Libertad!

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domingo, 13 de febrero de 2011

CARLOS BLANCO |"Si la disidencia no hace de la calle su escenario vital, será audiencia amordazada"

Tiempo de palabra
EL UNIVERSAL
domingo 13 de febrero de 2011 12:00 AM
La carrera presidencial

No está mal que la oposición pueda disponer de docenas de candidatos presidenciales. Podría pensarse que la autoestima es desconsideradamente elevada pero, en todo caso, siempre es mejor esa abundancia que el desierto al cual se opone, cuya única figura promete no permitir ningún relevo durante una buena tajada del siglo XXI. Una disidencia multípara siempre es mejor que un gobierno ovíparo, sobre todo si es de un solo huevo.

Hay tres temas que la oposición ha de resolver para poder traspasar la barrera del silencio: la escogencia del candidato; su relación con el CNE; y la ubicación de las elecciones en el contexto del autoritarismo existente.



El Método. La presión por las primarias como mecanismo de selección parece haber hecho irreversible su empleo, salvo que las contradicciones se desplacen hacia otros temas y hagan imposible su realización, caso en el cual habrá que recurrir al dedo mágico para escoger a alguien. En estas condiciones se incrementaría el escepticismo de la calle.

No hay que olvidar que en 2006 los precandidatos más sonados se espantaron de las posibilidades de unas elecciones primarias y entre sí escogieron a Manuel Rosales. Hizo una buena campaña que terminó lánguidamente la noche de los comicios, con la aceptación de una derrota cuando no habían terminado de contarse los votos. Estuvo, sin duda, mal aconsejado.

Ahora las primarias parecen gozar de respaldo generalizado. El debate se ha desplazado a la fecha de su realización y a la tarjeta única. Un cierto sentido común aconsejaría que la tarjeta fuese única para mostrar un frente unificado, para impedir el sectarismo en la campaña y para crear el ambiente necesario de la victoria colectiva. La fecha es más controversial; hay razones para adelantarlas y para retrasarlas, ninguna deja de tener beneficios y costos. Sin embargo, hacerlas hacia comienzos de 2012 permitiría que los precandidatos se den a conocer más, digan lo que tienen que decir y recorran el país de cabo a rabo. Imagínense a, por ejemplo, 10 dirigentes yendo y viniendo, cada cual en su ruta, creando adhesiones y emociones. Una mínima regla de respeto aparece como posible para no enturbiar las aguas y sumar en vez de restar.

Los partidos opuestos a la tarjeta única pareciera que leen mal lo que la sociedad democrática espera de ellos. Desean crecer sin nutrirse de un ambiente favorable del país disidente. Les puede pasar como el burro cuyo dueño lo estaba enseñando a pasar hambre y cuando ya casi había aprendido, se murió.



El CNE. Los partidos y precandidatos saben las condiciones fraudulentas en las que se realizan los procesos electorales. Sostienen que hay que participar aun en las peores condiciones porque incluso así se le puede dar un réspice a los ocupantes de Miraflores. Lo que no se entiende demasiado es por qué no se plantea el tema electoral y los cambios pertinentes tanto en el CNE como en el Registro, el Plan República, las auditorías y las máquinas cazahuellas y de votación. Ir a elecciones en batalla por las condiciones electorales es un tema que la dirección opositora se ha negado a asumir por razones inescrutables, salvo la necedad de suponer que puede estimular la abstención, cuando lo que la estimula es la abstención de la dirigencia opositora a plantear en forma terminante las exigencias para unas elecciones libres y limpias.

Sería desaconsejable pensar que el hecho de que un grupo de dirigentes se haya incorporado a la estructura del Estado autoritario, mediante el uso adecuado de los resquicios posibles, les lleve a sustituir la realidad del fraude electoral continuado por la fantasía de unas elecciones supuestamente correctas.



El Contexto. El Gobierno ya no es sólo el gobierno; ni siquiera sólo el Estado. En Venezuela se ha constituido un sistema que infiltra todas las estructuras y que hace que todos los actores se vean obligados de algún modo a transarse con la situación. No es traición ni abandono; es la realidad que se vive en los regímenes totalitarios. Usted puede hablar, pero se autocensura; usted puede tener una empresa pero debe callarse; usted es un genio pero debe ocuparse de sus genialidades sin perturbar al autócrata. La participación en la estructura del Estado (gobernaciones, alcaldías, administración pública) obliga a medir los pasos. La única forma de no perecer políticamente en esa convivencia es tener un cable a tierra, una estrecha conexión con la calle y sus luchas. Si los que aspiran a abanderar la disidencia no convierten la calle en su principal escenario pueden quedar reducidos a ser audiencia amordazada del espectáculo de la AN. El escenario principal es la calle. No implica aventuras sino la inserción y desarrollo de la conflictividad social autónoma que por todos lados se respira y busca las rendijas por las cuales manifestarse.



Los peligros. Buscar la candidatura presidencial no es pecado, alguna persona habrá de encarnarla si hubiese elecciones. Lo que sí sería censurable es que las encuestadoras habituales, en busca de clientes o con clientes amarrados, se conviertan, como en tantas oportunidades, en los dirigentes del esfuerzo que corresponde a la disidencia. Ya se ha visto que hay empresas que señalan las virtudes de algún precandidato que es, o puede ser, cliente de sus estudios.

El otro tema escabroso es el del financiamiento. Los opositores carecen de recursos y las tentaciones pueden aparecer. Una es la que representan grupos empresariales que en vez de querer colaborar, quieran promover, manejar e imponer una fórmula política. La otra tentación es para los que están en posiciones dentro del Estado, con el tema del manejo de los recursos públicos, sea para usar lo que al Gobierno nacional se le denuncia justificadamente o mediante las "colaboraciones" exigidas a los contratistas privados. Si algo contribuyó al deterioro de la política en el período democrático fue la interferencia, so pretexto de desinteresadas colaboraciones de grupos empresariales.

Una acechanza importante es que la larga mano del régimen no se limite a hacer carantoñas para meter cuñas entre los grupos opositores sino que a través de ardides y ablandamientos quiera ser decisivo en la escogencia de quien se le enfrentará como contrincante. Pasar la mano es una especialidad de algunos miembros del oficialismo que puede confundir a los que tienen esa pasión juvenil por estar confundidos.

No es altruismo. Las ideas de este lado no son superiores a-priori; sólo podrán serlas si representan una ética diferente, así el ciudadano no estará tentado a convertirse en ni-ni. Si para los dueños del país la revolución justifica cualquier marrullería, para los que se le oponen no hay nada que justifique prácticas que denuncia en el otro.

www.tiempodepalabra.com
twitter @carlosblancog
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