Libertad!

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miércoles, 15 de octubre de 2008

Antonio Cova Maduro // Tras la pista

Tiempo ya no le sobra. Y todo sugiere que se encamina a una gran derrota. ¡Aleluya!
Cuando se acercaba a su fin lo que hoy conocemos como el primer gobierno de Rafael Caldera, Rómulo Betancourt asumió una tarea que percibía ciclópea: la reconstrucción de Acción Democrática. Como todos recordamos, ese partido había encarado dos catástrofes: por primera vez en su historia había perdido una elección nacional, que la sacó del poder. Una inevitable consecuencia de otra catástrofe: la división real del partido por primera vez en su historia. Si eso no se solucionaba -ese parecía ser el diagnóstico- Acción Democrática no sólo tendría frente a sí un partido popular -el MEP- que continuamente le disputaría su base, sino que la consecuencia obvia sería que el poder se alejaría de ellos sin remedio. La reconstrucción del partido era, entonces, la condición sine qua non para reponer el antiguo esplendor de Acción Democrática. Rómulo estaba muy consciente de que, por primera vez, el partido encaraba un competidor que había aprendido bastante de ellos y que, para colmo, controlaba todos los resortes -y los recursos- del poder. Sabía, por lo demás, lo adictivo que es el poder y lo traumático, por consiguiente, que puede resultar el que se te vaya de las manos. No era, por tanto, una tarea fácil la que tenía por delante, pero precisamente la nostalgia de los buenos tiempos podía servir como aguijón para la reconquista. Y con empeño puso manos a la obra. Titánica tarea La división que encabezó Prieto Figueroa no había sido como las otras. No, ésta tocó al corazón mismo del partido, y a su razón de ser. Con Prieto no sólo se fueron algunos de los mejores y más consecuentes, se fue también parte del vigor de ese partido. Rómulo sabía que sólo tenía de su parte la nostalgia del pasado y los perennes enemigos de enfrente. Con esa fuerte convicción se lanzó a la titánica tarea. No hubo pueblo ni rincón de Venezuela que no recibiera su visita, y la de los suyos. Por todas partes hizo resonar el grito de convocatoria (especie del "hasta la victoria siempre", que popularizara Churchill en la asediada Inglaterra de los años 40) que se haría muy famoso: "Adeco es adeco ¡hasta que se muera!". Con una fe de carbonero, cual fraile franciscano en misión, Rómulo fue provocando arrepentimientos con promesas de retorno. Fue, realmente, una reconstrucción ladrillo a ladrillo. Era, por doquier, el padre del hijo pródigo de las parábolas: celebrando banquetes y terneras para readmitir a los hijos díscolos, repartiendo perdones y garantizando la vuelta de la edad dorada de Acción Democrática. Los resultados del resonante triunfo adeco de aquel diciembre de 1973 constatarían lo eficaz de la estrategia. De paso, tuvo un importante efecto colateral: la liquidación del MEP, con dura lección incorporada para cualquiera con parecidas intenciones. Muchos años han pasado de aquella epopeya, y para infortunio del protagonista actual de problemas parecidos, escaso aprendizaje han dejado. Pareciera, incluso, que se tiene un deseo expreso de no aprovechar ninguna lección del pasado, tan convencido se está de ser el "comienzo del mundo". Tragados Desde el prodigioso 2D, la tendencia que entonces apareció estruendosa, no ha hecho más que consolidarse y extenderse. Que no se haya presentado la contundente división del partido en el poder, no puede ocultar la renuencia sostenida de los aliados a verse tragados por obedientes y sumisos batallones. Venezuela contempla, maravillada, cómo sectores del otrora compacto movimiento revolucionario se resisten, con empeño, a que su identidad se evapore.
çSon, machacan, revolucionarios a carta cabal, pero no están dispuestos a obedecer al Único que cree tener la exclusiva. Chávez no puede esperar en silencio. Ni sabe ni soporta hacerlo. A diferencia de Rómulo, ni quiere ni puede ser el padre del hijo pródigo. No, debe ser, más bien, el airado juez que a latigazos echa a los mercaderes del Templo.
El, él solo, es el Mesías, y nadie puede andar con él negándole títulos y privilegios. O conmigo, o contra mí; no hay otro camino. ¡Aleluya! Si le seguimos la pista, es esta estrategia "anti-Rómulo" la que explica su campaña: de Guárico a Barinas, pasando por Valencia, para recalar en Trujillo arremete sin piedad contra sus antiguos aliados, causantes de la debacle si no logra atemorizarlos y paralizarlos a tiempo. Pero tiempo ya no le sobra. Y todo sugiere que se encamina a una gran derrota. ¡Aleluya!
antave38@yahoo.com
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