Libertad!

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domingo, 4 de octubre de 2009

Manuel Caballero // La revolución de los pobres

Esta no es una "revolución de los pobres" sino una pobre revolución
Cada vez que oigo a uno de esos mecateros criollos o importados decir que la peste que desde hace diez años ya largos asuela a este país sea "una revolución de los pobres" suelo asentir ante el escándalo de mis interlocutores: lo menos que piensan es que, maletín dolarizado de por medio, me cansé de la oposición y he decidido cubrir mis menguantes cabellos con una boina colorá. Nada de eso. Me refiero a una irónica expresión de los franceses para designar algo sucedáneo, de importancia secundaria, de pacotilla. Así, una actriz de segunda fila, pero rubia y de nariz respingada que buscaba atraer la atención mostrando sus poco apetitosas carnes, la crítica de los años cincuenta la llamaba "la Brigitte Bardot de los pobres".

A puñetazo limpio A un pobre muchacho que sin mucho éxito trataba de ganarse el pan a puñetazo limpio en un ensogado de barrio, se le tildaba sin piedad de "Marcel Cerdan de los pobres" recordando a la gloria del ring francés, muerto accidentalmente cuando vivía el más tórrido romance con Edith Piaf. La despiadada definición cruzaba las fronteras, hasta donde llegaba la influencia de la Ciudad Luz. Así, una vez escuché a un pintor referirse a un colega que sin mucha gloria lo imitaba, como "el Héctor Poleo de los pobres". Es en eso que yo pienso cuando oigo a los tarifados entusiastas arriba aludidos llamar "revolución" a esta cosa cuyo color favorito, su rojo, no viene del color tradicional del socialismo, sino de la boina de los paracaidistas. Y como al hablar de aquello esos señores suelen tomar como modelo la Revolución Cubana de 1959, no podemos dejar de pensar con Marx que también en el área del Caribe, los hechos históricos se dan dos veces, el primero como tragedia y el segundo como farsa. Una comparación volandera No pretendemos contar la historia de los dos movimientos, sino hacer una comparación volandera entre las dos acciones que para sus parciales, hacen el papel de respectivas actas de nacimiento: la acción cubana del Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y la inacción venezolana el 4 de febrero de 1992. Independientemente de la simpatía o antipatía que nos despierte cada uno de sus protagonistas, nadie puede negar que el primero mostró tenerlas bien visibles, el segundo bien escondidas. Pero dejemos eso. Dejemos incluso la comparación con alguna de las revoluciones clásicas del mundo o de nuestro continente, donde en materia de coraje sólo el derrochado por los mexicanos con la suya, dejarían el de estos correlones "revolucionarios" venezolanos en pelotas, en la indigencia pura. Vamos a referirnos a otros ejemplos venezolanos, y dejando de lado este aspecto del coraje físico; vamos a hacer la comparación entre gobiernos venezolanos anteriores con el de ahora, en materia de apoyos y colaboraciones. Sin ventajismos Y para no ser ventajistas, no vamos a hacer esa comparación con los mejores gobiernos anteriores, y ni siquiera con los medianos, sino con los peores, o al menos con los que, no sin razón, ha sido más severa la posteridad. Vamos a hablar de los gobiernos de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Sin apuntes, sin fichas, sin el recurso a una Wikipedia que mi analfabetismo tecnológico me impide utilizar, de pura memoria pues voy a poner en fila india algunos nombres de quienes apoyaron en forma entusiasta la llegada de Gómez al poder, y quienes siguieron haciéndolo ya después de que el general se había quitado la careta para mostrar su gélida faz de tirano. Entre los primeros, Rufino Blanco Fombona, a quien la esperanza colectiva le duró bien poco, a José Rafael Pocaterra quien comenzó a oponerse y a conspirar contra Gómez en 1918, y a un Rómulo Gallegos que había llamado "milagro político" el 19 de diciembre de 1908 y se autoexilió hacia 1930. Una larga teoría Después venía la larga teoría de los grandes cerebros que apoyaron a Gómez hasta el final: José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, César Zumeta, Pedro Manuel Arcaya, Diógenes Escalante, Caracciolo Parra Pérez, Pedro Emilio Coll, Lisandro Alvarado, Luis Razetti, Diego Carbonell, Manuel Díaz Rodríguez, Mario Briceño Iragorry, Arturo Uslar Pietri, J.A. Ramos Sucre, Tito Salas& Los puntos suspensivos al final del párrafo anterior corren el riesgo de extenderse hasta el final de la página. Dejemos espacio para Marcos Pérez Jiménez, un dictador detestado casi desde principio por la aplastante mayoría de la intelligentsia venezolana

. Y sin embargo asombra que en los primeros gabinetes después de 1948, uno pueda encontrar nombres como el de Augusto Mijares, Amenodoro Rangel Lamus, Pedro Ignacio Aguerrevere, Miguel Moreno, Luis Felipe Urbaneja; sin olvidar, más tarde, a Fernández Morán; y en el cuerpo diplomático, Guillermo Meneses, Mario Briceño Iragorry y Alberto Arvelo Torrealba, antiguos intelectuales medinistas. Se me va acabando la cuartilla.

Poco importa, porque nombres para la comparación no es que sobren. ¿Podría un embajador como Esteban Gil Borges o Diógenes Escalante ser comparado con este niño-bien tan pequeño burgués de uñas manicuradas, modos suaves y apellido imperial, cuyo reproche a un estudiante rebelde es "que come arepas de cochino"? Rematemos: esto que sufre hoy Venezuela sí es una "revolución de los pobres". Estuvimos tentados de escribir "de los pobres diablos"; pero "pobres" ya han dejado de serlo, y "diablos", no pasan de ser súcubos.

hemeze@cantv.net

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