Libertad!

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sábado, 29 de enero de 2011

La ética y las gallinas

Alberto Barrera Tyszka
23/01/2011
Yo creo que la clave de todo está en Pancho. En Pancho y en la gallina, por supuesto.

Porque ya a esta altura es difícil percibirlos por separado. Como ocurre con los viejos matrimonios, ya no pueden existir el uno sin el otro. Ya no se puede entender a Pancho sin la gallina, ni a la gallina sin Pancho.

Ellos son los que nos pueden ayudar a explicar qué fue exactamente lo que quiso decirnos el Presidente ese sábado en la Asamblea Nacional.

Partamos de lo obvio: al Presidente le preocupa mucho lo que puedan o no opinar sobre él. Por lo general, además, está en desacuerdo con muchas de las cosas que se comentan.

Él tiene una visión mucho más favorable de sí mismo. Le parece injusto que lo critiquen. Le resulta desproporcionado lo que dicen de él. No comprende cómo alguien puede llamarlo dictador, cómo a alguno se le puede ocurrir el disparate de acusarlo de comunista, cómo puede haber una persona capaz de hacerlo responsable de la inseguridad o de otros problemas del país. Una buena parte de su memoria y cuenta la gastó tratando de convencernos, intentando mostrar lo confundidos que estamos. Ustedes no ven lo que ven. Ustedes no oyen lo que oyen. Por lo tanto, ustedes tampoco pueden decir lo que dicen.

Escuchar todo aquello, obviamente, nos confundió todavía más. Estábamos esperando a Terminator y de pronto apareció Winnie Pooh. Todo el mundo revisó de inmediato su boleto de entrada. ¿Acaso nos equivocamos de espectáculo? Probablemente, hasta sus mismos seguidores se desconcertaron. ¿Esto es la tan mentada y anunciada radicalizacón del proceso? ¿Así se profundiza la revolución? Reconoció la existencia de la oposición. No amenazó a nadie. No usó ninguno de sus verbos preferidos (arrollar, demoler, pulverizar...). Repetidamente invitó al diálogo, al trabajo en común. Citó a Cristo y no al padre Fidel. No tenemos por qué destruirnos, algo así dijo. No tenemos por qué exterminarnos, algo así también dijo. Y entonces, para ejemplificar bien todo, para que no dejar abierta ninguna duda, puso el ejemplo de Pancho.

De Pancho y de la gallina, por supuesto.

Fue una escena digna de película. El Presidente pide que tomen en serio lo que va a decir. Espera que nadie se burle.

Quiere hablar con franqueza.

Lo dice con la yugular en la mano. El Presidente recuerda cuando Francisco Arias Cárdenas era de la oposición. Evoca el momento como si quisiera darle un énfasis especial: él fue como ustedes. Fue uno de ustedes. Todavía más: fue su candidato. ¿No es verdad, Pancho? Y Pancho ahí, asintiendo.

El Presidente rememora cómo Arias se opuso a la revolución, cómo intentó desplazarlo, cómo compitió en su contra en unas elecciones.

Apareció en una famosa cuña de televisión con una gallina que aludía a Chávez.

Era una forma de decir que Chávez era un cobarde, que no tenía discurso, que sólo sabía cacarear... Pero luego vino, mal, casi que pidiendo perdón, hablando pestes de la oposición. ¿Se dan cuentan? Mírenlo ahora. Aquí. Del lado oficial. Puso la torta, se arrepintió y lo perdoné. ¿No es cierto, Pancho? Y Pancho ahí, asintiendo.

En aquellos años, como también lo recordó el Presidente, Ibsen Martínez escribió una crónica fabulosa a propósito de ese spot publicitario de la campaña de Arias Cárdenas.

Sostenía Martínez que, en la cuña, la gallina actuaba mejor que el candidato. Quizás, finalmente, por fin ahora, podemos ponderar el verdadero sentido de esa promoción: era un adelantado vaticinio de lo que vimos unos años después. El anuncio de una mutación definitiva. Pancho asiente. Pancho no tiene discurso. Pancho cacarea.

No deja de ser emblemático que la metáfora de lo que desea el Presidente sea Francisco Arias Cárdenas. Se trata de un caso controversial para ambos bandos. También del lado del oficialismo hay más de un resentimiento.

Pero ese es el ideal que elige Chávez para referirse a lo que espera de la oposición. Ese es el modelo cuando denuncia que lo cuestionan injustamente, cuando diserta sobre la diversidad, sobre la democracia, sobre la ética del discurso. Pancho empollando el silencio. Ese es el ejemplo a seguir. Lo mismo puede pasar con todos ustedes. Todavía están a tiempo. Arrepiéntanse y vengan a mí.

El Gobierno acaba de descubrir la tolerancia. Hay que tomarles la palabra y, encima, celebrarlo. Pero también hay que recordarles que dialogar no significa claudicar, renunciar a lo que se cree y se defiende. Dialogar no significa traicionar. Ahí comienza también la ética del discurso. La democracia no es un corral lleno de funcionarios mudos, que sólo aplauden, que sólo asienten. Que no dicen ni pío.

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