Libertad!

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domingo, 21 de septiembre de 2008

El Surgimiento del Totalitarismo

(Siglos XIX y XX) Alejo URDANETA

Algunas ideas fundamentales
El principio de toda manifestación absolutista está en la voluntad de un hombre que refleja su ambición en otros que lo apoyan, y en el contubernio se proponen la imposición de un deseo personalista. El poder en un solo hombre que dice representar a un sistema no es exclusivo de Occidente. Desde el Antiguo Testamento y Grecia, y en todos los continentes del mundo, se ha visto el dominio global que extiende su influencia hegemónica hasta llevarla al dominio político.
El Cristianismo en tanto doctrina exalta al individuo como centro de la existencia racional, y la voluntad humana de ser Uno e irrepetible arroja al hombre hacia lo que quiere. El objetivo puede ser noble, como ha ocurrido en la Historia con los grandes reformadores: Cristo, Bhuda, Zoroastro son ejemplos de la creación de principios espirituales absolutistas que buscan elevar la condición humana; pero también se corre el riesgo de desviarse hacia el mismo centro que impulsó a la voluntad: “…esta esperanza se hace voluntad, apasionada, frenética voluntad. Y es cuando se produce el endiosamiento”1
La idea de Dios desciende hacia los hombres y se personifica, pues resulta ser la única forma de acercarnos a él. En un texto olvidado de André Gide, el escritor francés contempla dos opuestos de la divinidad: De un lado, el cosmos y las leyes que rigen la naturaleza: materia y fuerza como elementos de la energía. Es lo que el autor llama el lado Zeus, que merece el nombre de Dios pero suprime toda significación moral. En el otro extremo vemos los esfuerzos humanos para erradicar la brutalidad y tender hacia el bien, lo bello, en un lento dominio de los impulsos animales, todo al servicio del hombre: Es el lado Prometeo y también Cristo, la ampliación del ser humano en todas sus fuerzas benefactoras. El Dios Prometeo – Cristo sólo existe en el hombre y para el hombre: se crea a través del ser humano, y no media la oración ni el ritual religioso en su acción como segunda divinidad.
Visto de esa manera, el absolutismo proclama la superioridad del hombre en el mundo. Es la criatura única como aspiración del humanismo, y sin embargo se aprecia en el fondo una contradicción, porque el hombre no puede llegar a ser Dios, en ninguna de las creencias sustentadas por el espíritu y el pensamiento.
– En el fenómeno que conocemos con el nombre de Totalitarismo hay un elemento que constituye su fuente u origen. Como ideología política, el totalitarismo no surge de una voluntad consciente de un individuo que un día decide asumir el dominio total de un país organizado como nación - Estado. Y ocurre que después se transforma en la expresión omnímoda del querer de un solo hombre.
Su existencia en la sociedad mundial es considerada como una desviación en el orden jurídico de las naciones occidentales, constituidas en Estados como la forma política que toma el conjunto de hombres que viven en comunidad organizada. El mundo europeo era una sociedad de Estados que tenían por suporte el principio nacional. Quedaban en el siglo XIX dinastías como la monarquía de los Habsburgo, pero las colectividades apelaban como siempre al sentimiento nacional. Se pertenece a una nación concebida como comunidad de sentimientos y características homogéneas de lengua religión y cultura: lo que se conoce como el ethos que identifica un país o una comunidad. El ethos es la organización inconsciente de un grupo o una sociedad, la morada espiritual de una comunidad. Es el elemento básico de la cultura, el fondo de donde proceden las normas, los valores, todo lo que se observa inconscientemente. La nación es el conjunto social, el Estado es la personificación de la sociedad nacional.
De esta manera, podemos situar el punto de origen del totalitarismo en un hecho que a su vez proviene de la existencia de las naciones – Estado: el Imperialismo, nacido del dominio colonial sobre esos otros Estados, en acciones expansivas que se adueñan de espacios territoriales y de bienes, e imponen en ellos el sistema político y de gobierno del Estado colonizador. El movimiento de la expansión por la expansión en sí misma es el concepto más preciso del Imperialismo.
Al irrumpir el Imperialismo en tono invasor, va influyendo en el carácter compuesto por los elementos nacionales y sustituyéndolo por el del colonizador.
Hablamos aquí del Imperialismo moderno: el de Inglaterra, Rusia y Alemania, sin referirnos al de la Roma antigua ni a los imperios asiáticos. Y pudiéramos incluir aquí al Imperio Otomano, dada su presencia activa en nuestro tiempo, desde el siglo XII hasta mediados del siglo XX.
I EL REORDENAMIENTO TERRITORIAL Y LA EXPANSIÓN POLÍTICA IMPERIALISTA
Cuando observamos el mapa político de Europa en el año 1814, después de las conquistas territoriales de Napoleón I Bonaparte, advertimos que todas las naciones del continente europeo, salvo el Reino Unido y Rusia, pasaron a ser colonias de Francia. Vino luego un breve tiempo de paz, hasta que el Emperador regresó de la isla de Elba a continuar su dominio, pero fue vencido por la coalición de Inglaterra y Prusia en la batalla de Waterloo, en Bélgica, el año 1815.
