Libertad!

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viernes, 15 de febrero de 2013

La indiferencia extranjera


Alejandro Pietri C.

Todos esos países indiferentes ante nuestra tragedia se escudan en los numerosos procesos de legitimación electoral que se han llevado a cabo en este país; todos favorecedores en una forma u otra del régimen castrochavista.

Si las organizaciones políticas acuden silenciosamente, con unos presupuestos electorales exiguos -si los comparamos con los del régimen- y en contra de un aparato propagandístico colosal en medios, recursos, organización y coacción, y luego aceptan con  santa pero incomprensible resignación las sucesivas derrotas, proclamando incluso  "¡sin fraude!" como  se apresuró a decir Capriles el 7 de Oct pasado, sería poco razonable aceptar acusaciones de autoritarismo y/o totalitarismo cuando están en juego ingentes intereses económicos o monetarios que el gobierno maneja a discreción de acuerdo con sus preferencias "revolucionarias" internacionales. 

Lamentablemente la dirigencia opositora se comporta a lo interno del país como si el escenario fuese el de una democracia que resuelve sus tensiones a través de elecciones, mientras envía al exterior mensajes de opresión y violación a los derechos humanos que generan sólo el eco comprensible de una lucha partidista interna, intensa, pero democrática al fin y al cabo.
Es precisamente esta actitud la que sume en la incertidumbre y la decepción a una buena porción de la ciudadanía opositora democrática que, a pesar de todo, con dudas y reticencias, termina demostrando nuevamente sus profundas convicciones democráticas participando en unas elecciones que sabe muy bien están manipuladas a favor del régimen por un CNE chavista, integrado por una mayoría de rectores obedientes a los intereses de la "revolución" y cuyo objetivo principal es el mismo declarado por la Presidenta del TSJ: apoyarla.

Llama la atención el silencio de la MUD respecto al sistema electoral; no solamente en lo relacionado con el abuso de los recursos y medios públicos, sino del mismo mecanismo interno, digital, de las votaciones, con el cual, además de la confiscación del acto ciudadano de votar, de introducir una tarjeta en una verdadera urna electoral, también se le ha confiscado el de escrutarlos, con lo cual ese hecho primario electoral ha sido distorsionado y desvalorizado totalmente; pues después de apretar un botón en la máquina electoral el elector recibe un ticket que deposita en lo que puede ser una papelera pero nunca una urna electoral, que no garantiza nada, pues ni sabe si será escrutado ni tampoco si el dato trasmitido a algún lugar de totalización, de cuyo funcionamiento no puede tener idea, coincide con su voluntad electoral.

Y no hablemos del REP que nunca ha sido presentado a la población; ni a la prohibición de observadores internacionales y de las encuestas a boca de urna, ni de la coacción a través de las captahuellas o del nuevo punto de información, ni del nunca explicado largo lapso entre el cierre de las mesas y la información oficial de los resultados, sobre todo cuando el régimen se jacta de tener –por que es suyo- el mejor sistema electoral del mundo.

Entonces, ¿quién puede creer en un país que con harta frecuencia legitima un régimen al que con la misma denuncia?

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