Libertad!

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miércoles, 31 de marzo de 2010

Crisis militar en la Fuerza Armada Bolivariana

Fernando Ochoa Antich
Introducción
La palabra crisis es definida por el Diccionario de la Real Academia Española como una mutación importante de un proceso, ya sea de orden físico, histórico o espiritual. Proviene de la palabra latina crisis y a su vez del griego κρίσις. La mayoría de los autores consideran que una crisis surge al ocurrir un momento de ruptura en el funcionamiento de un sistema, un cambio cualitativo en sentido positivo o negativo. Su comprensión exige, antes que nada, el análisis del estado de ese sistema: la fase previa al momento en que se inicia la crisis, la fase de crisis propiamente dicha y por último la fase en que la crisis ha pasado y el sistema ha asumido un cierto modelo de funcionamiento que no es ya el anterior de la crisis. Así visto, cada sistema se funda en un conjunto de relaciones más o menos estrechamente ligadas entre sus variados componentes, de modo que un cambio en un componente del sistema genera cambios en todos los restantes. Para valorar en sentido amplio, la incidencia de una crisis sobre un sistema social, sea como fuere, se requiere ante todo definir el estado de equilibrio de ese sistema.
El estudio de una crisis exige identificar el origen y la magnitud de las causas que producen esa alteración en el sistema, ubicar si son internas o externas, de tiempo reciente o de largo alcance. También se requiere analizar los miembros del sistema que están presentes en la crisis, su importancia y las funciones que realizan. La determinación del tiempo es un factor fundamental para establecer el momento de su posible estallido y la capacidad de reacción del sistema para impedir su transformación. Las crisis en un sistema pueden considerarse fisiológicas cuando tocan el funcionamiento y provocan su adaptación; y patológicas cuando tocan la estructura del sistema y provocan su mutación. La fase en la cual el sistema ha alcanzado un nuevo equilibrio, estable o inestable, marca el fin de la crisis, pero no necesariamente su solución. La crisis puede estar simplemente adormecida, retirada pero latente, y por consiguiente manifestarse nuevamente en una fase sucesiva. Si esta cuestión se repite muchas veces, es probable que haya una patología escondida en la estructura del sistema, a corto o mediano plazo ese sistema mutará.
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La Fuerza Armada venezolana ha sido sometida, durante estos diez años, a un proceso de profundos cambios en sus valores y estructuras. El objetivo ha sido uno sólo: destruir su esencia profesional de institución al servicio del Estado para transformarla en una organización politizada, orientada ideológicamente, que sirve exclusivamente al partido gobernante. Ese proceso no ha sido fácil. Han surgido fuertes resistencias en importantes sectores de la estructura militar que han mantenido como tesis que la Fuerza Armada, para conservar su eficiencia, debe preservar ciertos valores tradicionales: la disciplina, la subordinación, la meritocracia, la dedicación profesional etc. Este enfrentamiento de visiones contrapuestas es percibido por el régimen gobernante con gran preocupación.
La intención de Hugo Chávez es eternizarse en el poder. De eso no hay duda. Buen lector de los procesos históricos latinoamericanos conoce que los gobiernos militares, sean de izquierda o de derecha, de origen popular o por la fuerza, siempre terminan siendo derrocados por las propias fuerzas armadas. La conclusión de esta realidad histórica es una sola: las fuerzas armadas profesionales no sirven para sostener regímenes políticos de corte personal. De allí el afán de Hugo Chávez de transformar la Fuerza Armada Bolivariana de profesional en revolucionaria. Al contrario, las fuerzas armadas profesionales sirven con lealtad a gobiernos que tienen un origen legal, mientras sus dirigentes no pierdan su legitimidad de origen. Un buen ejemplo, fueron los cuarenta años de vigencia de gobiernos civiles en Venezuela.
El objetivo de esta conferencia es determinar si en las Fuerza Armada Bolivariana se observan algunos elementos que señalen la posibilidad de una crisis interna que pueda comprometer la estabilidad del régimen chavista. Este es un análisis exclusivamente teórico, realizado en base a una larga experiencia en el servicio militar y a percepciones personales. No tiene, como es lógico pensarlo, una fase de campo que permita ratificar o rechazar sus conclusiones.
