Libertad!

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

CAP


ADOLFO R. TAYLHARDAT | EL UNIVERSAL
miércoles 29 de diciembre de 2010 03:42 PM
No puedo decir que fui amigo personal del presidente Pérez, pero tuve el privilegio de colaborar en sus dos gobiernos desde posiciones muy importantes. En ambas ocasiones me distinguió con su confianza y con el reconocimiento a mi labor. Considero oportuno destacar que mientras estuve activo en el Servicio Exterior mantuve una independencia política absoluta, pero todos los presidentes de la democracia valoraron mi conducta estrictamente profesional.

En su primera presidencia el presidente Pérez me otorgó la honrosa distinción de nombrarme como su embajador en Cuba. Recién se habían reanudado las relaciones diplomáticas con ese país, interrumpidas desde que el régimen de Castro fue excluido de la OEA. Me correspondió, entonces la muy delicada misión de ser el primer el primer embajador venezolano en La Habana y comenzar a construir desde cero una nueva etapa de vínculos bilaterales en medio de un ambiente sumamente controversial ya que en Venezuela había quienes adversaban furiosamente al gobierno cubano, comenzando por el expresidente Rómulo Betancourt. En todo momento conté con el apoyo del presidente Pérez, incluso en circunstancias sumamente difíciles y espinosas entre las cuales se cuentan tres casos de asilo, el primero de los cuales no vacilo en calificarlo de "peine" que me tendieron los cubanos para poner a prueba no sólo mi desempeño como embajador sino también la conducta del gobierno del presidente Pérez en una situación de esa naturaleza. Me consta que el gobierno cubano intentó descalificarme acusándome de ser agente de la CIA. Pero el conocimiento que tenía el Presidente de mis antecedentes y mi conducta como funcionario del Servicio Exterior prevaleció sobre la intriga castrista. En una ocasión le presenté al presidente Pérez un memorando con algunas propuestas que perseguían propiciar una apertura democrática en el gobierno cubano. El Presidente las acogió y me autorizó para que hiciera sondeos ante la parte cubana para establecer su viabilidad. El tema lo conversé con el entonces primer viceprimer ministro de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez, quien a su vez ofreció discutir las propuestas con Fidel Castro. Esa iniciativa se vio truncada a raíz del ingreso en Cancillería de la Embajada, bajo una lluvia de balas, de un grupo de jóvenes que buscaban asilo. A partir de ese momento todas las puertas del gobierno cubano se me cerraron herméticamente. Mi misión en Cuba llegó a su fin poco tiempo después.

En la segunda presidencia de CAP tuve el honor de servir como director general (viceministro) de Relaciones Exteriores durante la gestión de Reinaldo Figueredo Planchart. Como el canciller debía viajar frecuentemente al exterior para atender importantes actividades oficiales, me correspondió actuar como ministro encargado en múltiples ocasiones y en esa condición participar en las reuniones de Gabinete. De acuerdo con el protocolo tradicional, el ministro de Relaciones Exteriores ocupa el sitio ubicado a la derecha del Presidente, lo cual me brindaba la oportunidad de conversar con él en forma privada y plantearle asuntos importantes que no requerían la atención del Gabinete. En mi condición de canciller encargado también me correspondió presentarle la cuenta semanal de los asuntos del ministerio, lo que también permitió tener con el Presidente conversaciones muy importantes e interesantes acerca de su visión de las relaciones internacionales. Durante las reuniones del Gabinete pude constatar su condición de hombre político por naturaleza, su capacidad para adelantarse a los acontecimientos nacionales y tomar o disponer oportunamente la solución a los problemas políticos, económicos y sociales del país.

Al presidente Pérez le criticaron que viajaba mucho y que pretendía actuar como líder del tercer mundo. Comparado con los viajes y las pretensiones del actual inquilino de Miraflores aquella actividad internacional de CAP luce minúscula. Sin embargo, en cuanto a lo de líder del tercer mundo no me cabe la más mínima duda de que lo era. Tuve ocasión de acompañarlo en reuniones que sostuvo con otros líderes igualmente destacados del tercer mundo para la época y pude apreciar el respeto y la admiración de esas personalidades hacia el presidente venezolano sobre todo por su preocupación por la suerte del tercer mundo, por el papel que jugó como promotor de la cooperación Sur-Sur y por su participación en la creación del Grupo de los 15.

Al finalizar mi gestión como viceministro de Relaciones Exteriores el presidente Pérez me nombró embajador en Francia. Durante la visita que hizo a París tuve ocasión de acompañarlo en la entrevista que sostuvo con el presidente François Mitterrand quien no ocultó tampoco su aprecio personal, su respeto y su admiración hacia el presidente venezolano.

Vayan estas breves notas como un modesto y sincero homenaje póstumo hacia un hombre que admiré siempre por su sabiduría política y a quien el país le debe mucho pero que, como resultado de la iniquidad y la perfidia de algunos compatriotas, no solamente fue impedido de completar su segundo mandato presidencial sino que fue perseguido, ultrajado, sometido a una humillante pena de prisión y obligado a ausentarse de su patria hasta el fin de sus días.

Como dice Agustín Blanco Muñoz en su más reciente libro sobre CAP, la defenestración del presidente Pérez abrió el camino hacia la destrucción de la democracia representativa que estamos presenciando actualmente. No cabe duda de que los culpables de lo que ocurre hoy día en nuestro país son los mismos que en aquella oportunidad arremetieron contra el último presidente auténticamente democrático que ha tenido Venezuela.

Paz a sus restos.

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