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domingo, 13 de marzo de 2016

Entrevista a José María de Viana ex presidente de Hidrocapital

José María de Viana: “No hay empresa en el mundo que funcione si no tiene equilibrio económico”

Por Hugo Prieto | 13 de marzo, 2016
José María de Viana retratado por Daniel Loaiza
Regresaron las viejas taras del populismo a las empresas públicas del Estado. La misión no es servir al cliente, sino hacer proselitismo político y pegar afiches en la próxima campaña electoral. El primer capítulo del rentismo está escrito en el monto de la tarifa del servicio de agua o de electricidad. Así tenemos, por ejemplo, que los ingresos que recauda Corpoelec por esta vía, ni siquiera cubren la mitad de su nómina de empleados y trabajadores. ¿Se le puede pedir que cambie un bombillo del alumbrado público? Tal como ocurría en la década del 80 en Lima y en la costa Caribe de Colombia, donde había generadores de energía en cada calle, en cada negocio, en Caracas los hay, en pleno siglo XXI, en cada centro comercial, en las grandes empresas y, obviamente, en el Palacio de Miraflores.
El balance es cortesía de José María de Viana, ingeniero civil, profesor de la UCAB, ex presidente de Hidrocapital y de Movilnet. Su trayectoria profesional siempre ha sido en empresas públicas de servicios. Podría afirmarse, sin menoscabo a la verdad, que de Viana sabe algo de este asunto. “En los años 90 nos invitaban de Perú, de Brasil, de Colombia, porque querían saber cómo creamos un sistema de empresas operadoras y un sistema de remuneración por el método Get y cómo formamos una junta directiva independiente”. Todo eso se echó por tierra, en esta nueva parábola del fracaso.
No fuimos capaces de crear una empresa pública como la que funciona en Medellín (Colombia), que ha resuelto los grandes problemas de servicios en esa ciudad.
Ese es un caso histórico, muy sobresaliente, porque es una empresa pública, pero con índices de desempeño de altísima productividad. Eso quiere decir que sus estados son auditables, que la forma en que se maneja el dinero es absolutamente transparente, de hecho no se conocen casos de corrupción en los últimos 30 años. Pero vamos a tener claro una cosa, en Colombia hubo una crisis profunda. Yo la conozco porque a nosotros nos invitaron para que les contáramos “la historia venezolana”, ellos me decían a mí, ¿cómo hicieron ustedes para agarrar a ese toro? ¡Ah! Ese toro. A nosotros nos tocó el caso de Cantv, transferirla al sector privado, como sucedió con el sector telecomunicaciones en casi toda América Latina, pero también el sector de agua y saneamiento. Llegamos a la conclusión de que el Instituto Nacional de Obras Sanitarias, fundado en 1943, había llegado a tal complicación institucional que ya no era viable y había que liquidarlo.
¿Qué modelo se plantearon ustedes?
Parte de la crisis era que las empresas no podían seguir siendo manejadas desde las capitales, porque en los problemas de servicios públicos hay que estar más cerca del cliente. Se crearon 10 empresas con la misión de continuar descentralizándose porque en muchos casos podían ser transferidas a estados o municipios. Pero también se crearon reglas para profesionalizar esas empresa. Su misión ya no era hacer proselitismo político a favor del partido de gobierno y pegar afiches en la última campaña. En el caso de Hidrocapital, por ejemplo, la gerencia que se nombra no era del partido de Carlos Andrés Pérez, era más cercana a la izquierda que a AD. Ese era parte del acuerdo político para resolver el terrible problema de agua que era el causante principal de la agitación política y el malestar popular. Muchos no recuerdan que el detonante del estallido social en Guarenas, más que el aumento del transporte público, que es cierto, era que la gente tenía más de 15 días sin agua. En Trapichito, en Menca de Leoni y en las mismas urbanizaciones del INAVI, que en este momento no tienen agua. Entonces, se inició un camino, se comenzaron a profesionalizar las empresas, se designó al frente a personas talentosas y conocedoras del oficio, y se creó una estructura organizacional que permitía la transparencia y la vigilancia, en la forma cómo se manejaban los fondos públicos. En la junta directiva de Hidrocapital, por ejemplo, participaba una representación vecinal y de los alcaldes.
