Libertad!

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domingo, 22 de agosto de 2010

DE COMO EL COBARDE NO SABE COMPORTARSE COMO UN HOMBRE

ALBERTO RODRÍGUEZ BARRERA

No se “ataca” para defender y exaltar las estructuras nativas; se “ataca” para revivir la decadencia de pasados comunistas, de una política desbaratada en vías de extinción. Y todo se hace desde arriba, en cenáculos que no toman en cuenta las verdaderas conveniencias del desarrollo integral venezolano. El afán del chavismo –consciente e inconscientemente- amenaza con la desintegración de nuestros valores más consistentes; todo bajo la férula de un déspota no ilustrado.

“Porque siendo el Estado una asociación, y es una asociación de ciudadanos en una constitución, cuando la forma de gobierno cambia, y se vuelve diferente, entonces puede suponerse que el Estado ya no es el mismo, al igual que un coro trágico se diferencia de un coro cómico, aunque los miembros de ambos sean idénticos.” Aristóteles

Hay ataques que son huidas, ataques que sirven para escapar, ataques que arman un ruido distraccionista para evitar la confrontación real, ataques que sólo revelan la incapacidad para resolver aquello que queremos contradecir, ataques cuya utilidad única es mantener una situación precaria que permita la supervivencia de la propia ineficiencia. Este es el caso del chavismo en su lanzamiento de fuegos artificiales contra el imperialismo yanki y cualquier cosa que no sea de su gusto. Son maestros avanzados de los trapos rojos.

Las enseñanzas de la historia no le sirven a quienes escogen con pinzas elementos pasatistas que únicamente sirven para la instalación de sus estereotipos –generalmente resumidos a slogans-, para “hacer creer” que tienen fundamentos sólidos con los cuales echar adelante o resolver los problemas de un país. Su afán del poder por el poder mismo se ubica por encima de los intereses del país y de su gente. Se convierten en manipuladores profesionales que, antes que dilucidar coherentemente la problemática que deben confrontar y solucionar, desvían los objetivos fundamentales hacia subjetividades menores, atentos exclusivamente a la conservación y buen cuidado de su propio pellejo, de una supremacía que no se corresponde con la realidad.

La historia nos dice que en India, China, Japón, Iran y otros países del globo, contrarios en principio al avance de Occidente, se dieron batallas para combatir la “occidentalización” y los imperialismos que amenazaban con absorberlos. Tales luchas, con éxitos y fracasos, enseñaron y establecieron prioridades, estrategias que no se limitaban simplemente a darle la espalda a la confrontación, reculando en insultos como quien “tira la piedra y esconde la mano”. Las grandes potencias occidentales (Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Alemania, Estados Unidos) persiguieron la occidentalización del resto del mundo; era como una fuerza de gravedad que no hacía posible otro camino. Aquí la lucha de insultos y odio no sirvió para nada, excepto para dejar claro que la importancia mayor del asunto era evitar que los imperios asumieran el control político, económico y militar de cada país, del mundo entero.

En mayor síntesis: confrontar aquello que va en contra de los intereses y conveniencias superiores de cada país es ocupar una posición de diálogo o un terreno donde debe conservar el control de los procesos de gobierno, de la sociedad, de la economía y de la tecnología consiguientes. Japón, por ejemplo, al occidentalizarse, eludió la dominación y con ello derrotó al occidente. La enseñanza podría ser que el “anticolonialismo” o “antiimperialismo” significa esencialmente “mantener el control nativo”; no significa el regreso a situaciones precoloniales. Iran, por otra parte, bajo los ayatolas, no busca restaurar la Persia del siglo 18, busca desarrollar una Persia moderna utilizando la tecnología, las industrias, las fuerzas armadas y la ingeniería de Occidente, aunque con la religión y los valores primitivos del Islam. Rusia y China están repudiando su propio pasado reciente; sus estructuras básicas se sustentan en conceptos e instituciones importadas de Occidente. Y atrás quedaron y van quedando, junto al comunismo “peleón”, los “ataques” falsos, inútiles, estúpidos, infructuosos.

La civilización nos ha traído a un presente donde todos estos países –llámense democráticos, socialistas y comunistas; afectos al paternalismo- siguen modelos occidentales en ejércitos, bancos, empresas; todos persiguen el desarrollo económico y su gente más preparada se educa en Occidente. Porque mantener el control en manos nativas es una lucha política que no puede hacerse –como hace el chavismo- como el avestruz ni con la actitud de una niña malcriada que ataca rasguñando y chillando en defensa de una virginidad hace rato despojada; y tampoco se puede ser puta. No somos la Cuba castrista; no somos chulos; tampoco podemos ser estúpidos.

Los estúpidos “ataques” del chavismo hacia quienes no son más que nuestros más cercanos socios (EE UU, Colombia, etc.) están fundamentados en una Perestroika lejana, externa al país, que no tiene futuro y que ejecuta una desmembración hacia el interior de Venezuela. No se “ataca” para defender y exaltar las estructuras nativas; se “ataca” para revivir la decadencia de pasados comunistas, de una política desbaratada en vías de extinción. Y todo se hace desde arriba, en cenáculos que no toman en cuenta las verdaderas conveniencias del desarrollo integral venezolano. El afán del chavismo –consciente e inconscientemente- amenaza con la desintegración de nuestros valores más consistentes; todo bajo la férula de un déspota no ilustrado.

Recuerda uno la Perestroika de Gorbachov porque también fue un esfuerzo tardío de salvación, consecuencia del fracaso de la Unión Soviética, para tratar de reorientar la decadencia comunista. Allá, el proceso de desintegración no pudo dar marcha atrás, la descomposición ya no tenía remedio. Y tenía que ser así, porque la imposición de la verdad única incluía que el idioma ruso era el oficial, el del gobierno, de los negocios, de la ciencia, como en la época de los zares; otro idioma –de los tantos existentes en la URSS- era “pecaminoso”, “conspirador”, “traición a la patria”, “cosa de hombres” y demás lindezas, pese a que sólo una tercera parte de la población conocía el ruso.

Por razones similares, resulta difícil pedirle al chavismo que se comporte como un hombre...

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