Libertad!

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miércoles, 10 de octubre de 2012

Bajo la falsa égida de El Libertador, perdemos, paradójica. pero lenta y sistemáticamente, la libertad

Alejandro Pietri C.
Estoy despertando del duelo que aflige a la mayoría democrática de este país. La tristeza y el desencanto dan lugar a la indignación y a la perplejidad. Realmente creí estar preparado para afrontar filosóficamente la situación. No fue posible. Tiene que haber habido una esperanza muy profunda, una ciega e inconsciente convicción de que nunca podría pasar lo que pasó; de que nunca quedaríamos a merced de un régimen patán, corrupto y destructivo que pudiese autocomplacerse en el aplastamiento y la eliminación de todas las normas, tradiciones y valores que estructuran los sistemas y esquemas jurídicos, éticos, morales y culturales que dan vida a los pueblos libres.
Tristemente, bajo la falsa égida de El Libertador, perdemos, paradójica. pero lenta y sistemáticamente, la libertad

Hemos asistido a un proceso comicial pleno de vicios, violaciones, ventajismo, amenazas, coacciones, abusos y corrupción, bajo la mirada indiferente y cómplice de una directiva burocrática escénicamente electoral, de proyectadas y ejecutadas metas autoritarias en el pasado que, como era de suponer, fueron impuestas  de nuevo a favor de quienes la crearon y mantienen en vigencia.

En oportunidades anteriores he manifestado mi desacuerdo con los actos de supuesta intención electoral que pudiesen liberarnos de la tiranía por el hecho concreto de que el árbitro, así llamado eufemística y oficialmente, es posesión absoluta del contrincante electoral, el régimen, y que por lo tanto mal podríamos esperar de él la más insignificante neutralidad. Sólo una gran ingenuidad, limítrofe con lo irracional, podría avalar, en este caso, la esperanza de un mínimo de respeto democrático por la voluntad ciudadana.

No merecemos esto, aunque hayamos cumplido ya ocho años del Revocatorio fraudulento del 2004 llevados por un discurso absurdo de olvidar el fraude, de pasar la página como si nunca existió, de guardar silencio por un absurdo temor de propiciar la abstención y no poder ocupar los espacios de poder en el camino de la reconquista de la democracia. No lo merecemos por que aún con las dudas, con la desconfianza arraigada en nuestros corazones, hicimos tripas de ellos y como demócratas, o como ingenuos, o como ciegos, o como absurdamente esperanzados, acudimos una y otra vez a unos comicios que sabíamos, en nuestro interior, estaban arreglados. Arreglados al ganar o al perder y siempre con diferencias útiles al poder de acuerdo al estado de las cosas o de lo que dictara la prudencia de la tiranía, que se toma su tiempo mientras hunde lentamente sus garras dentro de la población que manipula, explota y empobrece.

Se me hace imposible tomar posiciones entre los razonamientos de quienes aconsejan seguir en la misma forma, creciendo, ocupando los espacios que, pienso, nos dejan, o de  quienes consideran que el camino electoral está cerrado desde hace años y que hay que tomar otros derroteros políticos más razonables, pero siempre excluyentes del golpe o la violencia, o de otros, desesperados, que se aferran a estos últimos.
Esperar nuevas y repetidas elecciones mientras se acaba con los últimos vestigios de libertad, se arrasa con los derechos humanos, se despoja a los ciudadanos de sus propiedades, de sus proyectos, de sus sueños, mientras el miedo nos acalla, nos ciega o nos paraliza no es opción, como tampoco lo son la violencia o el golpe con sus estelas de muerte y sufrimiento.

Los venezolanos debemos recuperar la confianza en nuestros líderes y ellos, incentivarla. Esto solamente es posible sincerando las situaciones, hablando con claridad y concreción, por que la democracia sin ello no existe.
Es necesario vincular la posición de la dirigencia opositora con los planteamientos y sentimientos de la ciudadanía democrática.

Las elecciones próximas de gobernadores exigen de una amplia participación que peligra por la desconfianza. Es necesario exigir con dureza, con fuerza,

  • la revisión pública y publicación del Registro electoral de forma convincente,
  • el conteo público inmediato al cierre de las votaciones, de todas las cajas de votación, paralelamente con el funcionamiento del sistema digital de votación legalmente establecido,
  • la presencia de los medios de comunicación,
  • la asistencia de verdaderos observadores electorales nacionales e internacionales,
  • la ejecución, como en toda democracia respetable, de encuestas a boca de urna,
  • la limitación del Plan República a acciones de vigilancia en las afueras de los centros y
  • la garantía tangible y pública de los testigos de la alternativa democrática en todos los centros de votación del país.

Estas deben ser conditio sine qua non para el reconocimiento de la legitimidad del acto electoral y, por tanto, para la  participación ciudadana en él.

Capriles, el esforzado candidato, con todo el apoyo de mucho más de ocho millones de votantes, debería convertirse en el abanderado de estas reivindicaciones ciudadanas desde estos precisos momentos. Para luego es tarde.


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