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viernes, 5 de marzo de 2010

Zapatero, mire usted: Yo sí que le voy a explicar

Laureano Márquez
TalCual / ND Marzo 5, 2010
Es el coctel del resentimiento, Zapatero, largamente acumulado y nunca resuelto de las desigualdades, las injusticias y las arbitrariedades, el que produce estos fenómenos que a su señoría tanto inquietan y a nosotros tanto oprimen. Así que yo que usted, seguiría como ha hecho hasta ahora, con la mente puesta en el poder y la fortuna y sobre el resto me haría, como dicen los indianos, el pendejo.

Todo comenzó el 12 de octubre de 1492, cuando Isabel y Fernando, casados bajo el lema de: “tanto monta y monta tanto, Isabel como Fernando” (promesa que cumplieron fielmente), financiaron la venida de tres barcos de malandros, comandados por un italiano con un proyecto, ignorando que no hay cosa más peligrosa en la vida que un italiano con un proyecto.

Dichos personajes, llamados los conquistadores, Don José Luis, vinieron con la idea de buscar poder y fortuna.
Desde esa época en estas tierras que fueron de Su Majestad, los habitantes hemos asociado poder, no con servicio y entrega, sino con riqueza. Eso, más sencillamente, por estos lados se resume en la conseja de: “No me den, sino pónganme donde haiga”. Por ello, como dice la canción del maestro Simón, aquí nadie “obedece a freno ni lo paran falsas riendas”.

Así pues, el apego a las leyes de S.M., como usted comprenderá, no fue el principio fundacional de estas provincias. Como ve, desde los pretéritos tiempos, se instaló en nosotros la idea de que los caminos oblicuos, los atajos y las vías alternas, son los verdaderos caminos y que lo otro es una mera formalidad que todos aparentamos guardar. De hecho cuando juramos Constituciones y esas martingalas, lo hacemos desconociendo abiertamente el documento sobre el cual juramos, sin que nadie reclame que el juramento es írrito, ni esas cosas que tanto agobian al hemisferio norte.

Para decirlo en términos de Montesquieu, el espíritu de las leyes no es nuestro fuerte.
Añádale a lo anterior un contingente humano arrancado de su tierra violentamente y esclavizado, traído al país en barcos miserables y sometido a crueles maltratos y vejaciones en una tierra extraña por siglos y súmele, si aún le parece poco, el desplazamiento de los pobladores que primigeniamente habían ocupado estas tierras, en largo peregrinaje desde el corazón de Asia, pasando por el estrecho de Bering hasta instalarse para habitar estos espacios.

Póngase en el lugar de estos primitivos hombres y que, luego de este periplo, cuando ya está usted acomodado en el chinchorro, preparado para un merecido descanso de siglos después de feroz caminata, venga un carajo forrado de hierro a arrebatarle la tranquilidad. Imagínese sólo por un momento la arrechera.

Ahora bien, coloque todas esas angustias, dolores, injusticias y arbitrariedades en una coctelera y mézclelos. Bueno, eso somos nosotros: un contingente humano formado por exiliados, constituido por tres culturas, ninguna de las cuales se sentía a gusto en el lugar.

Nosotros siempre viendo esta tierra como un sitio de paso, supervivencia y exilio, nunca como un hogar que hay que defender.
¿Entiende ahora por qué le está entrando tanta gente con el propósito de quedarse en la madre patria? Es el conquistador, Don José Luis, es su bisnieto realizando el sueño de su antepasado de volver a España, para ser un “hijodalgo”, buscando ser el hijo de una madre patria que aquí no consigue, que le brinde la seguridad que aquí no encuentra.

Es el coctel del resentimiento, Zapatero, largamente acumulado y nunca resuelto de las desigualdades, las injusticias y las arbitrariedades, el que produce estos fenómenos que a su señoría tanto inquietan y a nosotros tanto oprimen.

Así que yo que usted, seguiría como ha hecho hasta ahora, con la mente puesta en el poder y la fortuna y sobre el resto me haría, como dicen los indianos, el pendejo. No pida usted más explicaciones que esta que se le ofrece, no indague que el que busca encuentra.
Siga el consejo de su canciller, no más desatinos.
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