La conferencia la dividiré en dos partes:
1. Factores permanentes en algunas crisis militares latinoamericanas;
2. Situación actual de la Fuerza Armada Bolivariana.
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Primera Parte
Analizaremos cuatro casos de crisis militares que concluyeron en golpes de Estado exitosos: los derrocamientos de Isaías Medina Angarita, de Juan Domingo Perón, de Marcos Pérez Jiménez y de Juan Velasco Alvarado. Insisto en lo de insurrecciones exitosas, ya que en las fuerzas armadas latinoamericanas se conspira permanentemente. La razón por la cual esto ocurre es una sola: en la América Latina, las fuerzas armadas se consideran herederas de las glorias de los ejércitos libertadores y responsables de garantizar la grandeza de la Patria. Este convencimiento conduce a que sus miembros se consideren con el derecho de aspirar a la dirección del Estado, ya que creen que en sus manos se logra una mayor eficiencia que bajo gobiernos de orden civil. En el caso particular de Venezuela, esta convicción es una percepción generalizada en vastos sectores de la sociedad, que consideran una obligación para los militares resolver las crisis políticas y reorientar al país.
La transición política, iniciada por el general Eleazar López Contreras a la muerte de Juan Vicente Gómez, fue muy exitosa. Logró derrotar a la derecha gomecista y a la izquierda radical. Al mismo tiempo, fortaleció la institucionalidad de las Fuerzas Armadas, vinculándola aún más, al pensamiento bolivariano. Deseoso de entregar la presidencia a un civil, realizó importantes esfuerzos políticos para que su sucesor fuera el doctor Diógenes Escalante. Una fuerte presión militar impuso la candidatura del general Isaías Medina Angarita, primer oficial egresado de la Escuela Militar y ministro de Guerra y Marina. Al poco tiempo, de haberse iniciado el nuevo gobierno, el presidente Medina se distanció progresivamente de la orientación conservadora de su antecesor, pero a su vez, sin darse cuenta, debilitó las reglas tradicionales del régimen andino: la estrecha relación que siempre existió entre el presidente de la República y los cuadros militares y la designación de un oficial prestigioso al frente, primero de la Inspectoría General del Ejército, después del ministerio de la Defensa.
Al inicio de su gestión el general Medina escogió como su segundo ministro de Guerra y Marina al general Juan de Dios Celis Paredes. Este oficial produjo importantes transformaciones profesionales. Al fortalecer su prestigio militar, el general Medina consideró que podía transformarse en un obstáculo, como él lo había sido para el general López, en su proyecto de entregarle la
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presidencia de la República a un civil. Lo reemplazó por el coronel Manuel Morán, quien creó un ambiente negativo en los cuadros jóvenes que impulsó un creciente descontento militar, que fue aprovechado por los mayores Julio César Vargas y Marcos Pérez Jiménez, oficiales graduados de Estado Mayor en el Perú y conocedores del funcionamiento de las logias militares en la América del Sur, para organizar a su vez una logia militar: la Unión Patriótica Militar, que empezó a preparar una insurrección militar. Al acercarse el final del período presidencial se generaron fuertes tensiones políticas. El ex presidente López aspiró la presidencia de la República y el régimen medinista no tuvo la audacia de establecer el voto universal, directo y secreto para elegir al presidente de la República. Este controversial ambiente político, el descontento militar existente, la acción de la logia militar y el desespero de Acción Democrática ante un posible retorno a la presidencia de la República del general López Contreras, crearon las condiciones que facilitaron el golpe de Estado que derrocó al gobierno democrático de Isaías Medina Angarita.
Argentina vivió, desde 1930, fecha del derrocamiento de Hipólito Irigoyen, hasta 1946, inicio del primer gobierno de Juan Domingo Perón, un complejo proceso histórico que se caracterizó por la permanente intervención en la política de las Fuerzas Armadas. El golpe de Estado que derrocó al presidente Ramón Castillo, en 1943, fue liderado por los generales Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrel. El coronel Juan Domingo Perón jugó un papel destacado como líder de la logia militar: Grupo de Oficiales Unidos. Al triunfar la revolución, fue designado jefe del Departamento Nacional del Trabajo, desde donde inició sus contactos con la clase trabajadora. Los celos que produjo el prestigio de Perón abrió la crisis política de 1945. Destituido de sus funciones de vicepresidente y ministro de Guerra fue detenido en la isla Martín García. Un estallido popular obligó a su liberación. De inmediato, se lanzó como candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1946, obteniendo un triunfo indiscutible. Su primer gobierno se caracterizó por una fuerte preocupación social y un creciente intervencionismo del Estado. El descontento militar comenzó a forjarse con ocasión de la reforma constitucional de 1949, la exagerada influencia del partido Justicialista y la actuación de Eva Perón.
