Libertad!

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viernes, 7 de agosto de 2009

Argelia Ríos // Sí, tiene miedo, pero...

Es el momento de preguntarse "qué voy a hacer yo" para detener el terror
No el falso que el temor domine por estos tiempos al jefe del Estado. La posibilidad de perder el poder algún día -y de verse obligado a rendir cuentas- es, ciertamente, un motivo de angustia para quien sabe que la Venezuela Bolivariana se ha vuelto inauditable.
Cuando los déspotas comienzan a sentir el distanciamiento de las masas, apelan, todos sin excepción, a desmesuras similares a las del presidente Chávez.
Al hacerlo, unos y otros -ya sean de izquierda o de derechas- procuran mostrar el poder y la autoridad perdida, para animar un ambiente ficticio de irreversibilidad. Es cierto que el comportamiento de nuestro hiperlíder encaja a la perfección dentro del cartabón de cualquiera de los opresores que le antecedieron y que, por tanto, son muy graves los peligros a los que nos enfrentamos.
Sin embargo, reducir el diagnóstico de la coyuntura a las descripciones de los sobresaltos que padece el caudillo, luce -cuando menos- ingenuo. Este de ahora no es el primer episodio espinoso que Chávez experimenta.
Tal vez sí el más complejo& Pero dadas las circunstancias, no es conveniente subestimar la probabilidad de un "reflote", semejante a los ocurridos en ocasiones anteriores, en las que el ímpetu de su inescrupulosidad le permitió ganarse el día a día y superar sus picos de dificultad& Así, admitamos que el comandante siente horror al visualizarse enfrentando los juicios a los que, seguramente, será sometido cuando sea derrotado.
Admitamos que esas causas judiciales se le multiplicarán ad-infinitum, en la medida en que evolucione la espiral de atropellos en que se ha metido para mantenerse en el poder a como de lugar. No obstante, admitamos también que Chávez trabaja como un enfermo para demoler electoralmente al país que busca sustituirlo y que, en el camino, reproducirá, tanto las razones para salir de él, como las razones para temerle. La "hegemonía comunicacional" y la aprobación de la nueva Ley Electoral -con la que se consagraron los abusos conocidos y por conocer- es el diseño que Chávez propone para confiscar el poder aún estando en minoría.
Ahora les toca a los ciudadanos -cuyo repudio impidió la "Ley Ortega"- continuar repudiando fervorosamente lo que merece ser repudiado. Les toca evitar los triunfos diarios del Presidente: y sobretodo, movilizarse para ejercer el derecho a que su indignación tenga una eficiente expresión política en las urnas.
Con los medios secuestrados por el Estado, y por la fragilidad de las estructuras partidistas, les tocará a ellos el mayor peso de la organización electoral.
El país democrático es una indiscutible mayoría. Hay que darle a Chávez la sorpresa de su vida, transformando el voto en el arma más potente de esta guerra asimétrica. Todo el mundo tiene que identificar cómo puede colaborar y cuál es la pequeña responsabilidad que está en condiciones de asumir. Es el momento de preguntarse "qué voy a hacer yo" para detener el terror.
Argelia.rios@gmail.com
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