Libertad!

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domingo, 6 de septiembre de 2009

La tarea militar no es contra los venezolanos

Alberto Rodríguez Barrera

Fue a la hora misma de nacer la República de Venezuela, soberana y libre, que nacieron las Fuerzas Armadas. Los patricios del Congreso y de la Sociedad Patriótica, los blancos pobres y los zambos, negros y mestizos de las barriadas caraqueñas y luego los de todo el país, fueron a poco de proclamada la independencia una nación en armas para consolidar en los campos de batalla el Acta suscrita el 5 de julio de 1811.

El guerrear incesante duró hasta Ayacucho, en 1824, porque detrás del dolmán rojo del Libertador se fue su pueblo armado, en la más hermosa y generosa de las aventuras, a ir regando de sangre y huesos de venezolanos llanuras y serranías, en el empeño de contribuir a la independencia de patrias hermanas, después de haberse logrado la de Venezuela en el segundo Carabobo.

El ejército de la República nació bajo el signo del heroísmo desinteresado, de la entrega de sacrificios y vidas a la patria recién nacida. En hermoso lenguaje, el Libertador le hacía justicia a sus compañeros de armas cuando calificó ante el Congreso de Angostura, en 1819, su desinteresado modo de comportarse, con estas palabras: “No combatiendo por el poder, ni por la fortuna, ni aun por la gloria, sino tan sólo por la libertad, títulos de Libertadores de la República son sus dignos galardones”.

En forma relevante contribuyó el Libertador a plasmarle a los ejércitos que conducía, a través de victorias y descalabros, su condición de fuerza armada subordinada a las leyes: “Yo soy soldado y mi deber no prescribe otra cosa”.

Y en las vísperas mismas del doliente deceso de Santa Marta ratificaba esa que fue su indesviable línea de conducta, más admirable porque sobre los hombros suyos reposaba la gloria de haberle dado libertad a media América. Afirmó que el soldado “no es el árbitro de las leyes ni del gobierno; es el defensor de la libertad. Sus glorias deben confundirse con las de la República; y su ambición debe quedar satisfecha al hacer la felicidad de su país”.

Esta doctrina bolivariana fue negada y contradicha por cuantos a lo largo de nuestra historia de nación independiente utilizaron las armas que la República entregaba, confiada, a sus soldados, para volverlas contra la nación y ejercer mandatos usurpados y despóticos. Y esto es lo que hoy no puede volver a repetirse, pese a los enconados y viles esfuerzos que se están haciendo.

Las Fuerzas Armadas de Venezuela, en su desarrollo profesional y técnico, jamás se beneficiaron de esos gobiernos autocráticos, que usurpando su nombre y representación tiranizaban al país y obstaculizaban su progreso político, económico y social. Empeño confeso o apenas disimulado de esos mismos regímenes de usurpación ha sido el de abrir zanjas de incomprensión entre las Fuerzas Armadas y los millones de venezolanos que integran la comunidad nacional.

Todos los venezolanos, los civiles tanto como los militares, tenemos cada uno una parte de responsabilidad en que tales gobiernos deslegitimados y sin vocación de servicio a la República hayan hecho padecer a Venezuela y entorpecido su proceso evolutivo y ascendente.

Los pueblos y los hombres, cuando tienen la voluntariosa decisión de hacer historia, no se esterilizan en el recuerdo de los males pasados. Aprenden de ellos la lección que impida recaer en los mismos errores que los hicieron posibles, y encaran afirmativa y optimistamente el porvenir.

Ello fue lo que hizo y seguirá haciendo, para ejemplo de América y orgullo de nuestro gentilicio, la Venezuela que arrancó el 23 de enero de 1958. Desde entonces vivimos buscando la convivencia y armonía dentro de un régimen de derecho, resultado de la soberanía que permite un sistema donde la colectividad decide y define inobjetablemente su destino.

En el ámbito civil y en la esfera castrense no pudde imponerse a la diabla el capricho de un gobernante, sino el imperio de la ley, que rige las relaciones entre el poder público y la ciudadanía. Y unas Fuerzas Armadas con sentido de total responsabilidad nacional tiene que preocuparse hoy, con un mismo interés venezolano, porque se quemen etapas en el camino del progreso colectivo, para desterrar el tiempo perdido.

Esa preocupación por mejorar y superar a Venezuela en todos los órdenes de su vida de nación también se orienta hacia un mayor perfeccionamiento de sus Fuerzas Armadas. No son ellas un añadido de la República, ni unos jefes superiores de todos, sino una necesidad sustancial de la República.

Sus hombres han escogido para servir a Venezuela una profesión signada de responsabilidades y deberes; y sus tareas cotidianas, intensas y con escaso tiempo libre para dedicarse a labores de pertinencia civil, escapan a la mirada de quien no traspone las puertas de los cuarteles, de las bases aéreas y navales.

Es la tarea del adiestrarse cotidiano para ser el eficaz brazo armado de la nación en la defensa de la intangibilidad de sus fronteras y de su sistema de vida democrático, si la patria llegare a ser agredida o si contra sus instituciones se pretendiera atentar. Es una tarea de defensa, que no de ataque.

Consciente de ello, la verdadera prioridad del gobierno es cumplir con un plan para que cada día sea mayor la capacidad técnica y la idoneidad profesional de las Fuerzas Armadas, con dotación suficiente y adecuada para la defensa de la libertad y la paz de los venezolanos. ¿De qué sirve la reaparición de recelos entre la nación y sus Fuerzas Armadas, esa herencia detestable que siempre dejan los gobiernos de usurpación?

Hoy más que ayer este último empeño deberá ser facilitado por la conducta correcta y digna, de respeto y apoyo a la constitucionalidad, de las Fuerzas de Aire, Tierra y Mar.
De cada una de las aventuras fallidas de los pocos que han pretendido convertir de nuevo al Gobierno en botín de audaces, debe salir fortalecida la fe de los venezolanos en los hombres a quienes entregó y confió la custodia de sus armas.

Los venezolanos inermes necesitan trabajar sin zozobras en la fábrica, en el surco, en el taller, en el laboratorio, en las aulas, en todos los lugares del crear constructivo, con la seguridad de que les velan y cuidan su derecho a la paz los venezolanos armados que han jurado frente a la bandera acatar y respetar la Constitución y las leyes de la República.

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