Libertad!

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sábado, 2 de marzo de 2013

LA TRAICIÓN DE LOS INTELECTUALES

Antonio Sánchez García
 “El sueño de la razón produce monstruos.” Goya

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Cuando a fines de enero de 1989 un musicólogo amigo nos pidió firmar un manifiesto de bienvenida a Fidel Castro, que llegaba a Venezuela invitado por Carlos Andrés Pérez a la asunción de su segunda presidencia, se llevó una amarga sorpresa. Le parecía tan obvio que una artista comprometida desde siempre con las causas populares y un ex militante de la izquierda revolucionaria chilena, exiliado por causa de la dictadura pinochetista, se sumaran al casi millar de personalidades que ya habían comprometido su nombre sumándose a tal homenaje, que nuestro inmediato rechazo lo dejó consternado.

Se fue sorprendido por el razonamiento de nuestra negativa: un tirano que llevaba a esas alturas 30 años gobernando, sin una brizna de oposición, sólido en su tiranía como el malecón de La Habana, invasor de diferentes países de África con cientos de miles de cubanos amaestrados por sus tropas de élite, financiados por la Unión Soviética para que les sacara las castañas del fuego y absolutamente seguro de gobernar hasta el fin de sus días ¿por qué necesitaría del respaldo de unos venezolanos sin poder ninguno? ¿A no ser para pavimentarle el regreso suyo y de los suyos con el avieso propósito de apoderarse de nuestro petróleo? Hasta entonces, una ambición frustrada por los sectores patrióticos de las fuerzas armadas y la clase política venezolanas.

Pues darle la bienvenida a Fidel Castro, recibirlo en gloria y majestad – un error garrafal e incomprensible de quien llegaría a ser su víctima propiciatoria – y pasearlo como una joya imperial no podía servir a otro propósito objetivo y real que darle ánimos a la militancia anti sistema y lanzarle abono a las filas del golpismo agazapado en las fuerzas armadas y en los partidos de la izquierda a los que pertenecía la gran mayoría de los firmantes. Partidos que no tenían el menor interés en fortalecer la democracia modernizadora que tenía en mente Carlos Andrés Pérez, ni ninguna otra, sino en prepararle la celada que terminaría por cortarle el pescuezo a él, a su gente, a su proyecto, a la democracia, a la República y a la soberanía, como ha sido confirmado de manera irrecusable por los hechos veinte y cuatro años después. Con tales aparentemente inconscientes quinta columnas ubicados en universidades, academias, medios y pare Ud. de contar, Castro tenía que estar perfectamente informado de las habas que se cocían en los calderos del golpismo vernáculo. Que por entonces ya hervían la sopa de la traición.

Cinco meses después de esa visita digna de un Papa o de una estrella hollywoodense, luego de arrasar en entrevistas de prensa y reuniones sociales, llevaría en La Habana la batuta del ominoso juicio contra la mayor gloria de su ejército y algunos de sus mejores y más leales espías y agentes: Arnaldo Ochoa Sánchez y los hermanos De La Guardia. Un juicio digno de los proceso del Moscú estalinista de los años 30, que culminó con un engaño pavoroso, una sentencia arbitraria y el fusilamiento sin más trámites de
Arnaldo Ochoa, comandante de comandantes, por un solo pecado, según nos lo cuenta Carlos Franqui: haber sido sorprendido por Fidel manteniendo una amena conversación en ruso con Michail Gorbachov. ¿Perestroika en La Habana? Fusilamiento. Y punto.

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Días después de esa visita, prueba de las profundas contradicciones en que yacía atrapado, Carlos Andrés Pérez recibió el golpe mortal del Caracazo. Del cual no se recuperaría jamás, como tampoco la Venezuela democrática, pues se trató de una fractura verdaderamente telúrica del sistema de consensos que fundaba las estructuras del pacto de Punto Fijo. Un golpe mortal seguramente avalado por la inmensa mayoría de los firmantes en cuestión, que no tenían ninguna razón para ver en los vergonzosos asaltos, saqueos y motines del 27 de febrero la violenta irrupción de la barbarie que ya bullía en las profundidades de la sociedad venezolana, sino una legítima expresión de la lucha de clases, augurio de los cambios revolucionarios que aplaudían en la presencia de Fidel Castro. Y que muy pronto tendrían la gratísima sorpresa de ver asomarse por algunos segundos por cadena nacional en la figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Flanqueado por los generales Ochoa Antich – ministro de defensa – y Santeliz, involucrado hasta el tuétano en la asonada.