Esta política también desagradó a sectores conservadores argentinos, quienes comenzaron a fortalecer lazos conspirativos, de
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manera particular, con la Marina. Días antes de las elecciones de 1951, hubo una primera insurrección militar. El general Benjamín Menéndez se sublevó sin mayor éxito. La represión fue de gran dureza. El general Perón declaró el Estado de Guerra interno, y dijo que "todo militar que no se subordine o se subleve contra las autoridades o participe en movimientos tendientes a derrocarlas o desconocerlas, será fusilado inmediatamente". El general Perón volvió a ganar las elecciones presidenciales en 1951. Los primeros años fueron de relativa tranquilidad, pero la crisis económica y los abusos del partido Justicialista fueron incrementando el descontento militar y la tensión social que tuvo dos importantes reacciones: el bombardeo de Buenos Aires, el 16 de junio de 1955, por la Aviación Naval y la Revolución Libertadora, el 16 de septiembre de 1955. Este alzamiento fue definitivo. Se inició en Cordoba bajo el mando del general Eduardo Lonardi y del contraalmirante Isaac Rojas. Estos oficiales tenían varios años organizando la insurrección. Los enfrentamientos militares se extendieron desde el 16 al 21 de septiembre. El general Perón renunció ese día y se constituyó un nuevo gobierno. Su primer presidente fue el general Eduardo Lonardi, quien fue sustituido a los 52 días por el general Pedro Aramburu.
Venezuela, al inicio de 1957, parecía un país política y económicamente estable… La dictadura militar encabezada por el general Marcos Pérez Jiménez había realizado una obra administrativa de gran aliento. Un elevado ingreso petrolero y una pequeña población lo habían permitido. La oposición, representada por los partidos Acción Democrática, Unión Republicana Democrática, COPEI y el Partido Comunista, se encontraban debilitados y casi en desbandada desde las elecciones de 1952. Durante esa crisis política, el general Pérez Jiménez había demostrado su fuerte ascendiente militar al lograr el apoyo mayoritario de las Fuerzas Armadas para desconocer el resultado electoral; lograr su designación como presidente provisional, mediante un simple comunicado del Alto Mando Militar; y por último, su designación como presidente Constitucional para el período 1953 – 1958, mediante la decisión írrita de una Asamblea Constituyente totalmente espuria. En mayo de 1957, una trascendente pastoral de monseñor Rafael Arias Blanco, Arzobispo de Caracas, criticó con severidad la falta de sensibilidad social del régimen imperante. Ese hecho, más la creación de la Junta Patriótica, indicó que el dictador iba a tener dificultades en sus
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ambiciones de continuar en el poder al finalizar el período presidencial en abril de 1958.
El régimen no le dio mayor importancia a estos síntomas de descomposición social y convocó a un plebiscito para el mes de diciembre de 1957, con la finalidad de prolongar a Marcos Pérez Jiménez en el ejercicio de la presidencia de la República. Los esfuerzos de la oposición democrática para buscarle una salida negociada a la crisis fueron en vano. Los sectores más reaccionarios del régimen rechazaron la posibilidad de que se aceptara la candidatura unitaria de Rafael Caldera. La soberbia, que es muy mala consejera en política, les hacía ver que todo estaba resuelto. Se contaba de antemano con el respaldo solidario de las Fuerzas Armadas. Sorprendentemente, el 1 de enero de 1958, hubo un alzamiento militar de gran magnitud. Unidades en Caracas y Maracay se insurreccionaron atacando el palacio de Miraflores. El movimiento militar fue derrotado, deteniéndose a un número muy importante de oficiales. La crisis política y militar continuó hasta el 23 de enero de ese año. Un nuevo golpe militar, encabezado por oficiales de alta jerarquía, depuso al dictador. El descontento militar había comenzado ya a finales de 1956. Las causas fueron muy variadas: un elevado nivel de corrupción en los Altos Mandos, sueldos muy reducidos en los grados subalternos, e irrespeto de las normas profesionales de selección en los ascensos y de designación en los cargos militares. Al mismo tiempo, que crecía el descontento, una nueva generación militar, mejor formada, empezó a aspirar a ocupar los más importantes cargos de la organización y a rechazar la manera en que el régimen dictatorial conducía al país y a sus Fuerzas Armadas. El líder fundamental de esa generación fue el teniente coronel Hugo Trejo, quien al regresar graduado de Estado Mayor en España, se dedicó a organizar una logia militar, que se transformó en el factor fundamental del alzamiento del 1 de enero de 1958.