La derrota de Napoleón Bonaparte fue el inicio de una revisión minuciosa de la situación geopolítica de Europa, a partir de los acuerdos del Tratado de París de mayo de 1814, para llegar al Congreso de Viena iniciado ese mismo año, hasta su conclusión en 1815. La finalidad del Congreso de Viena fue decidir acerca de la restitución de las fronteras de las naciones colonizadas, para llevarlas a la situación anterior al dominio francés.
El resultado de las negociaciones sostenidas en el Congreso fue que Francia perdió todos los territorios conquistados por Napoleón, y se reordenó el mapa europeo creando reinos gobernados por dinastías, como en el caso de los Países Bajos, o manteniendo a otros países unidos bajo gobiernos monárquicos. Se impusieron indemnizaciones y Rusia recibió gran parte del Ducado de Varsovia, mientras que el reino de Prusia se benefició con la Prusia Occidental. Otros muchos cambios geopolíticos se hicieron en el continente, destruyendo el sentido de pertenencia a una nacionalidad.
La situación geográfica resultante del Congreso de Viena de 1815 se mantuvo vigente hasta la Primera Guerra Mundial.
El cambio de la geografía europea hizo nacer naciones soberanas, con relativa autonomía, muchas de ellas sin el soporte del requisito de la nacionalidad como fuente de ciudadanía y creador de la homogeneidad de las poblaciones con fronteras redefinidas.
A finales del siglo XIX se apreciaba el nacimiento del sistema Nación-Estado, estimulado por el desarrollo económico e industrial de Europa; y fue justamente el desarrollo lo que motivó la creación de los sistemas nacionales indispensables para realizar el progreso a que aspiraban. Nacía el sentimiento de la comunidad nacional, con orígenes comunes en la religión, en la lengua y en intereses compartidos. Antes del siglo XVIII las entidades políticas se basaban en relaciones religiosas y en vínculos dinásticos: el clan y la tribu imponían su carácter.
Cabe hacer notar que las contradicciones nacionales (religiosas, étnicas y sociales) dentro de los Estados, han tenido mayor peso que las contradicciones ideológicas como motivo de disensión. Los conflictos de los nuevos Estados nacionales, nacidos de los acuerdos post napoleónicos, han sido el origen de las contiendas que en el siglo XIX se presentaron, y no una supuesta lucha de clases.
En el año 1848 comenzó a notarse en los países de nueva formación política el surgimiento de insurrecciones que perseguían la realización de reformas económicas y políticas. Eran revoluciones de carácter liberal democrático y nacionalista, fomentadas por miembros de la burguesía, que reclamaban gobiernos constitucionales y representativos, y por trabajadores y campesinos, en rebelión contra el capitalismo, al que atribuían la pobreza que padecían. Detrás de estas protestas latían consideraciones nacionalistas: aquellos pueblos sometidos a gobiernos monárquicos extranjeros, impuestos por los acuerdos políticos, reclamaban crear un Estado propio, sobre bases liberales, para garantizar su carácter nacional.
Alemania, Italia, Checoslovaquia, Hungría levantaron protestas que no tuvieron resultados prácticos favorables, pero sí sirvieron de influencia en los gobiernos europeos al disminuir el concepto absolutista monárquico a favor del liberalismo y el socialismo.
Francia hizo el primer gesto de rebelión, en defensa del sufragio universal. Fue en la época en que los socialistas, con el liderazgo de Louis Blanc, derrocaron al rey Luis Felipe I de Orleans y proclamaron la II República. Pero tampoco se logró el consenso y Francia volvió a la monarquía y al imperio con Luís Napoleón, sobrino del Napoleón I Bonaparte, denominado Napoleón III.
El tema de la unificación nacional se planteó de nuevo en los estados alemanes e italianos y fue tomando fuerza en todos las demás naciones de Europa. La unidad de naciones tuvo en los imperios austríaco, ruso y otomano la primera manifestación de unificación, no obstante el fracaso de las revoluciones nacionalistas de 1848. Ya existían Estados Nación que adquirieron entidad política independiente, como Italia y Alemania; pero había pueblos que no se amparaban en la unidad y eran comunidades sin Estado, que aspiraban a tenerlo sin sujetarse a los imperios ya constituidos políticamente.
El Estado Nación sería muy pronto una realidad. Finalmente, las comunidades nacionales han alcanzado la estabilidad y están conformes con su configuración territorial y política.
La Primera Guerra Mundial fue la expresión de rebeldía ante la superioridad de las naciones establecidas, frente a los intereses de los pueblos todavía en busca de una entidad política.
Y no es temerario decir que todos los conflictos posteriores en el orden político internacional tienen su nacimiento en el siglo XIX, con el dominio imperial francés de Napoleón I Bonaparte. El caos que produjeron las invasiones y la apropiación territorial disolvieron el mapa europeo y el efecto se extendió hasta la raíz que define a las comunidades, por la religión y por los principios comunes de cultura que los han formado inicialmente y los definen.