¿Participaban en las prioridades?
En las prioridades, porque uno de los vicios de estas empresas fantasmas y de era que ellos se inventaban sus propios proyectos. Si el problema de los vecinos de Caucaguita era que no tenían agua, le hablaban de que iban a poner una planta de desalinización en Mariperez. ¿Qué tiene que ver esto? Es que allí hay un amigo mío que me está vendiendo una planta desalinizadora y mejor no te cuento más. Ese vicio es viejo, pero en Caracas teníamos dos ejemplos excepcionales, que eran el Metro de Caracas y la Electricidad de Caracas. Elecar llegó a ser tan fuerte en su capacidad económica y de talento que tenía trabajo e inversiones en El Salvador y en Colombia. Manejaba sistemas de distribución eléctrica en otros países. ¿Por qué? Porque los talentos venezolanos eran importantes y esa empresa era muy sana financieramente. El Metro se desarrolló con criterios de excelencia siempre. El día en que se puso en funcionamiento en 1983, las condiciones del Metro, del aire acondicionado en los vagones, en las estaciones y la seguridad con que se contaba era mejor que en muchos metros del mundo. El Metro de Caracas ganó premios internacionales por las condiciones de mantenimiento y del buen servicio que prestaba.
¿Realmente no hubo presiones del gobierno central o del aparato partidista?
En los siete años en que estuve al frente de Hidrocapital, yo fui a Miraflores no más de 10 veces. En algunos casos tenía que ir obligado, porque el ministro no podía ir. Lo que quiero decir es que nosotros no gastábamos mucho tiempo allá. Por supuesto, esas empresas tenían un mandato, porque no hay empresa en el mundo que funcione si no tiene equilibrio económico. Eso sólo es posible cuando una empresa pueda agenciar los recursos necesarios para poder invertir, para poder mantener y para poder reparar. El gobierno del ex presidente Ramón J. Velásquez aprobó un decreto que permitía, en la medida en que ibas mejorando el servicio, ir subiendo el cobro de lo que la gente pagaba por el agua. Hay que recordar aquí que la gente más humilde de los barrios nos decía “yo quiero pagar por el agua, porque el día que yo pague puedo reclamar por ella”. Hidrocapital, finalmente, logró aumentar la recaudación de forma muy importante. En un período gubernamental, en el que el barril de petróleo se vendía a ocho dólares, nosotros podíamos hacer inversiones importantes, como el embalse de Taguaza, que costó más de 120 millones de dólares.
¿Después de Taguaza no se hizo más nada?
No, porque después vino esta época. Había un pasado que podías mejorar. Tenías una empresa como la Electricidad de Caracas, cuya dirigencia era competente y había desarrollado el talento. Allí estaban los mejores ingenieros electricistas. Pero no hablemos sólo de la Electricidad de Caracas, porque enseguida te dicen que un asunto de manejo privado. No, yo hablo de Edelca, donde Efraín Carrera, que era el presidente en esa época, tenía 30 años en esa empresa. Y de Oswaldo Artiles, quien lo reemplazó, tenía más de 20 años. En ninguno de esos casos podías decir que era un tema que podías resolver . Era gente altamente calificada.
Pero recuerde que con el triunfo de Chávez, aquí había grandes dudas sobre el modelo, sobre la participación del sector privado, si había espacios o no para la inversión extranjera. ¿Qué ocurrió? Que de la noche a la mañana apareció AES con una oferta agresiva y ese fue el gran argumento del señor Giordani para decir “aquí los inversionistas pueden invertir y de hecho acaban de comprar una empresa muy sólida como Elecar”.
