Libertad!

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domingo, 20 de febrero de 2011

Ramón Hernández / Sin miedo

Los peores augurios se han cumplido casi en su totalidad, pero todavía quedan ilusos que niegan que vivamos en dictadura, aunque desde el primer día mantiene suspendida la principal garantía: el derecho a la vida. Las muertes violentas pasaron de 4.550 en 1998 a 13.980 en 2010, según las estadísticas oficiales.

En un fin de semana en Caracas o Valencia mueren más personas que en Irak, sin que haya atentados suicidas o emboscadas de "insurgentes", como las agencias internacionales de noticias llaman los ataques terroristas. Los flancos de la seguridad personal y de la aplicación de justicia han sido los más endebles del proceso, que ya sin complejos se reconoce como la imposición del mismo leninismoestalinismo que la nomenklatura soviética instauró en Cuba.

La historia se repite. Quieren convertirnos en mendigos o que emigremos, que es la manera de que la riqueza petrolera sea repartida entre menos. Hasta ahora, la inseguridad ha sido la vía más expedita, sea mediante el acta de defunción o el boleto aéreo, de bajar la población. La cárcel, los gulags y los campos de exterminio se reservan para opositores intransigentes y ciudadanos desafortunados, pero sólo transitoriamente. Despierte, esta no es una revolución humanista como repetían hace algunos años. Habiéndose declarados marxistas, no se indignan ante la injusticia, como dicen que les enseñó el Che, sino que avalan la prisión perpetua en sitios y condiciones infrahumanas: impiden tomar el sol, niegan hasta el agua y descartan la atención médica; vulgares torturas, no penas adicionales contrarias al Derecho.

El funcionariado insiste en que en el socialismo todos somos iguales, pero, ay, mi madre, ya empiezan a hablar de "blanquitos" con el desprecio con que el Iluminado Espinoza descogotaba a los que supieran leer y escribir en esa carnicería que fue la Guerra Federal, oligarcas temblad. El desprecio por la vida prima en la consigna que se repite en los recintos castrenses y en los actos oficiales. La intención es mantener a la población con las rodillas en la tierra, suplicando paz y pan, como le gustaba tanto al general Juan Vicente Gómez.

Indoblegables, un grupo de muchachos se mantienen en huelga de hambre para exigir que la letra de la Constitución se cumpla y sean restituidos los derechos humanos. Apelan al sacrificio definitivo, como antes lo hizo Franklin Brito, cuya muerte es la auténtica verruga del régimen. La otra es maquillaje, barro, excrecencias.

Cerrado para protestar.
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