La historia del siglo XX del Perú puede resumirse en lo siguiente: una fuerte lucha entre los sectores conservadores de la sociedad contra el APRA, un partido considerado, en su tiempo, de izquierda radical, por mantener como bandera la reivindicación social de las masas populares, fundamentalmente los indígenas. Ese enfrentamiento produjo largos períodos de gobiernos militares con pequeños ciclos de regímenes civiles. En 1945, el APRA y una coalición de partidos liberales y de izquierda, eligieron presidente a José Luis Bustamante y Rivero, quien inició una serie de reformas
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liberales gracias a las cuales se consolidaron los derechos civiles y la libertad de prensa. Lamentablemente, el gobierno de Bustamante fue derribado en 1948 por un golpe de Estado organizado por la derecha, que tomó el poder e ilegalizó de nuevo al APRA. En 1950 Manuel Odría, quien había dirigido el golpe de Estado de 1948, convocó a unas elecciones y fue elegido presidente de la República, pero sin la presencia en los comicios de los principales partidos de oposición. El general Odría organizó unas elecciones para el año 1956, como una forma de regreso a gobiernos de origen popular. Manuel Prado, volvió a ser elegido presidente de la República. Inmediatamente puso en práctica amplias reformas que fueron respondidas con huelgas y revueltas callejeras ocasionadas por la inestabilidad económica y la galopante inflación. En junio de 1963, Fernando Belaúnde Terry fue electo presidente. En la segunda mitad de su mandato se incrementó la oposición política y el aumento de la inflación trajo como consecuencia la devaluación de la moneda en 1967.
El largo litigio sobre la concesión de la explotación de los ricos yacimientos petrolíferos de La Brea y Pariñas a la International Petroleum Company (IPC), subsidiaria de la American Standard Oil Company, fue resuelto finalmente por el gobierno de Belaúnde en agosto de 1968. Sin embargo, la desaprobación general a la firma de este acuerdo obligó al gabinete a dimitir el 1 de octubre y dos días después Belaúnde era depuesto por un golpe militar. Las garantías constitucionales fueron suspendidas y se constituyó la Junta Militar Revolucionaria encabezada por el general Juan Velasco Alvarado, quien fue nombrado presidente. Su gobierno expropió las instalaciones de la IPC, creando una fuerte tensión diplomática en las relaciones con Estados Unidos. El gobierno de Velasco, en la década de 1970, inició radicales reformas del sistema social y económico. El 9 de agosto de 1975, el gobierno fue derribado por otro golpe militar, precedido por una serie de huelgas y manifestaciones de descontento popular contra el enfermo presidente Velasco. Al día siguiente, se juramentaba como presidente el general Francisco Morales Bermúdez, primer ministro y ministro de la Guerra en el gabinete de Velasco. El nuevo gobierno anunció que el país retornaría a la democracia en 1980. El arquitecto Belaúnde Terry, fue el vencedor en las elecciones celebradas ese año y formó gobierno en el mes de julio de ese año bajo una nueva Constitución.
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El análisis de estos importantes ejemplos de golpes militares exitosos muestran que las fuerzas armadas profesionales respaldan insurrecciones militares a objeto de resolver crisis políticas, sociales y militares, pero sus integrantes siempre consideran que los gobiernos que se constituyen como consecuencia a esa intervención militar no son regímenes personales sino gobiernos de las fuerzas armadas. Esta percepción conduce a que sus miembros exijan que el jefe del alzamiento, transformado en presidente de la República o en jefe de una Junta Militar o Cívico Militar, les rinda cuenta, en cierta forma, de su gestión. Al no estar de acuerdo, en un momento determinado, con las medidas tomadas o el desprestigio del gobierno empieza a comprometer el destino de las fuerzas armadas, de manera natural, se intenta un nuevo golpe militar para establecer otro gobierno que enfrente la crisis política existente. Normalmente, el jefe de la insurrección militar busca legalizarse y legitimarse en el gobierno a través de algún procedimiento constitucional, pero aunque ese procedimiento sea exitoso, las fuerzas armadas siguen considerando que el gobierno tiene su verdadero origen en el golpe militar. Esta realidad limita en mucho la autoridad sobre la organización militar. Otro aspecto a resaltar es la natural lucha generacional que surge entre los oficiales que inicialmente se insurreccionan y aquellos que, en el tiempo, ascienden y ocupan nuevas funciones militares. Este enfrentamiento es causa de futuras crisis militares.
