jueves, 27 de diciembre de 2012

ALLENDE Y EL CASTROCOMUNISMO EN CHILE

Antonio Sánchez García

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                El 10 de noviembre de 1971, a un año y seis días de cumplirse el primer aniversario de la asunción de mando por parte del viejo parlamentario y tribuno chileno, doctor Salvador Allende, al frente de la Unidad Popular, histórica alianza conformada por todos los partidos de izquierda y centro izquierda, llegaba a Chile a cumplir una breve visita de Estado el jefe de la revolución cubana Fidel Castro Ruz.

                Su visita, que se extendió por 25 días que parecieron una eternidad, pues agudizó al extremo las contradicciones no sólo entre el gobierno y la oposición, profundamente anticastrista, sino entre los factores moderados y los sectores radicalizados de la alianza, provocó las mayores tensiones y un no disimulado desencanto en quienes no veían con buenos ojos la injerencia del castro comunismo en los asuntos internos de Chile. Desplegado durante esa tormentosa estadía con violencia y desparpajo, al extremo de que personal de seguridad cubana que acompañaba al Jefe de Estado caribeño protagonizó incluso enfrentamientos armados con sectores de la oposición democrática.

                Luis Corbalán, Secretario General del poderoso Partido Comunista chileno, hizo saber su desagrado e instó a que la visita se mantuviera dentro de los estrictos límites protocolares. El mismo planteamiento fue efectuado por los sectores socialdemócratas del Partido Socialista chileno y sus aliados del Partido Radical. En apoyo irrestricto a la presencia del comandante cubano se expresaron exclusivamente los sectores más radicalizados de la izquierda chilena: el sector del PS presidido por el senador Carlos Altamirano y la Izquierda Cristiana, y, fuera de la Unidad Popular, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR, aliado privilegiado del castrismo en Chile. Todos ellos mucho más próximos a la lucha armada y a la rebelión popular que al intento por imponer el socialismo mediante la vía electoral y pacífica. Como lo predicara en cambio el Partido Comunista, fiel a Moscú y claramente alineado en la estrategia de la coexistencia pacífica predicada por la Unión Soviética.

                Lo cierto es que las relaciones entre el Partido Comunista cubano y el chileno jamás habían sido afectuosas. Contrario a la estrategia de la guerra de guerrillas, uno de sus máximos dirigentes, el escritor Volodia Teitelboim, se había visto censurado y rechazado públicamente por la dirigencia cubana cuando se efectuara en La Habana el primer congreso de la OSPAAL (Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina) con el que Fidel Castro aspiraba a coordinar y dirigir las luchas revolucionarias del Tercer Mundo.

                Proclives a una estrategia escalonada y progresiva, estrictamente pacífica y parlamentarista, privilegiando incluso una alianza antes con la Democracia Cristiana chilena que con los sectores radicales de su tradicional y feroz competidor, el Partido Socialista – anti moscovista por tradición y profundamente nacionalista y latinoamericanista, en la onda del APRA peruano.

                De modo que aún contando con el respaldo de los sectores radicales, tan cercanos a la familia presidencial que una de sus hijas, la doctora Tati Allende, se había casado con el encargado de negocios de Cuba en Chile, una barrera aparentemente insalvable impediría que el gobierno de la Unidad Popular terminara en brazos de la tiranía cubana.

2

                Si en el seno del propio gobierno el castrismo encontraba poderosos e insalvables antagonismos, en el seno de la oposición de derecha y centro derecha el antagonismo era absoluto. Ni los partidos que cubrían el amplio espectro de conservadores, liberales y democristianos, ni las organizaciones empresariales, ni los profesionales y técnicos que alimentaban la fuerza principal de la poderosa clase media chilena estuvieron dispuestos a transar en la aceptación de la influencia cubana en Chile. Vale decir: en la tolerancia frente al intento por imponer el comunismo y desfigurar la fisonomía de la identidad nacional mediante una política de sistemática entrega al predominio castro comunista. Y lo que terminó siendo definitorio a la hora crucial de las decisiones históricas: ni el Parlamento ni la Corte Suprema de Justicia aceptaron la sistemática violación a los preceptos constitucionales que la imposición del castro comunismo  terminó condicionando en el comportamiento del gobierno de la Unidad Popular.

                El otro factor que hizo imposible que ese condicionamiento estratégico, político e ideológico, tomara el obsceno rumbo que ha asumido la penetración castrocomunista en Venezuela, hoy prácticamente en manos del gobierno cubano, fueron las Fuerzas Armadas chilenas. Desde el comienzo mismo del gobierno de Salvador Allende y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, hasta entonces interrumpidas, Fidel Castro desplegó toda su parafernalia seductora con el propósito de atraerse a la alta oficialidad chilena. Invitaciones oficiales, intercambio, regalos y un trato privilegiado no consiguieron distraer a la oficialidad chilena de su acendrado nacionalismo y su respeto irrestricto a la institucionalidad de su país.

