepción política renovadora- es lo único que puede transformar al hombre en ciudadano, revigorizando los sentimientos de libertad y justicia, no sólo en materia electoral y partidos no oligarquizados, también planteándose la trascendencia del hombre como individuo y comunitariamente, creativa y pacíficamente en busca de la felicidad, donde el Estado se socializa y nacionaliza haciéndose de todos. Y teniendo siempre a mano una exclamación: ¡Es la democracia, estúpido!

 
   Debemos partir siempre de la defensa de la democracia, repasando la evolución habida en lo que se resume como gobierno del pueblo y para el pueblo. Sin llegar a la Grecia de Pericles y a la sistematización de Aristóteles, o a la República romana donde el Senado actuó con una representación bastante eficaz al reconocer intereses de los menos favorecidos, cabe recordar que luego el cesarismo degeneró en golpismo pretoriano, abandonándose las prácticas democráticas. La Edad Media y el feudalismo fue una larga noche oscura para la democracia. Posteriormente hubo brotes positivos pero permaneció el freno y el desmantelamiento por la alianza aristocracia-absolutismo monárquico. Los siglos 16, 17 y mucho del 18 vieron el nacimiento de los Estados nacionales modernos a costa de pérdida de las libertades y la concentración del poder en un monarca absoluto.
     Con el espíritu de la Ilustración en el siglo 18 vemos la semilla –efímera y luego frustrada- de la democracia moderna, con atisbos a favor del pueblo. La revolución industrial requirió una nueva envoltura tras el desmoronamiento de los vestigios feudales, del mercantilismo del absolutismo político y de las autolimitaciones del despotismo ilustrado. La democracia burguesa llegó a finales del siglo 18 y principios del 19, con su revolución liberal (libertad de contratación, erradicación de los gremios, división del trabajo y librecambio); la burguesía era la única que disfrutaba de las célebres libertades de credo, pensamiento, reunión y expresión. Pero también surgieron las propuestas para transformar la sociedad de clases, de explotadores y explotados, en una sociedad sin clases, igualitaria: democrática; plenitud que pasaría de la necesidad a la libertad, de la explotación-opresión donde a cada quien se le exigiría según su capacidad y a cada quien se le daría según su necesidad.
 
     La presión de socialistas y socialdemócratas produjeron cambios importantes, se fortaleció el sindicalismo, la  educación, la cultura social, la información; se fue haciendo viable el sufragio universal para la población. Se pudo ahora opinar e influir en la evolución política a través del voto. Pero la verdadera reforma del capitalismo victoriano y de la democracia vinieron con el reconocimiento del sindicalismo y del derecho de huelga, y para los años treinta del siglo 20 comenzó una auténtica reforma del sistema capitalista; y el sufragio universal dejó de ser una vestidura de oligarquía y casiquismo. Aunque hubo otros cambios, que obviaremos en aras de la síntesis, la desigualdad subsistió y subsiste; permanecen barreras para la participación efectiva; en la Unión Soviética sucumbió la democracia política por el monopartidismo,  barrida la democracia social por la omnipresencia del Estado centralista, autoritario y burocratizado, se trastocó la sociedad de iguales en una de semiclases y semicastas, donde lo importante no era la consecución de la felicidad sino situarse en la Nomencklatura, pretendiendo defender los intereses del pueblo; un neodespotismo no ya ilustrado, sino dirigista, contrautopía frustrante del sueño de democracia social.

    Hoy concebimos la participación como algo superior a la fallida delegación que se perpetúa debido a la carencia de educación política en las mayorías del pueblo. Buscamos una democracia más avanzada para el presente, que incremente con racionalidad la incorporación a los centros de decisión y a sus proyectos, vigorizando núcleos activos a todo nivel; ganar terreno impregnando al conjunto, descentralizando, horizontalizando el poder, insistiendo en la fuerza creadora de la autonomía, solidarizándonos con la fuerza de la libertad, la igualdad y la fraternidad, en términos socales y espaciales, renovando el esquema de crecimiento inercial para pasar el desarrollo integral…

     Es la sociedad la que tiene derecho a evitar rupturas irreversibles en los equilibrios, la que tiene el derecho de actuar para evitar el derroche necio de los recursos, la que debe exigir que se garantice la vida, que se potencie la Naturaleza y que se luche contra la burocracia que está al servicio de oligarquías de todo tipo; caos organizado como la seguridad social y apéndices de la ineficacia como la justicia, remedo degradante de una injusticia institucionalizada. Más democracia implica la socialización del Estado y no la estatificación de la sociedad, tampoco implica Estado pseudosocialista o frente neocapitalista.

     Más democracia –como concepción política renovadora- es lo único que puede transformar al hombre en ciudadano, revigorizando los sentimientos de libertad y justicia, no sólo en materia electoral y partidos no oligarquizados, también planteándose la trascendencia del hombre como individuo y comunitariamente, creativa y pacíficamente en busca de la felicidad, donde el Estado se socializa y nacionaliza haciéndose de todos. Y teniendo siempre a mano una exclamación: ¡Es la democracia, estúpido!


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