Libertad!

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martes, 1 de marzo de 2011

Perros, ratas, cucarachas

Por: Héctor Abad Faciolince

GADAFI, FÍSICAMENTE —HACIÉNDOle honor a la vieja creencia fisionómica—, se parece a Daniel Ortega: la misma grasa facial, la misma barbita de chivo arrecho.
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Por algo serán amigos. En cuanto a perversiones también está cerca de su cuate Berlusconi: las mismas inclinaciones por las menores de edad. Aunque no sólo por eso son amigos: a Italia le gusta hacer negocios ventajosos en el norte de África desde los tiempos de Mussolini. Le encanta, como a Mao, rodearse de vírgenes. Para el dictador chino éstas encerraban entre sus piernas el secreto de la longevidad; para el tirano libio las 200 vírgenes que lo rodean (o rodeaban, en la guerra verdadera ya no se han vuelto a ver) eran una especie de amuleto y de cinturón de seguridad. Del chino tomó también la idea de un libro que resuma su inmensa sabiduría de estadista. Mao tenía el libro rojo; Gadafi, el libro verde. Como Chávez, tiene muchos pozos de petróleo y la pasión por los discursos grandilocuentes.

Pero no sólo tiene parecido con este tipo de personajes. Los tiranos ricos tienen el poder de seducir y de comprar apoyos en el mundo entero. Después de haber volado aviones y de haber sido inspirador y gestor económico de atentados terroristas, se reconcilió con las grandes potencias occidentales, que le sacaron muchas veces el tapete rojo, cerrando un ojo y olvidando, a cambio de miles de millones de dólares, sus crímenes contra civiles inocentes. En esto, además del dinero, influyó también un prejuicio racista muy arraigado entre las grandes potencias: los árabes musulmanes sólo están preparados para dictaduras feroces; su religión les impide pensar con libertad e independencia.

La vieja izquierda del mundo, la que creció con la idea de que la única revolución es la bolchevique, no ve nada interesante en una revolución liberal: los que piden las más elementales “libertades burguesas”, en vez de soñar con el comunismo y la dictadura del proletariado, están cambiando un tirano por otro, es decir, cambiando un dictador unipersonal por la dictadura del capitalismo. Ahí está su miopía: la libertad de prensa, de pensamiento, incluso de vestuario, les parece poca cosa: maquillaje. Lo único que realmente cambia la realidad es lo que quedó escrito en las biblias marxistas. Por eso no ven en estas revoluciones del mundo árabe sino señales de gatopardismo: cambiarlo todo para que todo siga igual.

Nadie dice que esto no pueda ocurrir. Pero lo que se siente en estas revueltas y revoluciones juveniles es que los viejos anhelos de libertades (de género, de movimiento, de credo, de iniciativa personal, de expresión) tienen la misma fuerza de hace 300 años y ahora se manifiestan a través de las nuevas tecnologías. En las fraudulentas elecciones de Irán, hace pocos años, esto se vivió por primera vez: los teléfonos móviles, internet, Twitter, las redes sociales, fueron el gran factor de cohesión, el gran catalizador de la revuelta. Y los más sorprendidos de todos han sido los extremistas religiosos, que ahora intentan cabalgar sobre la ola del cambio, que de alguna manera los descoloca y los supera.

Gadafi llama “perros, ratas, cucarachas” a sus propios conciudadanos, a los cientos de miles que se oponen a su aviación con armas rudimentarias o con sectores del ejército que no dispara a los civiles. Un mundo que parecía sólido se desmorona. Los árabes, que supuestamente eran distintos (de otra “civilización”, casi genéticamente atrasada), piden lo mismo que predicaba Voltaire y que se consiguió con las revoluciones liberales: democracia y libertad. Y esto no les gusta a los conservadores, que aman siempre el orden antiguo, cualquiera que sea, y tampoco a los predicadores nostálgicos de la revolución comunista, pues para ellos esto no es suficiente, o no es nada. Pero los ciudadanos de Túnez, de Libia y de Egipto están demostrando a sus dictadores, y al mundo entero, que no son perros, que no son ratas, que no son cucarachas.


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