A este gobierno le ha gustado más las empresas extranjeras complacientes que los venezolanos que no tenemos pelos en la lengua, que no tenemos temor.
¿Por qué no lo dice de una vez: que los venezolanos respondones?
Respondones. A quienes nos interesa este país, porque aquí viven nuestros hijos, nuestros nietos y además están enterrados nuestros padres, nunca hemos sido unos  del gobierno, gente que siempre les dice que sí, oui en francés, porque también hay algunos franceses amigos del gobierno. Al final, ¿qué pasó? AES tenía experiencia internacional en aprender a poner la gallina flaca. Consiguen una empresa de aquella solidez, de aquella robustez como era Elecar, aprendió a liquidar los activos más importantes, incluyendo terrenos, las inversiones internacionales, y operaron en Venezuela desmejorando el servicio y finalmente el negocio terminó redondo, porque en 2007, le vendió la empresa al gobierno en unos términos favorables.
¿Una empresa que ya habían dejado destartalada?
Vamos a decir la verdad, en el caso de la Electricidad de Caracas, el proceso de deterioro institucional comenzó con AES, sin ninguna duda. Y efectivamente AES reporta en sus balances lo que significó eso. No hubo inversiones nuevas. La planta en los valles del Tuy debió ser construida por Elecar, así como las ampliaciones de Tacoa. Nada de eso se hizo. AES fue una empresa con un desempeño mercantil interesante para sus accionistas, en el proceso de toma hostil de las acciones que prácticamente tenían todos los venezolanos en Elecar. Esa es una parte de ese capítulo. Pero sigo en la misma línea. No importa que sea privada o no. Lo importante es la subordinación al poder, que es algo contrario a los principios democráticos que nosotros aprendimos. En democracia aprendimos que el gobierno se equivoca con frecuencia. Se equivoca muchísimo más de lo que la gente piensa. Y el único mecanismo de contrapeso corre por cuenta de ciudadanos libres, que tengan acceso a la información, que puedan alertar cuando se sigue un camino equivocado.
¿Qué ocurrió en el plano organizacional durante esta época?
El comienzo fue más o menos como ya lo conocemos. Hay unas nuevas autoridades y en el sector de los servicios público del Estado ninguno de los gerentes continuó en la siguiente etapa. Yo fui uno de los que más duró, un mes. Rápidamente se comenzó a definir que la principal misión de esas empresas de servicios públicos era ser un instrumento de la revolución.
 Se echó por tierra la misión del Metro que era crear una cultura ciudadana.
Yo nunca vi al doctor González-Lander estar pendientes de lo que pensaba el presidente respecto de las cosas que él estaba haciendo. El había pasado desde Luis Herrera hasta el segundo mandato de Caldera. Incluso antes. ¿Qué pasa? Se crea un nuevo orden de cosas, en el que la misión de las empresas no es precisamente dar un buen servicio y se vuelve a vicios del pasado, que no es un invento del chavismo. Es una vieja tara de las democracias latinoamericanas. Clientelismo, amiguismo.
Las viejas mañas del populismo.
Claro. Según el tamaño de la empresa, la fiesta era mayor. Me imagino que en HidroPaez que era una pequeña empresa hidrológica la cosa era… bueno, pero cuando le pusieron la mano a HidroCapital que era una empresa que recaudaba casi 300 millones de dólares, pues la fiesta todavía dura, ¿no? Eso significaba, por ejemplo, que en todos los lugares pusieron una gerencia comunitaria, que no era otra cosa que un equipo de proselitismo y adoctrinamiento político, como un mecanismo de reclutamiento, y eso produjo deterioros muy grandes en los cuadros técnicos y en los cuadros profesionales.
En Venezuela se cobran tarifas irrisorias en los servicios públicos. En el caso del Metro es de 4 bolívares por viaje. El gran justificativo es que la política del Estado es incluyente. O se garantiza el acceso a un derecho constitucional como el agua. Este argumento puede resultar música para los oídos de los usuarios. ¿Qué es lo que ha ocurrido con estos servicios?
