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domingo, 20 de abril de 2008

Archivo 2007 Castrismo, imagen y puesta en escena

Fidel Castro: ¿Estamos ante su último espectáculo como actor principal?
Elizabeth Burgos, París
martes 15 de agosto de 2006 6:00:00

Fidel Castro, el domingo 13 de agosto de 2006. (AP)
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La toma de conciencia de la imagen como transmisora de mitos fue precoz en la carrera política de Fidel Castro. La imposición de su liderazgo se debe en gran medida, a su capacidad de cautivar el imaginario e instrumentalizar la subjetividad mediante la manipulación de la imagen. Por ello en materia de comunicación y de transmisión, la revolución cubana ha alcanzado un grado indiscutible de excelencia.
Lo que comúnmente se llama "revolución cubana", es, ante todo, una eficiente maquinaria publicitaria que ha alcanzado la dimensión de una multinacional de difusión de imágenes, difícilmente equiparable con otras de su especie. Si se le otorgara el puesto que debería tener en la historia contemporánea, la revolución cubana debería ostentar el título de pionera en materia de política espectáculo. Es el primer intento político del siglo XX cuyo éxito es proporcional a la importancia rotunda alcanzada por la televisión en ese ámbito, pues ambos fenómenos son contemporáneos.
La habilidad de Fidel Castro consistió en haberse percatado del impacto de la transmisión de imágenes como arma de combate y haber puesto esa técnica al servicio de su proyecto. La mezcla del empleo de los medios más modernos de comunicación, y el anacronismo ideológico del imaginario castrista, han seducido a las multitudes, porque el inconsciente es reacio a adaptarse a la contemporaneidad de la historia. La nostalgia se desliza entre la sofisticación digital y así se obtiene la postmodernidad, la expresión por excelencia de la cultura actual; que no es más que eso: actualidad.
Aunado a su destreza del manejo de la imagen, Fidel Castro posee el don que le es complementario y con grado de excelencia: el de la puesta en escena. No existe, en su largo historial político, un sólo episodio que no haya sido objeto de una minuciosa organización de un escenario previamente concebido.
Campanas precoces
Citaremos algunos de ellos al azar. Uno de los más ambiciosos y espectaculares, por tratarse del primer intento, fue la sustracción y el traslado de Manzanillo a La Habana de la célebre campana de La Demajagua —la "sagrada reliquia patriótica" con la que el "Padre de la Patria" Carlos Manuel de Céspedes convocó a su dotación de esclavos a iniciar la lucha por la independencia, el 10 de octubre de 1868.
La campana fue guardada en la Galería de los Mártires de la universidad habanera, en espera de un mitin que debía celebrarse en la famosa escalinata universitaria, lugar tradicional en donde los estudiantes solían organizar encuentros y concentraciones políticas.
Entretanto, la famosa campana fue recuperada por las autoridades, y Fidel Castro, a la sazón vicepresidente de la Escuela de Derecho, junto a sus compañeros, para "resarcir la afrenta", deciden cubrir la famosa escalinata universitaria con un inmenso lienzo negro en "señal de luto por el asesinato de la dignidad cubana". Iniciativa que lo hace aparecer como precursor del famoso artista plástico contemporáneo Christo, cuyo arte consiste en empaquetar con tela los edificios emblemáticos de las capitales del mundo.
El ataque al cuartel Moncada en 1953, cuyo autor intelectual, según Castro, fue José Martí, significó el gran acto teatral que introdujo su liderazgo político a nivel nacional. El desembarco del Granma, suficientemente pregonado como para que el ejército de Batista estuviera sobre aviso —aparte del hecho de que Fidel Castro olvidó traer consigo los mapas de las costas de la Isla— y las fuerzas armadas esperaran a los futuros combatientes, de los ochenta sobrevivieron bíblicamente doce.
De allí, Fidel Castro hace surgir la leyenda de los doce sobrevivientes, lo que asimila la lucha revolucionaria a una escena fundacional, la de Cristo y los Doce Apóstoles; demostrando la voluntad manifiesta de poseer el control del origen, una de las claves de la instauración del poder político o religioso, o ambos a la vez.
¿Y cómo olvidar que cuando uno de los más importantes editorialistas de The New York Times, Herbert Mathews, autor de la celebridad del revolucionario en Estados Unidos, subió a la Sierra Maestra a entrevistarlo, este hizo desfilar varias veces a los mismos combatientes para hacerle creer al norteamericano lo numerosa que era su tropa?
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Enviado por Emilio Nouel

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