Libertad!

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sábado, 19 de julio de 2008

El regreso de la catira


Alberto Barrera Tyszka

Guillermo Cabrera Infante aseguraba que, en la antigua Atenas, Herodoto cargaba con la fama de ser "El Rey del Chisme". Más allá de la vocación maledicente del escritor cubano, a mí me resulta de lo más natural que al padre de la historia se le acuse de ser un chismoso trepidante. Ahí respira uno de los desafíos de cualquiera que desee asomarse seriamente al pasado: cómo manejar todas versiones, las casi infinitas habladurías, de lo que supuestamente es -o debe ser- una sola historia.

En la tradición de este reto se inscribe un libro que acaba de aparecer en nuestra librerías: "Historia de un encargo..." Su autor, Gustavo Guerrero, ha conseguido algo muy difícil en este país: ordenar un rumor. Organizar y darle sentido, por fin, a un viejísimo chisme nacional.
En la década de los cincuenta, el entonces joven autor español Camilo José Cela escribió una novela, bajo el encargo y el patrocinio del dictador Marcos Pérez Jiménez. El libro se llamó "La Catira" y se trata, según apunta el ensayista, de "la novela más aparatosamente venezolanista que se haya escrito jamás". A partir de este cuento, Gustavo Guerrero se hunde en una investigación, que combina de manera extraordinaria el ensayo y el periodismo, la crónica literaria y el ansia detectivesca. No en balde, acaba de ganar, en España, el prestigioso premio Anagrama de ensayo.

La "Historia de un encargo...", sin duda, desarrolla el mejor y más completo registro de lo que, hasta ahora, era una diáspora de documentos, datos, testimonios sueltos, correspondencias...sobre la aventura venezolana del Premio Nóbel Camilo José Cela. Pero no se queda ahí. Gustavo Guerrero construye una mirada que busca ir más allá, incluso, de la escaramuza, de la polémica, del oportunismo del escritor gallego. El libro aprovecha, en todos sus aspectos, la experiencia editorial de "La Catira" para realizar una lectura cultural e ideológica del proyecto de la "hispanidad", de la relación entre dos proyectos autoritarios que buscaban -cada quien a su manera y desde sus propios intereses - imponer un particular consenso cultural.

Antes de leer el libro, yo especulaba sobre su pertinencia, pensando sobre todo en las relaciones entre los escritores y el poder. El caso de Cela y su relación impúdica con las dictaduras de Francisco Franco y de Pérez Jiménez aparecía antes mis ojos como una posibilidad para reflexionar y dibujar preguntas: cuándo, cómo y por qué, un escritor pone su talento al servicio de una causa, somete su creatividad personal a los objetivos de una misión extra-literaria.

Después de leer el libro, entendí que la inteligencia ensayística de Gustavo Guerrero había sabido aprovecharse de este primer suspenso para ir también hacia preguntas todavía más hondas, hacia las dudas que todavía nos rondan alrededor de de temas como "identidad", "nacionalidad", "venezolanidad"... Guerrero quiere llevarnos al interior de esa novela, donde de pronto se juntaron el nacionalismo perezjimenista y el ideal hispánico franquista, con la intención de postular, a partir de la certeza de una lengua común, un artefacto inversosimil, una imagen de país donde todos debíamos identificarnos, reconocernos.

Una de las maravillas de este libro es, justamente, es su capacidad de hablar de nosotros, de nuestro tiempo, sin nombrarnos directamente. La pretensión -deliberada o no- de borrar cualquier alteridad con un discurso epopéyico y emocional, tiene mucho que ver con el presente, con lo que somos hoy día. Cuando Gustavo Guerrero investiga el empeño de Laureando Vallenila Lanz (padre) por definir la llaneridad como mito fundacional de Venezuela, pareciera que está reflexionando sobre nuestra propia experiencia actual, pareciera que estamos leyendo un lúcido ensayo sobre la construcción de otro nuevo consenso, de otro nuevo "ideal nacional", menos hispánico tal vez, más bolivariano, probablemente, pero con las mismas pulsiones totalizadoras, con la misma tentación de ser un himno.

Gustavo Guerrero no sólo ha escrito un libro magnífico sino también providencial, atento a la inquietud de los tiempos. Tal vez, ahora, muchas otras "catiras" vengan de regreso, deseando convertirse en un nuevo consenso cultural, en imágenes de una nueva venezolanidad. Es la mayúscula del poder tendiéndose sobre la diversidad. Y frente a eso, vale la pena recordar unas frases de otro escritor cubano, Gustavo Pérez Firmat, cuando dice: "La latinidad es un escenario donde Jennifer López malamente baila un mambo que no lo es. Por eso cuando me dice latino, respondo la tuya".
El Nacional

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