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sábado, 23 de abril de 2016

La revolución de Maduro

La revolución de Maduro




El cambio de Venezuela ha sido de fondo, no cosmético. La república que en el 98 eligió presidente a Chávez fue trastrocada en su totalidad. Particularmente, en los últimos tres años la transformación ha sido radical. Basta pensar que el discurso del igualitarismo se metamorfoseó por el que justifica la corrupción y oculta las actividades de la guerrilla, el paramilitarismo y el crimen organizado. Lo cual no debe sorprender porque era de esperarse que una élite corrompida usara este período presidencial para consolidar una estructura de dominación despótica, no un proyecto populista y, menos todavía, un gobierno con algún rasgo democrático. Por eso, tampoco debería asombrar que en estos años se haya modificado el aparato productivo. Ahora, la economía se moviliza más por el dinero que viene de mercados negros que por el ingreso petróleo.
El sistema judicial también ha sido reconstruido con la misma tecnología con la que se realiza la cirugía de la nación. Sus decisiones para proteger al gobierno así lo demuestran. Además, los linchamientos toman cuerpo porque hay un aparato de justicia que libera a delincuentes mientras que al ciudadano honesto lo encierra en su casa. El cambio lo ejecuta Maduro, no la oposición. No por casualidad ahora se empeña en remover los vínculos de los empleados con el trabajo. De allí los feriados que ha decretado con irresponsabilidad aparente. Tal vez, le informaron que el trabajo fortalece la autoestima y el sentido de lucha.
El gobierno necesita gente ociosa que deambule en las calles sin expectativas ni esperanzas. Se profundiza la revolución; y nada se logrará con cerrar los ojos y desconocer que Maduro está volteando a Venezuela. Que esté acosado, golpeado y deslegitimado nadie lo duda. Sin embargo, convertir a millones de ciudadanos en seres temerosos, deprimidos y sumisos no es un trabajo exprés; tampoco es una tarea fácil y sin riesgos para quien la realiza.
Con el mandato de Maduro, Venezuela se parece más a la Cuba fidelista que a sí misma; casi nada tiene que ver con su pasado ni con aquel país que al final de los noventa con candidez apostaba por el ridículo mito del nuevo hombre socialista. Por eso, aquí como en la isla los días transcurren entre apagones, la escasez, el racionamiento y la represión. Con Cuba la cosa es de igual a igual, dice con razón aquella canción. Ramiro Valdés regresó y está más activo que antes; solo que bajó el perfil para no provocar ruido y esquivar el rechazo que produce.
A tres años de su elección Maduro sigue en la jefatura del poder. Y su decisión es permanecer en Miraflores hasta el final del período; de esa manera espera que su programa de cambio resulte irreversible. Por lo demás, para combatirlo es inútil continuar narrando las desgracias que a diario ocurren y lamentándose por el daño que cada quien padece; también es vano seguir haciendo balances sobre los pocos aciertos que en este trienio se han tenido para derrotarlo. En esta guerra por el rescate de Venezuela no hay margen para triunfos parciales.
Quizá en esta hora difícil lo más productivo es examinar la propia conciencia en lugar de ver la paja en el ojo ajeno. A lo mejor corresponde que cada quien se mire en el espejo y se pregunte por lo que ha realizado para detener esta caída que necesariamente conducirá hacia una sociedad domesticada, cerrada. Por supuesto, este ejercicio de autoconciencia es más obligante para el liderazgo opositor que para el ciudadano común. En particular, es un deber para aquellos que durante casi dos décadas han monopolizado la conducción de los partidos y organizaciones políticas. Sobre ellos hoy descansa la mayor responsabilidad, pues les toca elegir entre seguir enfrentando a Maduro con las ideas, mensajes y prácticas de ayer o pensar y actuar con la audacia que proviene del diálogo crítico y de la corrección de los propios errores.
EL NACIONAL
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