Segunda Parte
El fracaso del intento de golpe de Estado en contra del presidente Carlos Andrés Pérez, el 4 de febrero de 1992, permitió a la logia militar, que lo había planificado y dirigido, fortalecer importantes vinculaciones con sectores políticos civiles. Es verdad, que Hugo Chávez buscó, durante sus tiempos de conspirador profesional, vincularse a sectores de la izquierda radical, pero siempre tuvo que hacerlo secretamente ante el rechazo que un importante sector militar, comprometido en el alzamiento, tenía a las ideas marxistas leninistas. Su acercamiento a esos grupos políticos lo inició a través de Douglas Bravo, un antiguo comandante guerrillero que, ante el fracaso de la insurrección armada de la década de los sesenta, había considerado que el camino para alcanzar el poder eran las Fuerzas Armadas. Convencido del rechazo generalizado que existía en el estamento militar a las ideas comunistas y la tradicional admiración de los cuadros militares por la figura de Simón Bolívar buscó vincular la acción conspirativa a su
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pensamiento. De allí surgió el Bolivarianismo. La cercanía entre Hugo Chávez y Douglas Bravo no se mantuvo en el tiempo, debido al exagerado personalismo del primero y al interés mostrado por el segundo de controlar políticamente el movimiento militar.
Hugo Chávez había recibido, desde sus tiempos de estudiante de bachillerato, alguna formación marxista. Creyente en estas ideas, tuvo por muchos años que disimularlas debido al ambiente negativo existente en la Fuerzas Armadas. Al contrario percibió que la figura de Simón Bolívar servía como instrumento de cohesión en el grupo conspirativo. También observó que en los cuadros militares existía admiración por los gobiernos militares y que, en general, había un fuerte rechazo hacia los gobiernos civiles. Esas dos percepciones, le permitieron definir el pensamiento de la logia conspirativa: bolivariana y militarista. Hugo Chávez es un activista político más que un ideólogo. Esa característica de su personalidad le permitió mantener activa la logia militar que había constituido en la Academia Militar, superando complejos momentos de desmoralización. Aún después del fracaso del golpe y durante su campaña para alcanzar la presidencia de la República no hizo pública su verdadera orientación ideológica, manteniendo más sus ideas dentro de una visión nacionalista, antiimperialista y militar. Esta forma de actuar le permitió aglutinar a su alrededor a civiles y militares con ideas distintas a su orientación marxista, pero ha sido en el tiempo, un factor que ha producido grandes enfrentamientos entre grupos que lo respaldan y la ruptura con algunos de los comandantes que dirigieron la insurrección del año 92.
Hugo Chávez conoce que las fuerzas armadas profesionales son un severo obstáculo para sus desmedidas ambiciones. Imaginarse que puede permanecer, como lo ha dicho públicamente, en el ejercicio de la presidencia de manera vitalicia, existiendo una fuerza armada respetuosa del mérito personal, apolítica, bien organizada y eficiente es casi un desvarío. Esa es la razón por la cual ha hecho esfuerzos consistentes, desde que alcanzó el poder, para destruir sus valores tradicionales. Al inicio de su gobierno manejó con muchísima prudencia sus relaciones con los mandos militares. Lo primero que hizo, para debilitar su autoridad moral, fue entregarles a los generales comandantes de guarnición un presupuesto extraordinario con la finalidad de apoyar a la administración pública. Era imposible que no surgieran dificultades en el control de esos fondos, ya que en esos comandos no existía la estructura administrativa requerida. A partir de ese momento, la
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mayoría de los generales quedaron señalados, algunos por haber cometido hechos dolosos y la mayoría por no ser capaces de rendir cuenta. Lo segundo que hizo fue iniciar una política de utilización de los cuadros militares en la administración pública. Buscaba esta medida comprometer a un numeroso grupo de oficiales y suboficiales en la gestión del régimen y debilitar su mística profesional al alejarlos de sus funciones específicas.