Las luchas de las naciones en 1848, para lograr su independencia respecto de las monarquías, después del Congreso de Viena, no impidieron la expansión colonialista. La victoria alemana sobre Francia en 1870, además de la formación del reino de Italia como producto de los acuerdos de la post guerra napoleónica, impulsaron el imperialismo.
A mediados del siglo XIX quedaba un verdadero imperio mundial: el Británico, pero continuaron las políticas expansionistas en Alemania, Bélgica y Holanda, Francia o Rusia. Los continentes colonizados fueron África y Asia, sobre todo el continente negro.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial en 1918, las potencias victoriosas, y sobre todo Francia y Bélgica, consideraron la necesidad de estabilizar la seguridad del mundo contra una eventual resurrección de Alemania. Se establecieron inicialmente garantías militares y políticas, que consistieron en la limitación del armamentismo alemán y la ocupación de los territorios renanos occidentales que se había anexionado Alemania.
Los intentos de acuerdos de garantía no tuvieron la eficacia prevista, y fue el Tratado de Versailles del 28 de junio de 1919 el que fijó las nuevas fronteras de Alemania y estableció las indemnizaciones que debía satisfacer la nación germana. Surgió así un mapa europeo diferente al que había existido desde el Congreso de Viena de 1815.
Quizás la causa principal de la Segunda Guerra Mundial fueron los acuerdos del Tratado de Versailles, que gravaron a Alemania con sanciones económicas y pérdidas de territorios. De allí nace también el surgimiento de nuevos imperios.
– El capitalismo ha sido señalado como el impulso del cual nace el imperialismo, y debemos buscar en la burguesía el movimiento creador capitalista. Empujada por la necesidad de nuevos mercados, la burguesía ha debido penetrar y difundirse por doquier. Crea medios de comunicación y expande su necesidad en la búsqueda de la explotación del mercado mundial sobre la base de la producción y el consumo, para adquirir un carácter que comprende todo el mundo.
El perfeccionamiento de los medios de producción y la eficacia de las comunicaciones, se extiende la influencia capitalista. Estas ideas fueron expresadas por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista en 1848, era revolucionaria en Europa. Se identifica así burguesía con capitalismo.
Durante todo el siglo XIX, el carbón y el hierro, y a la par el oro, abrieron perspectivas de riqueza en la América inglesa. Después se extendió por todo occidente la influencia de esas riquezas naturales, para pasar a los países anglosajones los productos preciosos que antes había explotado el imperio Ibérico.
Muy pronto se sumó África a la oferta de oro, y los invasores Boers de Holanda participaron en la explotación aurífera en Suráfrica. La pérdida sufrida por Holanda de los territorios de Orange y Transvaal, a favor de Inglaterra, fue debida en gran parte a la inmensa producción de oro de esa región surafricana.
Del metal precioso se pasó a la moneda. El símbolo monetario está autorizado por el depósito en oro como reserva y respaldo del dinero. Fue desapareciendo el uso directo del metal precioso y se impuso el del papel moneda. Para los liberales, la moneda es el único medio de cambio, pero no es estable en su valor, y ello trajo a la economía la unificación de los sistemas monetarios nacionales.
Con la circulación monetaria en gran escala surgió la necesidad de crear un mercado de capitales y constituir la banca como institución de crédito, medio seguro de cambio por la fluidez de la riqueza en espacios muy distantes uno del otro.
El homo oeconomicus dirige el movimiento de la riqueza representada en la moneda. El líder Jean Jaurés, socialista francés y periodista fundador de L’Humanité, le rinde homenaje: “Hay en la producción burguesa, en su intensidad, en su perpetua renovación técnica, en sus responsabilidades siempre renacientes, en el espíritu de combatividad que desarrolla por la competencia, un prodigioso estimulante de las facultades de trabajo de los que la dirigen”.
Pero la marcha del capitalismo no es continuamente ascendente ni regular. Se presentan las crisis propias del sistema, que antepone el provecho de la remuneración a la mano de obra y conduce a exceso en la producción. Se suceden períodos de prosperidad y depresión, en forma cíclica.
El libre cambio sufre de estos vaivenes y el resultado se ve en la defensa de la política capitalista, que atribuye al nacionalismo las pérdidas económicas. Frente a ellos, los nacionalistas promueven el proteccionismo estatal.
Las contradicciones del sistema debidas a las circunstancias y la naturaleza misma del fenómeno, llaman a Europa y América del Norte hacia la expansión: el Imperialismo es el resultado.
alejo.urdaneta@gmail.com

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