Libertad!

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domingo, 6 de febrero de 2011

CARLOS BLANCO | "La neuro bolivariana le ha dado por ofrecer casas a los dolientes de desastres y abandonos"

Tiempo de palabra
EL UNIVERSAL
domingo 6 de febrero de 2011 12:00 AM

Psicoestatismo

El Gobierno se precipita hacia el estatismo a velocidad de neurosis terminal, tanto por el culto al Estado como por el odio a la propiedad privada, salvo la del cepillo de dientes y la ropa interior.

Esta neurastenia posee varias fuentes entre las que se encuentran la extendida ignorancia histórica y los prejuicios ideológicos mortales. Una patética manifestación de esta combinación tóxica es, por ejemplo, la admiración hacia la Unión Soviética. Los jefes de este bochinche saben de los millones de crímenes sobre los cuales se montó la industrialización y el socialismo en ese país, pero toman esa tragedia como si hubiesen sido juegos florales en Siberia, distorsionados por la propaganda imperialista para que los pueblos del mundo no compartieran la felicidad que Lenin, Stalin, Kruschev y Brezhnev les proporcionaban.

Idéntico les ocurre con la Cuba de la familia Castro. La fijación obsesiva de estos dúctiles criollos desconoce la historia de la isla. Omite que el antiimperialismo cubano tiene una raíz precisa que arranca desde la intervención norteamericana contra España, luego la independencia controlada y el dominio de EEUU con la Enmienda Platt, el mando directo de Washington sobre Cuba hasta la década de 1930, y después Fulgencio Batista con la sartén por el mango hasta 1959 cuando se fuga, con apenas dos períodos democráticos civiles en el medio, a caballo entre los años 40 y 50.

La parranda bolivariana pretende asimilarse a la historia cubana para proclamar una actitud hacia EEUU que no tiene base histórica. Las tensiones entre los países de América del Sur y EEUU han existido, pero no tienen la misma factura que las que han ostentado los países del Caribe y Centroamérica. Inventarse un imperialismo a la medida para parecerse a los cubanos es motivo de sorna entre los comunistas de la isla, parásitos de la ignorancia bolivariana.

No hay que desconocer, en el caso de los hermanos Castro, que han cumplido una labor ímproba respecto a su amigo venezolano: le han conferido, como trámite comercial, una credencial de revolucionario cuando sus ejecutorias personales no lo habrían sacado de la categoría de un militar golpista latinoamericano, tal vez no de la cepa de Pinochet en Chile o de Videla en Argentina, pero sí de Morales Bermúdez en Perú, Juan José Torres en Bolivia y El Agachado, en la Guerra Federal, sin las virtudes guerreras que a éste se le atribuyen.



El Estado eres tú. Transformación Nº 1. Él es el pueblo. Desde que Norberto Ceresole le dio intensas frotaciones en su desabrigado ego, junto a la labor sistemática de los adulantes vernáculos, el hombre pasó a identificar su propia existencia con la del pueblo. No sólo se su hizo representante sino que ha llegado a actuar como si por su voluntad se estructurara la voluntad popular y por su boca estruendosa y hablachenta se expresara. Ha llegado a considerarse la transmutación del pueblo. El pueblo hecho conciencia.

Transformación Nº 2. La relación del caudillo venezolano con el Estado no es un hecho novedoso aunque ahora puede tener más colorido. Llega al Gobierno, se dedica a controlar el Estado con la ayuda que le proporcionan élites sin conciencia, y termina por producir la identidad entre gobierno, Estado y caudillo. Cuando el personaje ordena expropiaciones, confiscaciones, y dice -para goce de los investigadores del alma- "yo quiero... ", "yo expropio... ", "yo ordeno... ", para pillarse lo que le apetece, no actúa como si fuera una ser humano, corrientón, salpimentado de ignorancia, con agallas y alguna que otra destreza de esas que navegan en un mar de infinitas incapacidades; no, no piensa así. Es el Estado el que por interpósita figura "quiere", "ordena", "confisca" y "expropia".

Transformación Nº 3. Una vez producidas las identificaciones entre el portento de Barinas y el pueblo, de un lado; y con el Estado, del otro, se produce el encuentro misterioso de las tres inicuas personas: Estado, caudillo y pueblo. Así, los deseos del líder son, por definición, los del pueblo, los cuales se convierten en órdenes para el Estado y sus instituciones.



La propiedad. La ignorancia, combinada con la ideología y con el misterio trinitario analizado, produce uno de los cócteles más letales de los que pueda disponer un país, la estatificación de la sociedad. Lo que es del Estado es del pueblo. Para qué quieres tú tener algo, en forma privada, si al ser propiedad del Estado es también tuyo y al mismo tiempo de todos. No necesitas pasar por la notaría ni por el registro, eres propietario de aquello de lo cual el Estado es propietario.

Es obvio que los próceres desconocen el sentido de la propiedad privada en la formación de lo humano y de lo social. No han asimilado los ámbitos en los que se forja la humanidad y piensan que las criaturitas que pueblan el país se conforman con comer, descomer y de vez en cuando ir al cine.

Así como la mano es indispensable para el homo faber, la propiedad es indispensable para el ser humano porque a su través se constituye socialmente. La existencia de otras formas de propiedad están en otro plano, el de las regulaciones que pueden ser convenientes o no; pero ninguna es capaz de proveer lo que la propiedad privada sobre medios de producción y de consumo supone.

Mucho más allá de las reflexiones previas, posiblemente ininteligibles para las tinieblas de los autócratas, existe un fenómeno político y económico concreto: cada vez que el jefe quiere complacer a alguien, lo que le ofrece es un objeto del cual apropiarse. La neura bolivariana de días recientes le ha dado por ofrecerle casas a los dolientes de desastres y abandonos; es decir, les ofrece propiedades. Ya verán los actuales dueños del país lo que pasará si les niegan el derecho a comerciarlas si así se les antoja.

Lo que el autócrata hace como campaña de propaganda es cogerse los bienes de unos para dárselos a otros, desde luego mediante la alcabala del Estado en la cual se arruinan las propiedades usurpadas. Su mensaje, al final, es "que te vamos a dar lo tuyo" como aquel desaforado macho le espetó a su esposa en cadena nacional de radio y televisión. Vas a tener lo que quieres; vas a ser el poseedor precario o si repican muy duro, el propietario de los bienes que te voy a dar yo; es decir, el Estado; es decir, el pueblo; es decir, tú mismo.

No se puede dejar de mencionar el impacto político y social que, en el tema de la propiedad, tiene el estilo de vida de quienes llaman a la austeridad. Cuando aquel hombre se solaza en sus trajes, relojes, regalos, afeites personales, se sabe sin duda que la riqueza lo seduce y lo domina, igual que a su corte de los milagros cuyos salarios no explican sus patrimonios. Esta es la contradicción insalvable que tienen las condesas y duques criollos, se agitan mucho al promover las virtudes de la pobreza, y el retintín de sus cadenas de oro no deja escucharlos.

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