Hugo Chávez, temeroso de una reacción militar, limitó al máximo los cambios en la orientación filosófica de las Fuerzas Armadas durante la Asamblea Nacional Constituyente. En la Constitución de 1999, se mantuvo una visión institucional, democrática, pluralista y profesional. De todas maneras, decidido como estaba en transformar la organización militar para poder utilizarla como base de su poder, inició una amplia purga en los cuadros militares, al enviar a sus casas sin cargos a aquellos oficiales que pensaban de una manera distinta a su proyecto político. Al mismo tiempo, inició una importante penetración ideológica en los cuadros militares. Estos hechos, y la crisis política provocada por Hugo Chávez, generaron las causas del intento de golpe de Estado del 11 de Abril de 2002. Su fracaso, permitió que el régimen, por primera vez, tuviera un real control de la Fuerza Armada al imponer en los mandos a oficiales comprometidos ideológicamente con el proyecto chavista. Más tranquilo, pero siempre temeroso, impulsó importantes cambios militares: hizo aprobar por la Asamblea Nacional una nueva Ley Orgánica en el año 2005, creó una nueva doctrina militar, e incrementó la influencia cubana en el estamento militar.
Esta ley orgánica buscó desarticular la estructura militar profesional venezolana que había derrotado la subversión castro comunista y neutralizado la amenaza de la corbeta colombiana Caldas; disminuir el peso operativo de las Fuerzas; diluir la responsabilidad de los mandos militares; hacer crecer exponencialmente la verticalidad del mando del presidente de la República sobre la Fuerza Armada Bolivariana; y crear una organización paramilitar: la Guardia Territorial. La nueva doctrina militar se orientó a fortalecer la defensa popular para poder enfrentar, a través de una guerra asimétrica, a una posible invasión de una Potencia de mayor capacidad militar y tecnológica. La influencia cubana se incrementó fundamentalmente en el campo de la inteligencia militar. Hugo Chávez, no satisfecho aún con estos cambios, decidió plantear la Reforma Constitucional, para lograr
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transformar, entre otros, los artículos 328 y 329 de la Constitución Nacional de 1999. Esta transformación buscaba convertir a la Fuerza Armada de una institución apolítica al servicio del Estado en un cuerpo armado comprometido ideológicamente con el régimen chavista. El rechazo popular a la Reforma Constitucional le impidió alcanzar su objetivo.
El intento de desprofesionalización de la Fuerza Armada, se termina de consolidar con la nueva Ley Orgánica aprobada a través del decreto, con valor, rango y fuerza de ley, el 31 de julio de 2008. Esta ley desarticula totalmente la estructura organizacional existente en la Fuerza Armada, minimiza y transforma al Ministerio de la Defensa y los comandos de Fuerza asignándoles exclusivamente funciones administrativas, maximiza la verticalidad y el control unipersonal de las operaciones vía el Comando Estratégico Operacional, privilegia y soporta la estructura de la Milicia Bolivariana, incrementa el concepto de corresponsabilidad en la defensa, maximiza la discrecionalidad en la administración y las finanzas, influye ideológicamente en la educación militar, fractura el proceso profesional y debilita la logística. Su objetivo es uno solo: crear una organización militar no profesional, de tendencia revolucionaria, que sirva de base de poder al proyecto totalitario de Hugo Chávez.
Justamente, este esfuerzo de Hugo Chávez para destruir el profesionalismo militar ha venido creando elevadas tensiones militares. Entre las medidas que han producido severas y conocidas críticas en el personal de oficiales se encuentran: la creación de la Milicia Bolivariana, el debilitamiento de la autonomía de las Fuerzas, la transformación de los Suboficiales Profesionales de Carrera en oficiales técnicos; la utilización de oficiales cubanos en el control de los organismos de inteligencia y seguridad; el empleo masivo de oficiales y suboficiales en cargos públicos; el elevado nivel de corrupción; la exagerada presencia de cadetes en actos políticos; los privilegios militares de la camarilla que rodea al teniente Diosdado Cabello; y el exagerado amiguismo existente en la escogencia de los ascensos y de los altos mandos militares. Estas duras críticas, a mi criterio, no son suficientes en si mismas para crear una crisis militar. Además, es necesario resaltar que el régimen ha establecido un eficiente control de inteligencia como consecuencia de la presencia de oficiales cubanos en esos organismos, y la importante penetración ideológica de estos últimos años, que ha producido el debilitamiento de ciertos valores militares
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como el compañerismo y la lealtad institucional. Todo esto dificulta ampliamente la organización de una conspiración militar.