No se ha escrito la historia de la participación de periodistas, académicos, guionistas de telenovelas, productores, columnistas, locutores, cineastas, artistas, editores, empresarios de medios impresos, radiales, televisivos y esa fauna genérica de figuras del quehacer artístico e intelectual del país en la conformación de esa poderosa matriz de opinión que elevó al Olimpo de la heroicidad a los comandantes golpistas y en particular a su evidente Primus inter Pares; que hundió en los abismos del desprecio, el odio y el escarnio público a Carlos Andrés Pérez, para terminar cebándose en los partidos tradicionales y en los cuarenta años de vida democrática, incluso al precio de resucitar la figura del dictador Pérez Jiménez y la condena a saco de todo el establecimiento político del país. Tarea en la que no dejaron de participar – justificando la repulsa social que les cayera encima – los propios políticos de la sedicente “Cuarta República”, como pasara a llamarse nuestra democracia, mala palabra pronunciada con un mohín de escarnio y desprecio al único período de nuestra historia del que sentirnos orgullosos. Siniestro golpe de Estado que uno de los fundadores de la agonizante democracia, posiblemente el de mayor estatura intelectual del grupo, en un acto de infamia sin precedentes, saliera a justificar con lágrimas en los ojos, sin que nadie lo hubiera llamado y sobre los cadáveres aún tibios de la asonada, aprestándose a volver de inmediato a la arena política en andas de sus sacudones. Para terminar de armar el caballo de Troya de las tropas del asalto.

Esa matriz de opinión pasó la prueba de la chismografía nacional para convertirse en Hegemonía: ese universo de ideas y creencias que sustenta las opiniones que sirven de plataforma para mantener o tumbar sistemas políticos dominantes. Hasta terminar por fabricar las ideas fuerza con que los sectores más emancipados, cultos y avanzados del país, aliados a la principal benefactora de la democracia – las clases medias – abrieron los portones de la barbarie y permitieron la liquidación de la democracia y el desarrollo de la más grave crisis social y política sufrida por la Venezuela republicana en sus dos siglos de historia. El sueño de la razón había engendrado al monstruo. Es lo que se celebra este 27 de febrero.

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A pesar de que las promesas de reformar nuestro sistema político, de librar una lucha frontal contra la corrupción y adecentar nuestras instituciones públicas hayan sido cruelmente burladas por el régimen, no sólo agudizando los males, sino estrangulando la naturaleza democrática de dicho sistema político, muchos de los responsables por la matriz de opinión que contribuyera al desmontaje de la democracia y a la aventura totalitaria en la que hemos sido embarcados mantienen su desvalorización de la democracia de Punto Fijo habiéndose distanciado del producto consecuente de su crítica anti sistema. El país se hunde en una crisis existencial cuya solución parece casi inalcanzable. Y en el colmo de la degradación, hemos sido entregados en brazos de la tiranía cubana. Todavía en poder de quien fuera recibido hace 24 años en gloria y majestad por la flor y nata de nuestra Intelligentzia progresista. Que se niega tenaz y porfiadamente a realizar su necesaria autocrítica.

A estas alturas, poco importa la relevancia de esos firmantes o el hecho mismo de que, traicionando el imperativo moral que debe regir el comportamiento de quienes tienen por misión pensar nuestra realidad, advertir de sus fallas y abrir camino a su resolución, hayan servido de tontos útiles a la invasión, conquista y dominio de nuestra soberanía. Parte de una vasta operación de alcances continentales.

Lo que causa preocupación, es que la hegemonía del pensamiento auto mutilador entonces generado mantenga una porfiada vigencia. Que el vocabulario puesto a rodar por la intelectualidad golpista ya en los albores del golpe de Estado y popularizado por los administradores de matrices de opinión sin el más mínimo sentido crítico, continúe siendo usado incluso en la actualidad por periodistas, animadores, académicos, columnistas y políticos. Incluso por nuestro candidato. Sin la más mínima consideración de las falsedades que vehiculiza.
Pero lo que sí angustia, es que los odios y rencores entonces generados mantengan su virulencia y que el desprecio a la política, a los partidos y a cuanto representa los valores de la democracia continúe siendo airado. Pero nada de todo eso es comparable con el rechazo en bloque a los 40 años de democracia, el mayor esfuerzo hecho por la sociedad venezolana por fundar un sistema político de consensos, progresista, liberal, al que le debemos todos los logros sobre los que aún se sostiene nuestra atribulada realidad. Desde los hospitales a las universidades, y desde nuestros focos de desarrollo industrial – hoy en la mayor ruindad – hasta las centrales hidroeléctricas, en el más pavoroso abandono.

Por oportunismo, ignorancia o medianía, se practica una deslealtad con nuestro pasado que no puede dar otros frutos que el fracaso de todo intento verdaderamente emancipador. Por mezquindades y enfrentamientos cainitas con quienes provienen de ese pasado, se ataca a ese pasado mismo. Una ceguera que no puede menos que conducirnos a la auto mutilación que viniera a sembrar hace 24 años el comandante cubano que ocultaba el puñal en la manga de su elegante guerrera.
Es la grave responsabilidad de quienes debieron alertarnos, pues contaban con las luces y el conocimiento, prefiriendo servir de mensajeros de la desgracia. Que contribuyeran a introyectar en la ingenua conciencia política del venezolano. En muy mala hora. Es la tragedia que aún padecemos. Sepa Dios hasta cuándo.
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