Libertad!

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jueves, 15 de abril de 2010

Carlos Raúl Hernández // La violencia en Colombia

En Colombia varios encabezaron la lucha "por la decencia", "contra los viejos partidos", "los corruptos"
Quien no aprende de la historia repite sus errores. Pero si examinamos el índice de repitencia, o ella es una profesora incompetente o todos somos malos estudiantes. El libro titulado arriba (Caracas: El Nacional, 2010), placentera y densamente escrito por Américo Martín, entre otras propiedades tiene la de movernos ruin envidia por los vecinos de al lado. En medio de la violencia política extrema, el narcotráfico, y grupos terroristas de los más sanguinarios del mundo, Colombia frenó las tentaciones "moralistas" y mesiánicas, para construir el respeto a la democracia, incluso sobre los retos de la sangre.

La sabiduría de los núcleos dirigentes, políticos, empresarios, dueños de medios, sindicalistas, militares, obispos, contrasta con Venezuela, en la que el odio a los partidos llevó a los poderosos a tenderle la cama a la barbarie. Américo nos permite ver en movimiento, en carne y hueso, un elemento clave de la teoría política: las democracias no se desconsolidan, sino que las desconsolidan los factores de poder. Por muy fuerte que sea el rugido bárbaro a las afueras de la ciudad, si las puertas están firmes, no entrará. El peligro está en los caballos de Troya, como enseñan los griegos. En Colombia varios encabezaron la lucha "por la decencia", "contra los viejos partidos", "los corruptos". Sills dice que "la democracia entra en crisis cuando los demócratas intensos se identifican más con revolucionarios que con demócratas cuestionados. El último de estos corceles de madera envenenada fue la princesa Ingrid Betancourt, que venía directamente de Francia a purificar la política. Atractiva, inteligente, culta, bienhablada, entró al Senado al que iba en jeans y franela, y estuvo a punto desde allí, con glamour, de descabezar a Samper. Sólo que los jefes políticos comprendieron que era el camino del desastre y cambiaron la seña.

Como dice Américo, por un tiempo los grupos guerrilleros practicaron una guerra de posiciones y controlaron más de la mitad del territorio. Incluso acariciaron una ofensiva sobre Bogotá y no se descartaba que derrocaran al gobierno de Pastrana, que les dio, con la Zona de Despeje, todas las facilidades para su reorganización. Sobre los errores de ese y otros gobiernos se irguió Uribe con su política de Seguridad Nacional.

El análisis sobre el período de Rojas Pinilla es tal vez lo más revelador de la mentalidad democrática, incluso de su "dictador" proverbial. Apasionante la complejidad de los vericuetos por los que se metió Rojas -por cierto: entre las muchas cosas que me admiran de Américo es ser un testigo fisgón, al estilo de Robbe-Grillet, de lo que relata- con tal de que, incluso en el extremo, mantener las formas constitucionales.

carlosraulhernandez@gmail.com
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