Libertad!

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domingo, 3 de febrero de 2013

El colaboracionismo como traición

Adolfo Blanco R.
Desde siempre me han llamado la atención los documentales de la II Guerra Mundial donde se muestran las interminables filas de judíos avanzando como zombis hacia los trenes que los trasladarían hacia los campos de concentración y, posteriormente, hacia la muerte. En dichos documentales es impresionante constatar la total sumisión que muestran ante sus verdugos por lo que, a través de los años, he estado buscando la respuesta del porqué de tal actitud sin conseguir ningún argumento que me convenciera. Recientemente, por recomendación de un buen amigo, y basado en un comentario que me hizo de que existe una fuerte analogía entre su contenido y -salvando las distancias- la situación que se está viviendo en Venezuela, leí el libro titulado Eichmann en Jerusalén (Sexta edición en DeBOLSILLO, noviembre 2011, España), escrito por Hannah Arendt –filósofa alemana de origen judío cuya obra ha marcado el pensamiento social y político de la segunda mitad del siglo veinte- donde se relata el juicio al que fue sometido Adolph Eichmann después de haber sido capturado por los servicios secretos israelíes en Argentina y trasladado a Israel. Al leerlo creo haber encontrado la respuesta a la actitud de los judíos antes comentada, e, incluso, también la que explica lo qué está sucediendo hoy día con el venezolano de a pie a quien se le critica su actitud de dejadez, de zombi, y se le hace responsable de la delicada situación política que está viviendo el país. Así describe Hannah Arendt lo comentado al principio: 
El contraste entre el heroísmo de Israel y la abyecta obediencia con que los judíos iban a la muerte -llegaban puntualmente a los puntos de embarque, por su propio pie, iban a los lugares en que debían ser ejecutados, cavaban sus propias tumbas, se desnudaban y dejaban ordenadamente apiladas sus ropas, y se tendían en el suelo uno al lado del otro para ser fusilados- parecía un excelente argumento , y el fiscal le sacó todo el partido posible, al formular a los testigos, uno tras otro, preguntas como “¿Por qué no protestó?”, “¿Por qué subió a aquel tren?”, “Allí había quince mil hombres y sólo unos centenares de guardianes, ¿por qué no les arrollaron?”. Pero la triste verdad es que el argumento carecía de base, debido a que, en aquellas circunstancias, cualquier grupo de seres humanos, judíos o no, se hubiera comportado tal como estos se comportaron. (p.26)
Los hombres de la SS sabían que el sistema que logra destruir a su víctima antes de que suba al patíbulo es el mejor, desde todos los puntos de vista, para mantener a un  pueblo en la esclavitud, en total sumisión. Nada hay más terrible que aquellas procesiones avanzando como muñecos hacia la muerte. (p.26)
A la luz de estos hechos cabe preguntarse el porqué de estos escenarios criminales donde todo parecía fluir sin ningún contratiempo ni de parte de las victimas ni de los victimarios. Ahondando en la desgracia de este holocausto, la autora consigue la respuesta al identificar cuál era la organización que dentro de la Alemania nazi lo hacía posible y lo ejecutaba, realidad difícil de digerir por lo increíble debido a que entra en juego la traición personificada en el colaboracionismo de su propia gente:
El papel que desempeñaron los dirigentes judíos en la destrucción de su propio pueblo constituye, sin duda alguna, uno de los más tenebrosos capítulos de la tenebrosa historia de los padecimientos de los judíos en Europa. (p.173)
En Amsterdan al igual que en Varsovia, en Berlín al igual que en Budapest, los representantes del pueblo judío formaban listas de individuos de su pueblo, con expresión de los bienes que poseían; obtenían dinero de los deportados a fin de pagar los gastos de su deportación y exterminio; llevaban un registro de las viviendas que quedaban libres; proporcionaban fuerzas de policía judía para que colaboraran en la detención de otros judíos y los embarcaran en los trenes que debían conducirles a la muerte; e incluso, como un último gesto de colaboración, entregaban las cuentas del activo de los judíos, en perfecto orden, para facilitar a los nazis su confiscación. (p.174)
A pesar del horror que supone este colaboracionismo de índole administrativo y logístico de parte de la misma comunidad judía, el relato profundiza en el horror al desvelar la autora que también eran judíos quienes se encargaban de liquidar físicamente a los de su misma raza y religión:
El hecho, harto conocido, de que el trabajo material de matar, en los centros de exterminio, estuviera a cargo de comandos judíos quedó limpia y claramente establecido por los testigos de la acusación, quienes explicaron que estos comandos trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios, que arrancaban los dientes de oro y cortaban el cabello a los cadáveres, que cavaron las tumbas, y, luego, las volvieron a abrir para no dejar rastro de los asesinatos masivos, que fueron técnicos judíos quienes construyeron las cámaras de gas en Theresienstadt, centro este en el que la “autonomía” judía había alcanzado tal desarrollo que incluso el verdugo al servicio de la horca era judío. (p.181)
Allí donde había judíos había asimismo dirigentes judíos, y estos dirigentes, casi sin excepción, colaboraron con los nazis, de un modo u otro, por una u otra razón. (p.184)
Los venezolanos de a pie, desde hace ya unos cuantos años, nos hemos ido incorporando a esas largas procesiones de zombis que, día a día, nos conducen hacia los campos de exterminio de nuestras libertades e, incluso, de nuestra esencia venezolanista; y lo hacemos sin chistar, sin rebelarnos contra nuestros opresores, como corderos prestos al matadero. Y no es nuestra forma de ser la causa principal de este derrotero, sino, más bien, el hecho de que no solamente hemos carecido de dirigentes con arrestos suficientes para sacarnos del agujero en que estamos metidos, sino que algunos de ellos han jugado –y siguen jugando- al papel de colaboracionistas del régimen; antes, desde la tristemente famosa Coordinadora Democrática, y, ahora, desde la Mesa de la Unidad Democrática, que ha quedado reducida a actuar como una simple instancia de coordinación electoral. Es difícil encontrar una explicación diferente a la pasividad que muestra esa dirigencia, que no se atreve a ir más allá de comentar con cierta acritud las acciones del régimen sin aportar nada nuevo que clausure de una vez por todas el escenario de incertidumbres que estamos padeciendo.
Es por eso que, parafraseando a Hannah Arendt, podemos afirmar que recurrir al argumento de la forma de ser de los venezolanos de a pie para justificar la tragedia que estamos viviendo, carece de base debido a que, en estas circunstancias, cualquier grupo de seres humanos, venezolanos o no, se estaría comportando como ellos cuando sus dirigentes -casi sin excepción- en lugar de enfrentar con respuestas constitucionales efectivas las violaciones anticonstitucionales del régimen, siguen colaborando con él de un modo u otro, por una u otra razón. Por su parte, la otra dirigencia -la cubana-, la que gobierna hoy día a Venezuela, sabe muy bien que el sistema que logra destruir a su víctima antes de que suba al patíbulo es el mejor, desde todos los puntos de vista, para mantener a un pueblo en la esclavitud, en total sumisión.

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