De todas maneras, la preocupación que permanentemente muestra Hugo Chávez en aumentar el control sobre la Fuerza Armada Bolivariana indica la segura existencia de una creciente inquietud militar. El conoce perfectamente que esta realidad puede desarrollarse rápidamente hasta transformarse en un elevado descontento, que alcance un nivel de tal importancia que llegue a comprometer la estabilidad del régimen. Así ha ocurrido siempre. Es la dinámica natural de las conspiraciones militares. Normalmente, las logias militares, que se constituyen entre amigos de una misma promoción o generación, se mantienen inactivas políticamente, sólo mostrándose como pequeños e inofensivos grupos de amigos que, por razones profesionales, mantienen estrechas relaciones, de orden social y familiar. Los organismos de inteligencia, en esa etapa del proceso, no tienen capacidad de lograr su control, ya que surgen en un número exageradamente elevado. El otro elemento fundamental de una conspiración militar es el prestigio profesional de algunos oficiales. Este factor surge de manera natural y es imposible evitarlo totalmente. Durante la República Civil se trató de impedir que los generales fortalecieran su ascendiente, limitando su tiempo de servicio y su permanencia en los Altos Mandos. En parte se logró, pero como consecuencia de ese vacío se fortaleció el ascendiente de los cuadros medios. De allí nació el liderazgo de Hugo Chávez.
Estos tres elementos de carácter interno, descontento militar, logia militar, y oficiales con un importante ascendiente profesional, deben ir acompañados de una crisis política, económica y social que inquiete gravemente a los cuadros militares. Este elemento es fundamental. Esos grupos de amigos, inofensivos políticamente, empiezan a interesarse en la dinámica social y a realizar críticas a la conducción profesional de la fuerzas armadas, transformándose de esta manera en un logia militar activa. Normalmente, esas logias militares son organizadas y dirigidas por los oficiales de mayor prestigio y ascendiente. En este momento, pareciera que no existen condiciones políticas para una conspiración militar. Ciertamente, que el fracaso de la gestión de gobierno de Hugo Chávez y el debilitamiento de su popularidad pueden ser considerados como peligrosos, pero la cercanía electoral permite un escape de tensiones sociales ante la certeza de que existe la posibilidad de una solución pacífica de la crisis política, económica y social que
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vive Venezuela.
De todas maneras, esta situación puede variar según sea el comportamiento de los actores sociales en medio de la crisis. Un buen ejemplo son las elecciones parlamentarias. Si el régimen continúa tratando de producir condiciones no equitativas en la campaña electoral y estas acciones generan en la opinión pública el convencimiento de que el resultado electoral es, en cierta forma, fraudulento, las perspectivas de una salida electoral de la crisis, a través de las elecciones presidenciales en el año 2012, se debilitarían gravemente. Si esto ocurriere, se crearían condiciones favorables para una posible conspiración militar, que buscaría solucionar la crisis nacional a través de la fuerza. Los actores políticos, entre ellos Hugo Chávez, tienen la última palabra.
Conclusiones
1. Las fuerzas armadas profesionales no sirven como base de poder de gobiernos de orden personal. Al contrario son leales a gobiernos de orden legal, si sus dirigentes preservan en el ejercicio de sus funciones su legitimidad de origen.
2. Las fuerzas armadas pretorianas y revolucionarias pueden ser utilizadas como instrumentos de sostén de dictaduras y de gobiernos totalitarios.
3. Históricamente, los golpes militares se producen al crearse tres condiciones fundamentales: Crisis política, descontento militar y constitución de una logia militar.
4. En Venezuela, se observa un creciente descontento militar como consecuencia a las medidas tomadas por Hugo Chávez con el fin de transformar las fuerzas armadas profesionales en unas fuerzas armadas revolucionarias.
5. No existen condiciones favorables, en este momento, para organizar una conspiración militar. El control de inteligencia y la posibilidad de que exista una
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alternativa electoral debilitan esta opción.
6. Esta alternativa puede fortalecerse o debilitarse según sea el comportamiento de los actores sociales durante los procesos electorales de 2010 y 2012
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