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sábado, 31 de enero de 2009

Elías Pino Iturrieta // La nomenklatura

Los investigadores dudan de que haya desaparecido la nomenklatura en la Rusia de hoy
En 1957, a través de un libro titulado La nueva clase, Milovan Djilas denunció la existencia de la nomenklatura. Sabía de lo que hablaba, pues había destacado como dirigente comunista en Serbia y refería una experiencia de gobierno bajo la influencia de los métodos soviéticos de control. Quince años más tarde, el moscovita Michael Voslensky trató con mayor profundidad el asunto para hablar de un régimen de terror y corrupción, que pudo descubrir cuando escapó de los bolcheviques para escribir un volumen titulado La nomenklatura. Los privilegiados en la URSS. Las publicaciones abrieron el camino para múltiples indagaciones y para la recolección de testimonios gracias a los cuales quedó al descubierto una de las más escandalosas aberraciones en términos de administración y gobierno sucedidas en el siglo XX. De acuerdo con las fuentes mencio- nadas, la nomenklatura fue una red de vínculos personales debido a la cual se formó un estamento encargado de gobernar en atención a las solicitudes del mecanismo que permitió a sus miembros el ascenso.

Para extender su influencia en la vastedad de la antigua Rusia no podía el Partido Comunista contar con la divulgación de su doctrina, capaz de concitar resistencias en lugar de simpatías, ni con el despliegue de una violencia desenfrenada que sería motivo de descrédito en el exterior. ¿Cómo establecer un predominio exclusivo y excluyente, sin exagerar con la ideología y disimulando la represión? Mediante la recluta de individuos capacitados para hacer el trabajo en cualquier rincón del mapa. Sólo se requería que fueran miembros del Partido Comunista, pero más importaba la respuesta que se diera a la llamada de un líder que las demostraciones de marxismo-leninismo que cada quien pudiera ofrecer. En un mundo que estaba por hacer, se necesitaba una suerte de mano de obra especializada en gobernar en todas las escalas, siempre que fuese leal al anfitrión.

Las posiciones se reservaban en términos de exclusividad para los miembros del partido, pero dependían de la eficacia de los convidados en servir a sujetos de mayor jerarquía y en la forma de escalar hacia la cúpula. Lenin escribió en 1922 sobre la necesidad de trabajar con "personas políticamente confiables", afirmación en la cual los historiadores encuentran el origen de la nomenklatura. Como no se procuraron mecanismos democráticos para el encuentro de los colaboradores, se miró hacia los que parecían confiables, o sumisos, o habilidosos, o simpáticos, o espabilados, o inescrupulosos, o simplemente tontos que disimulaban su estupidez, para que todo desembocara en una trama de connivencias y rivalidades que con el tiempo se convirtió en una forma petrificada de dirección. Una jerarquía formada por patrones de diversa calidad y por clientes de variada estatura, reinó en las alturas hasta que vio el ocaso en tiempos de Gorvachov.

Es evidente cómo la manera de reclutar significó una discriminación frente a las masas que esperaban la redención anunciada por el Kremlin, pues apenas ascendía y mandaba un elenco escogido por camarillas al ritmo de las circunstancias. Sin embargo, la iniquidad pasó a mayores debido a cómo se apoderaron de la sociedad los ungidos por los nuevos señoríos. El Partido Comunista decretó la eliminación de los privilegios del capitalismo, pero no los sacó del juego: se convirtieron en la manera de compensar a los miembros de la nomenklatura, o de garantizar su compromiso.

De allí que, como afirmara Djilas, naciera una "nueva clase" que se apropió de los beneficios materiales que se negaban al pueblo: viviendas de lujo, objetos suntuarios, adquisición masiva de divisas, negociados en el mercado negro, impunidad en los tribunales, mesas con alimentos exóticos, servicios especiales de salud y estética, turismo de lujo, compañeras y compañeros solícitos para el disfrute sexual&, que quedaron vedados para el común de los "camaradas" a quienes apenas quedaba la esperanza de disfrutar algún día las mieles de una sociedad de iguales.

En la medida en que los nomenklaturas se aficionaban a la buena vida, estaban dispuestos a cualquier perfidia para mantenerla o para disfrutarla en mayor grado, peleando a dentelladas por puestos en la alta burocracia o aferrándose a ellos por cualquier precio. Los investigadores dudan de que, pese a la magnitud de sus pecados, haya desaparecido la nomenklatura en la Rusia de hoy.

Según afirman, en un grotesco cogollo como el de los privilegiados del bolchevismo, o en la habilidosa forma de maquillarlo, ha encontrado Vladimir Putin la ocasión de un cetro a perpetuidad. Pero quizá no estemos sólo ante un engendro soviético. Si se produjo en latitudes sobre las cuales influyó el peso de una ideología, la nomenklatura está a la vuelta de la esquina en otras cuyos mandones apenas manejan discursos rudimentarios. eliaspinoitu@hotmail.com

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