Ya hay suficiente evidencia sobre las llamadas deseconomías (las economías externas) de los servicios públicos. Cuando un servicio público funciona mal, los daños económicos y los daños sociales que esto genera, es muchas veces mayor que lo que la gente cree. Si le preguntas a cualquier ciudadano que este horror que padecemos en Caracas se justifica por las tarifas que pagan, seguramente te dirán <mire, yo estoy pagando mucho más en calidad de vida, en malestar, en disgustos, en enfermedades, que lo que pagaría si fuese una tarifa razonable>. Ese es el primer elemento. El segundo es el petróleo. El Estado llegó a pensar que éramos tan suficientemente ricos, que era despreciable lo que el usuario pagaba por un servicio. Y eso se lo transmitieron a la gente. Aquí el presidente habla de eliminar el rentismo, pero es que el primer capítulo del rentismo lo tiene en las empresas de servicio. Corpoelec recauda por tarifas menos de la mitad de lo que es su nómina directa de sus empleados y trabajadores. ¿Quién entiende eso? Eso es un horror. No le pidas a Corpoelec…
…que cambie un bombillo del alumbrado público.
Que repare un transformador, que invierta en nuevas obras. No, no le pidas, porque esa es una empresa que quedó absolutamente desvalida, siendo que en el pasado cercano y en un país más pobre, cuyo ingreso petrolero, repito, llegó a ser de ocho dólares por barril, los ciudadanos pagábamos agua para que HidroCapital cubriera no solamente sus gastos, sino para que invirtiera. En el caso del Metro había una gran definición, las inversiones nuevas corren por cuenta del Estado, pero todo lo que era mantenimiento de trenes, de equipos rodantes, formación de personal, y un contrato colectivo muy bueno, lo pagaban con la tarifa. ¿Ahora, eso significaba exclusión? Pues no, porque usted no puede despreciar a la gente, la gente trabaja, precisamente, para tener una mejor calidad de vida.
Los apagones eléctricos son pan de cada día en las ciudades del interior del país, mientras la ministra Delcy Rodríguez pide que “oremos para que llueva”.
Te dicen que el problema es muy severo porque no llueve, pero hace siete años, cuando se declaró la emergencia eléctrica, se propuso y se dispuso de una enorme cantidad de recursos de la Nación, entre 50 y 60 mil millones de dólares, lo cual es una cantidad gigantesca. Para que tengas una idea, ese monto supera el valor de reposición de todos los activos del sector eléctrico. Sería suficiente para crear un parque termoeléctrico grandísimo y robusto. Pero en el caso del agua son 10.000 millones de dólares, no lo digo yo, lo dijo la ministra, los que se han invertido en este período. Eso es más que todas las obras hidráulicas que se habían construido en el país y están en funcionamiento, ¿y donde están? El país es un cementerio de ideas geniales de la revolución y de sus adláteres de cosas que no sirvieron, de cosas que no funcionaron, más allá que para tener una excusa y así disponer de una gran cantidad de fondos.
¿Podría mencionar un ejemplo?
Aquí tú vas a conseguir un acueducto que va desde un embalse que se llama Matícora (ubicado en el municipio autónomo Mauroa, en el estado Falcón) hasta la península de Paraguaná. Se bautizó como El Gran Acueducto Bolivariano. Lo primero que deberíamos hacer es quitarle lo de bolivariano para no ofender a Bolívar. ¿Por qué? Porque son 200 kilómetros de tuberías de acero de altísima calidad, por la cual no pasa agua, por la sencilla razón de que en Matícora no había agua. Eso se sabía y se sabía antes. Ahora están inventando que hay que dragar el embalse. Una locura. Son justificativos para la aplicación de fondos en proyectos que no funcionaron.
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