Libertad!

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jueves, 15 de abril de 2010

EL INFIERNO CIERRA SUS CUENTAS

Alberto Rodríguez Barrera

A puerta cerrada es una pequeña obra maestra de la literatura dramática, densa, rica, bellamente construida. Y aunque no se vean los fuegos proverbiales del infierno ni los instrumentos de tortura, los ciudadanos los adivinamos rojos rojitos, de mentiras y cobardías infernales. Porque la soberbia, el reconocerse cada uno como único e imprescindible, los llevó al infierno de la muerte eterna. Muerte que se expresa en la absorción en la mirada de los otros.

“Pero el ciudadano que buscamos definir es un ciudadano en el más estricto sentido, contra quien no puede tomarse ninguna excepción, y su característica especial es que comparte en la administración de justicia, y en cargos.” Aristóteles

Ante la indolente hemorragia de desatinos que el chavismo apura y clava a los ciudadanos, aspirando salir del foso en metástasis de una incapacidad que por todos lados se ha hecho evidente y que agota hasta a las palabras para describir la abundancia de sus fracasos, se hace interesante volver a “las relaciones concretas entre la gente”, según las guías filosóficas expuestas en L’Etre et le néant (El ser y la nada), sobre lo cual Jean-Paul Sartre hizo una formulación dramática a través de la obra teatral Huis Clos (A puerta cerrada), estrenada en 1944 después de la Liberación y donde hace un uso efectivo de los mitos de la religión que rechaza.

La obra es ubicada en el Infierno, pero es un tipo de infierno inesperado (como a veces parece el chavismo). Toma la forma de una habitación sin ventanas ni espejos, con tres sofás, uno para cada uno de los tres personajes de la obra: Garcin, Inés y Estelle. Todos saben que han llegado al infierno, pero cada uno al entrar se sorprende por la ausencia de los fuegos proverbiales e instrumentos de tortura; al final descubrirán la verdad: son sus propios atormentadores; cada quien tortura a los otros.

Garcin y Estelle son cobardes e hipócritas; y es Inés quien los obligará a admitirlo. Garcin es el primero en llegar, y cuando Inés entra (cual virreina recia) le pregunta por qué se ve tan asustado. Él responde fríamente que no está asustado, y le sugiere que deberían ser corteses, ya que están ahí obligados a hacerse compañía. Inés, una brusca lesbiana, le asegura que ella no es una mujer cortés. Estelle, después de entrar, comparte con Garcin el deseo de suavizar la tensión por medio del comportamiento civilizado. Sospechamos que si Inés no estuviera, éstos dos se llevarían muy bien.

Los tres intercambian mentiras sobre las circunstancias que los trajeron al infierno. Garcin (cual alumno de la escuela del chavismo) dice que es un pacifista que fue asesinado por sus puntos de vista; Estelle, joven y bonita, dice que se casó con un viejo para conseguir dinero para su familia y que luego cometió adulterio con el hombre que amaba. Inés se ríe de ambas historias: ¿cómo pudieron llegar al infierno si uno es un héroe y ella una santa? ¿Por qué no decir la verdad?

Garcin confiesa primero: ha sido cruel con su esposa durante cinco años: trajo amantes negras a su casa y había hecho que su esposa les sirviera el desayuno en su cama. Inés confiesa que convenció a una mujer para que dejara a su marido y viviera con ella, luego hizo que la mujer se sintiera tan culpable que abrió el gas, muriendo ella e Inés. Estelle confiesa que llevó a su amante al suicidio después de matar a su bebé. Así, los tres quedan “desnudos”.

Garcin propone que deberían tratar de ayudarse, pero Inés lo rechaza: no tiene necesidad de ayuda. Estelle es más amistosa, hasta está dispuesta a entregarse a él. Pero Garcin no está contento con la buena opinión que de él tiene Estelle; también quiere la buena opinión de Inés; quiere la buena opinión de todo el mundo (como el jefe del chavismo). Entonces surge el por qué está maldito; no es por crueldad con su mujer sino por cobardía: trató de huir de la guerra, fue atrapado y murió como un cobarde. Esto le preocupa. Le pregunta a Estelle: “¿Me amas?”, y Estelle responde: “¿Crees que puedo amar a un cobarde?”

Garcin golpea la puerta para salir, pero cuando la puerta se abre, no se va. Le da la espalda a Inés; no quiere irse sin haber convencido a Inés de que no es un cobarde, y le pregunta: “¿Es posible ser un cobarde cuando he elegido la más peligrosa forma de vida?” Inés dice: “Tú sueñas con actos heroicos, pero en el momento de peligro, huyes”. Garcin dice que no soñó con el heroísmo, lo eligió. Inés pide pruebas: “Sólo los hechos muestran lo que un hombre se empeña en hacer”. Garcin responde: “Morí muy pronto. No tuve tiempo...” Inés: “Uno siempre muere muy pronto, o muy tarde. Y ahora tu vida acabó. Es tiempo de rendir cuentas. Tú eres nada más que tu vida”.

Garcin está furioso con Inés; Estelle, ya odiando también a Inés, sugiere que él tome venganza haciéndole a ella el amor, frente a los ojos de Inés. Garcin acaricia a Estelle, pero no logra escapar de la mirada despectiva de Inés, quien le grita: “¡Cobarde, cobarde!” Estelle apuñala a Inés, pero no la mata, porque ya está muerta. Y así termina la obra, con los tres comprendiendo que están condenados a su propia compañía hasta la eternidad. Garcin ya ha hecho el descubrimiento: “El infierno es la otra gente”.

Esta obra se disfruta más completamente a la luz de L’Etre et le néant, ya que varias de sus ideas son puestas en boca de Inés: tan maldita como los otros, cruel, ruda y sin encantos, pero sin ser hipócrita; de honestidad agresiva en su efectiva amargura. Estelle tortura a Garcin sólo con estar ahí; ambos persiguen una relación de amor imposible, arruinado por la presencia de una tercera persona. Garcin, en su mala fe, invoca la falsedad (como Sartre la ve, y como el chavismo la aplica), un esencialismo cobarde. El papel de Inés es enseñar el doloroso mensaje existencialista de que el hombres es lo que hace, y no más.

Garcin es cobarde porque sus actos son cobardes. A veces se olvida, para captar la fuerza de la obra, que todos estos personajes están muertos; ya no son seres libres; sus vidas han terminado; no tienen futuro; y ya no tienen más proyectos. Están malditos porque la posibilidad de salvación ya no está abierta para ellos. Garcin ya no puede ser valiente; la muerte ha cerrado la cuenta.

Sartre, al colocar a Huis clos en el infierno, no acude a un dispositivo teatral: está ahí porque uno de los temas centrales es la maldición y explora otro lado de la salvación, también estructurado en La Nausée y Les Mouches. A puerta cerrada es una pequeña obra maestra de la literatura dramática, densa, rica, bellamente construida. Y aunque no se vean los fuegos proverbiales del infierno ni los instrumentos de tortura, los ciudadanos los adivinamos rojos rojitos, de mentiras y cobardías infernales. Porque la soberbia, el reconocerse cada uno como único e imprescindible, los llevó al infierno de la muerte eterna. Muerte que se expresa en la absorción en la mirada de los otros.
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