                Durante los mil días de la Unidad Popular no hubo un solo momento en que algún oficial de las Fuerzas Armadas chilenas cayera seducido por los lazos de la intriga y la corrupción alimentadas desde La Habana. Es más: aquellos oficiales que como el general Carlos Prats estuvieron tan cerca de Salvador Allende en ningún momento mostraron la menor inclinación o simpatía por el castro comunismo. Su cercanía y lealtad al presidente de la República no tenía nada que ver con afinidades políticas o ideológicas: era la expresión de un institucionalismo a toda prueba. El cumplimiento irrestricto de la obligación hondamente profesional e institucionalista del elemento clave del estado chileno en sus 160 años de historia. La sola idea de dejarse corromper por un gobernante extranjero hubiera repugnado a hombres de la integridad y entereza moral de un Carlos Prats. Y se debe dejar constancia de que aún, enfrentado a la felonía de quienes eran sus subordinados, Salvador Allende impidió que se cometiera el menor acto de violencia contra sus cuatro edecanes, todos ellos obviamente leales a sus respectivas instituciones.

3

                Un último elemento que cabe destacar en la sólida e infranqueable impermeabilidad de la sociedad chilena ante la injerencia del castro comunismo durante el gobierno de Salvador Allende – así se tratara de un gobierno que agotó los esfuerzos por construir una sociedad socialista según el modelo soviético, lo que terminó por lanzarlo a la catástrofe - tiene que ver con el profundo nacionalismo patriótico de la sociedad chilena.

                Contrasta la ausencia de un santoral heroico del tipo impuesto en Venezuela con la figura de Simón Bolívar y otros próceres de la Independencia venezolana,  con el sentimiento profundamente nacionalista y patriótico que constituye la identidad chilena. Poco importan las diferencias de clase: el respeto a la institucionalidad y a todos sus símbolos, desde el escudo y la bandera al himno nacional y las glorias patrias, se observa y cumple de manera sacrosanta en cada familia y en cada individuo, fortalecidos por el sistema educativo chileno. Puedo dar fe del amor entrañable que un chileno siente por su bandera y la emoción inevitable que lo embarga al entonar el himno nacional. Nada ama más un chileno, que su Patria, así ese amor duerma en la inconsciencia. Por ello resulta absolutamente inimaginable una situación como la que hoy vivimos en Venezuela.

                Hay constancia de la oferta hecha a Salvador Allende por sus cuatro edecanes de parte de los miembros de la Junta de Gobierno para que aceptara viajar al exterior en un avión puesto a su disposición en el entonces cercano aeropuerto de Cerrillos, al sur de la capital. Bien pudo haber reunido a su familia y a los miembros más cercanos de su entorno y viajar a la Argentina y de allí a México, a Cuba, o adonde hubiera deseado. Hubiera sido recibido como un héroe, no como un traidor. Sabiendo que escogía la muerte, prefirió rechazar de plano tal ofrecimiento como prueba de la carencia de hombría y honorabilidad de quienes no se atrevían a ofrecerle esa vía personalmente. Tenía 65 años, amaba la vida, de la que disfrutaba en todos sus aspectos, y nada indicaba que estuviese enfermo o sufriera de algún impedimento. Prefirió quedarse en el que consideró su puesto de combate, luchar por su honor hasta el último momento y suicidarse cuando ya la toma del palacio de gobierno era inminente.

                Toda comparación es odiosa. Pero en ciertos casos, inevitable. Resulta extremadamente complejo y difícil imaginarse a un Salvador Allende convertido en dócil y obsecuente funcionario de una satrapía, entregando las escasas riquezas de su Patria para mantener un miserable gobierno extranjero, así se hubiera tratado de un régimen socialista, como el que él soñaba establecer en su país. Pero aún más difícil es imaginarse a una sociedad como la chilena, tolerando tal despropósito. Una sociedad profundamente orgullosa de sus ancestros, de sus tradiciones, de su cultura. Una sociedad que ha guerreado para defender y conquistar territorios, orgullosa de ver flamear su bandera desde el tórrido desierto de Atacama hasta en los inhóspitos confines de la Antártica. Una sociedad que sigue vibrando con los valores de su historia. Una historia, para ella, inolvidable, que conformó la Patria que la cobija.

                Cuba jamás, ni la castrocomunista ni ninguna otra, hubiera osado hollar suelo chileno. Tanto como ha hollado, humillado y despreciado nuestro suelo venezolano. Es la peor, la más dolorosa y trágica realidad de nuestro tiempo.

                 

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